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Capítulo 2. Una Bofetada Dolorosa

Aquella luminosa mañana se volvió oscura en el instante en que Rebecca abrió los ojos. Sus pupilas se dilataron por la sorpresa y parpadeó con rapidez, intentando convencerse de que todo era una simple ilusión, un sueño capaz de hacer que su corazón latiera con violencia contra su pecho. Pero fue inútil. El calor que se mezclaba entre sus pieles confirmaba que no se trataba de un sueño, sino de la más cruda realidad.

Rebecca se incorporó de golpe. Con rapidez, apartó el brazo fuerte que la rodeaba. Por muy grande que fuera su curiosidad, debía alejarse del cuerpo desnudo que yacía bajo la misma manta que ella. A toda prisa recogió su ropa del suelo y cubrió su cuerpo pegajoso y adolorido. Su mente, sacudida por el impacto, comenzó a llenarse con destellos de los acontecimientos eróticos de la noche anterior…

Su rostro se tensó al darse cuenta de que el hombre a su lado no era su prometido, sino un desconocido atractivo que aún dormía profundamente. El corazón estuvo a punto de detenerse. El miedo y el pánico la envolvieron. Su respiración se volvió pesada y entrecortada. El mundo parecía haberse detenido. Su cuerpo casi cedió.

¿Qué había ocurrido?

Recordaba con claridad haber visto a su prometido la noche anterior. Se habían tocado, se habían besado… Entonces, ¿quién era el hombre que dormía a su lado?

Rebecca inspiró hondo, intentando calmar su cuerpo tembloroso. Recordó cómo había llegado a aquella habitación. Fue su confidente de confianza quien la llevó allí. Poco a poco, comprendió el cambio repentino y tortuoso que había sufrido su cuerpo la noche anterior. Entonces llegó a una conclusión: su reacción había sido provocada por algo que había comido o bebido.

Con su boda a la vuelta de la esquina, jamás habría arruinado su día más feliz con un acto tan insensato. ¿Acostarse con un hombre desconocido? ¡Debía de haber perdido la razón!

Rebecca jamás mancharía su dignidad ni su buen nombre. Había nacido en una familia respetable de Manchester. Su padre era dueño de una empresa de fabricación en la industria alimentaria, y Elvis, su prometido, era un cirujano proveniente de una familia propietaria de uno de los hospitales más prestigiosos de la ciudad. ¿Podría alguien ser tan malicioso como para destruir su vida perfecta?

¿April? ¿Había sido April? Pero ¿con qué propósito? ¿Por qué le haría daño alguien a quien siempre había tratado con amabilidad?

Su respiración se volvió jadeante, su pecho se oprimió y sus piernas temblaron por el dolor y la conmoción. Aun así, se negó a quedarse paralizada. Se vistió con rapidez y decidió escapar antes de que el hombre despertara. Era mejor considerar aquella desgracia como una aventura de una sola noche y olvidarla para siempre.

Por desgracia, tomó esa decisión en el peor momento.

Cuando abrió la puerta, sus pasos se congelaron al ver a dos hombres mirándola como si quisieran matarla.

Era Nelson Clovin, su padre biológico, con el rostro enrojecido por la furia. Y junto a él estaba Elvis, sorprendiéndola in fraganti en aquella habitación. No hacía falta preguntar cómo la habían encontrado. El rostro inexpresivo de April detrás de Elvis lo explicaba todo.

La ironía de aquella mañana desastrosa…

Rebecca no tuvo ni un segundo de tregua. Ni siquiera pudo encontrar una solución a su fatal error.

A pesar del miedo que la invadía, logró reaccionar con suficiente claridad para salir y cerrar la puerta con firmeza tras de sí. Sin embargo, no pudo ocultar la marca de un beso en su cuello, el rastro evidente de la mordida de la noche anterior.

¡Plaf!

La gran mano de Nelson se estampó con fuerza contra la mejilla izquierda de Rebecca antes de que se pronunciara una sola palabra. La ira del hombre era incontrolable.

“¿En qué estabas pensando, Rebecca? ¿Te escapaste para hacer algo tan repugnante?”, gritó con arrogancia, ignorando las lágrimas en los ojos de su hija.

“Papá…”

“No me llames papá. ¡Me avergüenza tener una hija como tú!”, espetó Nelson.

