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Capítulo 4.1

Mis uñas se clavaron en el costado de sus muslos mientras me esforzaba por aceptar su gruesa circunferencia. Mis labios se sentían muy apretados alrededor de su eje y de mis ojos alguna que otra lágrima se escapaba, pero se sentía tan... intensamente bien, que no quería que se detuviera, aunque eso significara ahogarme en el proceso.

—Eso es, mi lindo ángel, trágate mi polla. —me dijo mientras me miraba con esos magnéticos zafiros.

Salió ligeramente y volvió a introducirse; esta vez más profundo. El ruido obsceno de mis succiones y de la fricción de su carne con la humedad de mi boca, me tenían totalmente caliente.

Su mirada oscurecida y esos sonidos, varoniles y salvajes, que no dejaba de emitir, me mantenían en un nivel de excitación que jamás había experimentado. Ni siquiera, con todos los videos porno que había visto desde que comencé a explorar, por mí misma, mi cuerpo.

Sin poder tolerar, ni un segundo más, esta excitación que recorría cada uno de mis nervios y que me hacía sentir todos mis muslos mojados; bajé una de mis manos entre las piernas y me froté el clítoris mientras Axel entraba con cada embiste, más profundamente.

La idea de que me ahogara con su bestial trozo de carne, duro como el acero, me provocaba una excitación tan primitiva que casi dolía. Volvió a embestir, esta vez golpeando el fondo de mi garganta, llevando cada vez su falo un poco más adentro.

—¡Diablos, ángel! ¡Sí, joder! