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Todavía no es tarde (2da. Parte)

El mismo día

Austin, Texas

Olivia

Fui incapaz de articular una sola palabra para responderle a Daniel. Ni siquiera sabía cómo explicarle algo que yo misma todavía era incapaz de comprender. Seguía aferrada a la fotografía, buscando desesperadamente algún detalle que me dijera que mis ojos me estaban engañando, pero ahí seguía la imagen de aquel niño. Los mismos rasgos de Noah, la edad que tendría ahora, la cicatriz en la frente y el conejo de peluche... todo terminaba señalando la misma verdad.

Mi hijo seguía en algún lugar.

A mi alrededor las voces comenzaron a mezclarse. Primero Ethan. Después Daniel. Y, unos segundos más tarde, la del idiota de mi tío Charles terminó por abrirse paso entre todas ellas, obligándome a volver a la realidad.

—¿Estás bien, Olivia? —preguntó Daniel mientras me rodeaba con un brazo y buscaba mis ojos con evidente preocupación.

Giré apenas el rostro hacia él. Todavía seguía en shock. Me limpié las lágrimas con el dorso de la mano y asentí con la cabeza, aunque ni yo misma sabía si aquello era cierto.

—¿Qué quería Ethan?

Las palabras se quedaron atoradas en mi garganta. Bajé un instante la mirada hacia la fotografía escondida detrás de mi espalda y terminé diciendo lo primero que cruzó por mi mente.

—Detener la boda... —susurré con la voz apenas sostenida.

Una mueca de disgusto terminó por tensar el rostro de Daniel.

Entonces los reproches de mi tío Charles terminaron por llenar el atelier.

—No entiendo por qué ese hombre sigue empeñado en destruir tu vida, Olivia. —Su voz destilaba amargura—. Primero desaparece durante cuatro años y ahora regresa como si nada hubiera pasado. ¡Qué descaro!

Entrecerré los ojos.

Mi relación con mi tío Charles nunca había sido la mejor. El malestar siempre había sido mutuo. Por eso me resultaba imposible comprender desde cuándo le preocupaba mi vida.

—No permitas que vuelva a manipularte —añadió endureciendo el gesto.

Me giré despacio hacia él.

—Te agradecería que dejaras de hablar de Ethan.

Charles frunció el ceño, sorprendido por mi respuesta.

—Olivia...

—No me interesa saber lo que piensas.

El silencio que siguió terminó siendo mucho más incómodo que cualquiera de sus reproches.

Cuando crucé la puerta de la mansión junto a Daniel, él no tardó en contarle a Amelia lo ocurrido en el atelier. Apenas escuchaba sus voces. Mi cabeza seguía detenida frente a aquella fotografía y en las palabras que Ethan había pronunciado antes de marcharse.

Sin decir nada me encaminé hacia la cocina. Abrí el refrigerador, saqué una botella de agua y, justo cuando cerré la puerta, ahí estaba Amelia esperándome con esa mirada inquisidora que siempre encontraba la forma de meterse en mi vida.

—¿Qué pasó en el atelier?

Desenrosqué la tapa de la botella antes de responder.

—Lo que escuchaste de labios de Daniel.

Ella negó despacio sin apartar los ojos de mí.

—No... quiero oírlo de ti.

Bebí un largo trago de agua antes de reunir fuerzas.

—Ethan volvió...

Solo pronunciar su nombre hizo que el pecho volviera a oprimírseme.

—Verlo otra vez removió todo el pasado.

Apoyé la botella sobre la encimera.

—Sobra decirte cómo me abandonó.

No esperé otra pregunta. Di media vuelta y me encerré en mi habitación.

Saqué la fotografía y comencé a caminar de un lado al otro sin dejar de mirarla. Una vez. Dos veces. Diez veces. Buscaba cualquier detalle que demostrara que Ethan estaba equivocado, cualquier mínima diferencia que me permitiera convencerme de que aquel niño no era Noah. No la encontré.

