
Sinopsis
Mi prometido me dejó plantada en el altar delante de cuatrocientos invitados. Y eso no fue lo peor. Lo peor fue el vídeo. Yo estaba de pie bajo un arco de diez mil rosas blancas, embarazada de seis semanas, sujetando un ramo con las manos temblando de pura felicidad… cuando la pantalla LED gigante que había detrás del altar se encendió.
Capítulo 1
Mi prometido me dejó plantada en el altar delante de cuatrocientos invitados.
Y eso no fue lo peor.
Lo peor fue el vídeo.
Yo estaba de pie bajo un arco de diez mil rosas blancas, embarazada de seis semanas, sujetando un ramo con las manos temblando de pura felicidad… cuando la pantalla LED gigante que había detrás del altar se encendió.
Se suponía que iba a proyectar nuestro montaje de amor. Tres años de fotos. París. La casa del lago. Él, de rodillas.
En vez de eso, proyectó a mi prometido, Julian Whitmore, en la cama de un hotel.
Con mi hermana.
—Apagadlo —susurré. Después grité—: ¡APAGADLO!
Nadie se movió. Cuatrocientos móviles se alzaron en el aire como un campo de flores negras, todos apuntándome a mí.
En la pantalla, Sienna se reía —esa risa suave, entrecortada, que llevaba ensayando desde que éramos niñas— y se subía la sábana hasta el pecho.
—¿Y qué pasa con Aria? —le preguntó.
La voz de Julian llenó la catedral. Cálida. Divertida. La misma voz que me decía «sí, quiero» en todos los sueños que había tenido durante tres años.
—¿Aria? —Besó el hombro de mi hermana—. Aria nunca fue el plan, nena. Aria era el papeleo.
El ramo se me escurrió de las manos.
Las peonías blancas se esparcieron por el mármol como algo que se muere.
Allí estaba yo, con un vestido hecho a medida que había tardado ocho meses en confeccionarse, en una catedral que mi familia había alquilado por una fortuna, llevando dentro un bebé que pensaba anunciar esa noche como regalo de bodas… y escuché a cuatrocientas personas mientras me veían convertirme en un chiste.
Entonces la pantalla cambió.
Una retransmisión en directo.
El registro civil. Julian con traje gris. Mi hermana con un vestido blanco corto —blanco— y un anillo destellando en el dedo.
Él miró directamente a la cámara. Directamente a mí.
—Aria. No te lo tomes como algo personal. —Sonrió con la misma sonrisa de la que me había enamorado—. Sienna y yo nos hemos casado hace una hora. El banquete está pagado. Disfrutad de la fiesta.
La señal se cortó.
Silencio. Después empezaron los susurros, extendiéndose por los bancos como el fuego por la hierba seca. Pobrecilla. ¿Lo has grabado? Dios mío, su CARA.
Me giré hacia mi madre, en la primera fila. Mi madre, que me había ayudado a elegir ese vestido. Que había llorado en la última prueba.
Ahora no lloraba.
Estaba mirando el móvil. Y cuando por fin levantó la vista hacia mí, su expresión no era de dolor.
Era de fastidio.
—Aria. —Se puso de pie, alisándose la falda—. No montes una escena. Ya es bastante humillante.
—¿Que no monte…? —Se me quebró la voz—. Mamá. Él acaba de… Sienna acaba de…
—Tu hermana lleva dos años enamorada de Julian. —Lo dijo como si la que hubiera hecho algo mal fuera yo—. Quizá, si alguna vez hubieras prestado atención a alguien que no fueras tú misma, te habrías dado cuenta.
Mi padre ni siquiera se levantó. Me miró igual que miraba un mal informe trimestral.
—Quítate el vestido —dijo en voz baja—. De todos modos, nunca iba a quedarte bien.
Algo dentro de mi pecho se quedó muy, muy quieto.
Tenía una mano apoyada sobre el vientre —sobre el secreto que nadie en esa catedral conocía, el latido diminuto que había visto en una pantalla nueve días antes— y lo entendí, de golpe, con una claridad perfecta:
Estaba completamente sola.
Recogí la cola destrozada con los dos puños y recorrí de vuelta ese pasillo interminable, pasando junto a cuatrocientos móviles levantados, con los tacones resonando como disparos y el rímel trazándome líneas negras por la cara.
Llegué hasta las puertas de la catedral antes de que me fallaran las rodillas.
Y entonces lo vi.
Un hombre con traje negro, apoyado en un coche negro al pie de la escalinata, mirándome con los ojos más serenos que había visto en mi vida. Como si mi mundo entero no acabara de arder. Como si llevara rato esperando.
Me tendió una tarjeta.
—Señorita Hale —dijo—. Mi jefe ha visto la retransmisión.
—Le gustaría hacerle una oferta antes de medianoche.