Rebecca lo miró sin parpadear. Aunque su relación se había enfriado por la presencia de su madrastra y su hermanastra, jamás imaginó que su propio padre la juzgaría sin escucharla.

Nelson no le dio ninguna oportunidad. Le ordenó con frialdad que regresara a casa y apartó la mirada, como si verla le resultara insoportable.

La mirada helada de Elvis empujó a Rebecca a acercarse. Creía que su prometido escucharía su explicación. Pero esa esperanza se desvaneció cuando él apartó su mano con brusquedad al intentar tocarlo.

¡Plaf!

“Si vas a mentir, al menos hazlo bien”, gruñó Elvis con rabia.

Las lágrimas comenzaron a rodar por las mejillas de Rebecca.

“No lo malinterpretes, cariño. Puedo explicarlo todo”, susurró con dolor.

Elvis asintió con una sonrisa burlona.

“Entonces explica esas marcas rojas en tu cuello.”

Instintivamente, Rebecca se llevó la mano al cuello y sintió el rastro evidente de la mordida. El pánico la invadió.

“¿Quién está ahí dentro?”, exigió Elvis.

“Nadie”, negó ella rápidamente.

“¿Me estás engañando?”

“No”, sacudió la cabeza desesperada.

“¿Te aburriste de mí después de tres años juntos?”

“¡No! ¡Jamás! Siempre te he amado, Elvis.”

“Cállate de una vez. Si de verdad me amaras, no habrías traicionado mi confianza. ¡No pienso casarme con una mujer sucia y traidora como tú!”

Rebecca se quedó paralizada.

“¿Q-quieres decir… que no quieres casarte conmigo?”

“¿Todavía lo preguntas? Por supuesto que no.”

“Elvis, estás completamente equivocado”, dijo ella, aferrándose a su muñeca. “Me amas. Y yo te amo. Esta boda es nuestro sueño.”

Él la empujó con fuerza. Rebecca se golpeó contra la pared del pasillo y cayó al suelo, con un dolor punzante recorriéndole la espalda y el bajo vientre.

“Eres la mujer más hipócrita y egoísta que he conocido. Siempre me rechazaste cuando intentaba tocarte. Siempre decías que era mejor esperar hasta después del matrimonio. A mí solo me dabas tus labios, pero a tu amante le entregaste todo tu cuerpo.”

Sus palabras la destrozaron.

“¿Qué tengo que hacer para que me escuches y me creas?”, suplicó con la voz quebrada.

“Me das asco y te odio. No vuelvas a aparecer delante de mí. Se acabó. No habrá boda. No habrá nada entre nosotros.”

Elvis se marchó sin mirar atrás. Nelson hizo lo mismo.

***

Cuando Glenn Romanov abrió los ojos, se dio cuenta de que había dormido más de la cuenta. Extrañamente, no se sorprendió. Permaneció recostado en la cama desordenada, testigo de una noche intensa.

Sí, él era el hombre que había pasado la noche con aquella desconocida.

Había llegado a Manchester para una serie de reuniones de negocios y solo quería descansar. Pero la realidad superó sus expectativas. A sus treinta y dos años, se dejó arrastrar por el deseo. La voz dulce y sumisa, los labios suaves, la piel clara y tentadora…

Sonrió levemente al recordar la noche.

“S–e ha ido”, murmuró al incorporarse y notar la ausencia de la mujer.

Su expresión se ensombreció. Pronto borró los recuerdos dulces al convencerse de que aquella mujer no había sido más que una acompañante.

No podía culparla por haberse marchado antes de que despertara.

Decidió levantarse y asearse. Al ver unas marcas de arañazos en su brazo derecho, frunció el ceño.

“Maldición…”

Se vistió rápidamente con un traje formal.

“Buenos días, señor Glenn.”

Glenn se volvió hacia su secretario.

“Llevas mucho tiempo trabajando para mí. ¿Por qué olvidaste las reglas que establecí?”

Eric frunció el ceño.

“¿A qué se refiere, señor?”

“La mujer de anoche. Tú la organizaste, ¿no? Sabes que no me gustan esas cosas.”

“¿Mujer? Señor Glenn, jamás me atrevería a hacer algo así.”

El silencio llenó la habitación. Si Eric no la había llevado, ¿cómo había entrado en su habitación?

Entonces algo brillante llamó su atención en el suelo. Glenn se acercó y lo recogió. Era un pendiente.

Sin duda pertenecía a la mujer que había compartido su cama la noche anterior.

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