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Capítulo 1

—Celeste —susurró Adrian—, ¿puedo apoyar la cabeza en tu hombro?

Asentí y dejé que se acomodara contra mí. Cerró los ojos.

—Gracias —suspiró, satisfecho—. Sky.

—¿Sky?

—Es un apodo que encaja contigo.

*****

La primera vez que vi a Adrian Mercer, lo primero que pensé fue que parecía perfecto.

Era un hombre que trabajaba duro por su familia, a la que amaba por encima de todo. Su riqueza y su éxito lo habían convertido en uno de los solteros más codiciados de la ciudad, pero nada de eso se comparaba con la bondad que había en él.

Aun así, una pregunta no dejaba de repetirse en mi cabeza:

¿Cómo puede amar a esa mujer?

Lo triste es que nunca llegamos a saberlo.

Porque, después de aquello, su corazón pareció apagarse.

Sus ojos dejaron de ver a cualquier otra mujer.

El contacto con ellas se volvió algo prohibido.

Adrian Mercer ya no era capaz de amar a una mujer.

O, al menos, eso parecía.

Porque Adrian Mercer podía amar con tanta intensidad que su amor era capaz de destruirlo.

Lo sé porque una vez lo vi con mis propios ojos, por accidente.

Él era el héroe roto.

Salí del baño después de lavarme bien las manos y me detuve un instante frente al espejo. Me acomodé el cabello detrás de la oreja y dejé a la vista el pendiente de mariposa que tanto quería. Sonreí al recordar el día en que mamá me lo regaló. Era una pieza preciosa y la atesoraba como uno de mis bienes más valiosos.

Abrí la puerta y salí al pasillo. Apenas había avanzado unos pasos cuando algo llamó mi atención.

Una niña con un vestido blanco lloraba acurrucada en un rincón, secándose las lágrimas con las manos.

Preocupada, me acerqué y me agaché hasta quedar a su altura. Sus grandes ojos color avellana estaban llenos de lágrimas y la angustia le deformaba el rostro.

—Oye —susurré mientras le acariciaba suavemente un hombro—. ¿Qué te pasa, cariño? ¿Por qué lloras?

La observé con atención, preguntándome si se habría perdido.

—Perdí las flores —dijo con voz temblorosa y un puchero en los labios—. Si no las encuentro, no podré caminar hasta el altar con mis hermanas.

La miré de arriba abajo. Llevaba un vestidito blanco y una corona en la cabeza. Debía de ser una de las niñas del cortejo y, seguramente, familiar de la novia.

—No te preocupes —la tranquilicé mientras le secaba las lágrimas—. Te ayudaré. ¿Recuerdas dónde las dejaste?

Negó con la cabeza y volvió a sollozar.

—No lo sé. Entré en una habitación, pero no recuerdo cuál. Este lugar es demasiado grande. Mamá fue a buscarlas, pero todavía no ha vuelto.

—¿Por dónde estuviste? Tal vez pueda encontrarlas.

Señaló una habitación a la izquierda y asentí.

—¿Y dónde está tu mamá?

Indicó el extremo opuesto del pasillo.

—De acuerdo, escúchame. Todo va a salir bien —le dije en voz baja, intentando tranquilizarla—. Vuelve con tu madre. Seguro que también te está buscando. Yo encontraré las flores, ¿sí?

La niña me miró como si acabara de convertirme en su heroína. Asintió con los ojos llenos de esperanza.

Me dirigí hacia la habitación que me había indicado y fui examinando cada rincón del pasillo, por si encontraba algún pétalo o cualquier pista de las flores. No tuve suerte.

Entré en una estancia vacía y me detuve unos segundos. Parecía una sala de espera. Sobre la mesa de centro, junto al sofá, había varias copas de champán a medio terminar. Recorrí la habitación con la mirada, pero no vi nada.

Cuando estaba a punto de volver al pasillo, reparé en otra puerta que había quedado ligeramente entreabierta. Me acerqué despacio. Del otro lado no se oía nada. Aquella habitación también parecía vacía.

Con cierta vacilación, llamé.

—¿Hola? ¿Hay alguien?

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