Todavía no es tarde (3era. Parte)
La misma noche
Austin, Texas
Olivia
Soy incapaz de responder. Sigo aturdida repitiendo una y otra vez New México mientras mis ojos recorren las carpetas, los mapas y las notas desperdigadas por toda la habitación. Si llevaba cuatro años investigando, ¿por qué guardó silencio? ¿Qué le costaba sentarse frente a mí, mirarme a los ojos y decirme lo que sospechaba?
Retrocedo un paso sintiendo que el aire me falta y que las piernas amenazan con fallarme.
—Olivia... —mi nombre abandona los labios de Ethan.
Acorta la distancia entre nosotros con la intención de sujetarme por el brazo, pero antes de que llegue hasta mí el celular resbala de mis manos y termina estrellándose contra el suelo.
—Estoy bien... —miento por inercia, aunque la mentira apenas sobrevive un segundo.
Niego con la cabeza mientras una risa amarga termina escapándose de mis labios.
—No... no lo estoy ¿Por qué nunca me llamaste? ¿Por qué desapareciste sin darme una maldita explicación? —la voz me tiembla de rabia y dolor—. Perdimos a nuestro hijo, Ethan... ¿y aun así fuiste capaz de marcharte dejándome sola con todo ese dolor?
Él cierra los ojos un instante, como si cada palabra encontrara la herida que lleva cuatro años intentando esconder. Cuando vuelve a mirarme, ya no encuentro al hombre orgulloso que conocí, sino a alguien derrotado.
—Te fallé... —admite con una culpa que le quiebra la voz—. Te fallé cuando dejé de escucharte y puse todo en manos de la policía. Creí que ellos encontrarían respuestas antes que yo y perdí un tiempo que Noah no tenía.
Aprieta la mandíbula intentando sostenerse, pero la culpa termina imponiéndose.
—Tenía que proteger a nuestro hijo... y no lo hice. —Sus últimas palabras golpean algo dentro de mí.
Cierro los ojos un segundo.
Respiro hondo, pero el vacío sigue allí.
—Entonces dime una cosa... —consigo decir mientras vuelvo a encontrar sus ojos—. ¿Por qué estás tan seguro de que Noah sigue vivo?
Ethan sostiene mi mirada sin esquivarla esta vez.
—Porque encontré muchas inconsistencias en la investigación... y porque esa fotografía es la prueba de que no estaba equivocado.
Vuelvo a bajar la vista hacia el celular.
El conejo, la cicatriz, ese rostro... todo vuelve a revolverme el pecho.
—¿Y si solo es un niño que se parece a Noah? —pregunto con la desesperación de una madre que necesita convencerse de que todo aquello no volverá a romperla.
Él tarda unos segundos en responder.
Baja la vista, deja escapar el aire y cuando vuelve a hablar siento que ya no intenta convencerme, sino confesarme aquello que cargó completamente solo durante años.
—Eso mismo me repetí durante días... porque necesitaba creer que estaba equivocado— confiesa con la voz rota.
Se pasa la mano por el cabello y continúa hablando.
—Recé para que fuera otro niño, Olivia. Lo hice de verdad. Porque si era Noah significaba que nuestro hijo llevaba cuatro años creciendo lejos de nosotros. Pero llegó un momento en que dejé de encontrar coincidencias... y empecé a verlo a él.
El nudo vuelve a cerrarme la garganta.
Aprieto el teléfono con tanta fuerza que los nudillos terminan doliéndome.
—¿Cuándo pensabas viajar?
—Mañana, al amanecer... —responde clavando sus ojos en los míos.
Guardo silencio mientras mi mente vuelve a traicionarme y me arrastra hacia otro recuerdo.
Todavía puedo verme sentada frente a Daniel en aquel restaurante. Una botella de champán descansaba sobre la mesa y yo estaba convencida de que celebrábamos el cierre de un negocio millonario. Él no dejaba de sonreír.