Cuanto más la observaba, más imposible me resultaba ignorar la cicatriz, el conejo de peluche y aquel rostro que tanto se parecía al de mi hijo.

El aire comenzó a faltarme.

Seguir dándole vueltas dentro de aquella habitación ya no era una opción. Tomé las llaves del auto, bajé las escaleras casi sin darme cuenta y, apenas puse el motor en marcha, marqué el número de Steve.

Esperé con el corazón golpeándome el pecho hasta que respondió.

—Necesito que me digas dónde puedo encontrar a Ethan.

Porque quedarme con aquella duda... ya no era una alternativa.

Y en este instante Ethan me contempla en silencio mientras el miedo, la angustia y la desesperación terminan mezclándose dentro de mí. Ninguno de los dos parece encontrar la forma de romper esa distancia que levantaron cuatro años de ausencia, hasta que finalmente su voz rasga el silencio.

—Entra, Olivia... —me pide mientras se hace a un lado de la puerta y sostiene mi mirada con una calma que no consigue ocultar el cansancio que lleva encima—. Hablemos con calma, sin gritos ni reproches... Creo que nuestro hijo lo merece.

Trago saliva y apenas consigo asentir.

Ethan abre un poco más la puerta y me da paso para ingresar en la pequeña suite. Mis ojos se pierden en la valija abierta, en la ropa desordenada sobre la cama, en las carpetas repletas de anotaciones y fotografías que ocupan casi toda la mesa. Durante un instante tengo la sensación de haber entrado más en una oficina improvisada que en la habitación de un hotel.

La puerta se cierra a mi espalda.

El silencio vuelve a caer entre nosotros.

Ethan desvía la mirada unos segundos. Se pasa una mano por el rostro, como si todavía le pesara volver a ese recuerdo, y cuando vuelve a encontrar mis ojos finalmente habla.

—La foto la encontré en las redes sociales... por casualidad —responde con una serenidad que apenas consigue sostener.

Frunzo el ceño sin apartar la vista de él.

—¿Cómo puede ser posible?

Una sonrisa triste intenta dibujarse en sus labios, pero desaparece antes de completarse.

—Aquella noche no podía dormir... —admite mientras la vista se le pierde un instante—. No dejaba de pensar en Noah. Supongo que la nostalgia pudo más que yo. Recordé cuánto insistía con conocer Disneylandia y terminé entrando en varios sitios web de parques de diversiones.

Los ojos se me cristalizan, pero aprieto los labios y contengo las lágrimas.

—Empecé a mirar las fotografías que la gente publicaba... sin buscar nada en particular. Solo quería sentirlo un poco más cerca.

Toma el celular que descansa sobre la mesa y me lo extiende con una mano que tiembla.

Lo recibo sin decir nada y bajo la mirada hacia la pantalla.

Él espera unos segundos antes de volver a hablar.

—Olivia... —pronuncia mi nombre con una mezcla de miedo y esperanza que termina oprimiéndome el pecho—. La foto es la primera prueba que encontré en cuatro años que no puedo explicar de otra manera.

Levanto la vista y siento la garganta cerrada.

—¿Cuándo fue tomada?

—Hace una semana fue subida al sitio web.

El silencio vuelve a instalarse entre nosotros.

Aprieto el teléfono con más fuerza.

—¿Dónde? —pregunto sin rodeos.

—New México.

Da un paso, después otro hasta detenerse frente a mí. Aparta la mirada un instante, como si reunir el valor para seguir hablando también le costara.

—No regresé esperando que me perdonaras... —la voz se le quiebra apenas, pero consigue continuar—. Sé que hay heridas que no desaparecen de un día para otro.

Aprieta la mandíbula y respira hondo antes de reunir el valor para continuar.

—Vine porque ya no puedo seguir buscándolo solo... —confiesa tragándose el orgullo que todavía le queda—. Necesito que me ayudes a encontrar a nuestro hijo.

Sus ojos no se apartan de los míos.

—Ven conmigo a New México, Olivia.

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