—Reconozco que fueron semanas difíciles... —comentó levantando la copa con satisfacción—, pero gracias a tu apoyo pude sacar adelante el proyecto.
Sonreí con cansancio.
—Lástima que voy a tener que seguir siendo comprensiva. Escuché que todavía debes resolver algunos detalles con los empresarios chinos. ¿Cuánto tiempo vas a estar fuera esta vez?
Daniel dejó la copa sobre la mesa y una sonrisa distinta terminó dibujándose en su rostro.
—Casi un mes, en Tokio... —respondió sin apartar los ojos de mí—. Pero esta vez quieren conocer a mi esposa.
Sacó una pequeña caja del bolsillo de la chaqueta.
La abrió despacio y el brillo del anillo terminó por dejarme sin aliento.
—¿Qué dices? —preguntó con una mezcla de ilusión y nerviosismo que nunca antes le había visto—. ¿Aceptas casarte conmigo?
La voz de Ethan rompe el recuerdo antes de que pueda responder.
—¿Todavía piensas casarte?
Levanto despacio la mirada.
—Dentro de tres semanas —respondo en voz baja.
Su mandíbula se tensa, pero esta vez no intenta ocultarlo.
—Tres semanas bastan para encontrar una respuesta... o para perderla para siempre.
Una risa sin humor termina escapándose de mis labios.
—Llevas cuatro años buscándolo sin encontrarlo —espeto con amargura— ¿y esperas convencerme de que todo va a cambiar en tres semanas?
Él no discute. No intenta defenderse. Solo sostiene mi mirada con una serenidad que termina por desarmarme más que cualquier explicación.
—Mañana, a las ocho, salgo hacia New México. —Hace una breve pausa antes de pronunciar las últimas palabras con una firmeza que me atraviesa el pecho—. Si no llegas... seguiré buscando a Noah solo.
Un rato después
La mirada de Ethan sigue clavada en mi mente cuando subí al auto. No insistió. No hacía falta. Sus ojos gritaban todo aquello que no fue capaz de poner en palabras. Y, aun así, no dejo de darle vueltas a su propuesta mientras reduzco la velocidad para estacionar frente a la mansión.
Apenas el portón comienza a abrirse descubro el auto de mi tío Charles estacionado en la entrada.
¿A qué vino? ¿No fue suficiente verlo en el atelier?
Apago el motor y camino hasta la puerta principal todavía con la fotografía dando vueltas en mi cabeza. Busco las llaves dentro del bolso y, apenas cruzo el umbral de la casa, la voz de Charles estalla con tanta fuerza que me obliga a detenerme en seco.
—¿Cómo es posible que no sepas dónde está tu hermana? —brama con un tono que jamás le había escuchado.
Amelia no tarda en responderle.
—No soy su niñera, Charles. Olivia es una mujer adulta y no necesita pedir permiso para salir de esta casa.
Él deja el vaso de whisky sobre la mesa con un golpe seco que retumba por toda la sala.
—Te equivocas, Amelia. Tienes la obligación de saber cada uno de sus movimientos. Eres su hermana, su representante, la persona que más tiempo pasa con ella. Así que no vuelvas a responderme con excusas y dime dónde estuvo.
Frunzo el ceño.
¿Qué demonios le pasa?
¿Desde cuándo le interesa controlar cada uno de mis movimientos?
Lo que más me desconcierta no es su enojo, sino la forma en que le habla a Amelia. Siempre lo defiende delante de todos, siempre encuentra una explicación para justificarlo y, aun así, él acaba de tratarla como si fuera una empleada incapaz de cumplir una orden.
Mis tacos resuenan sobre el mármol mientras avanzo hacia la sala. Charles sostiene un vaso de whisky entre las manos. La rabia le endurece el rostro. Amelia permanece frente a él con la mandíbula apretada, sin intención de retroceder.
—¿Qué sucede, tío Charles? —pregunto alzando la voz mientras los observo a los dos—. ¿Por qué estás tan alterado?... ¿Y por qué estás discutiendo con Amelia?
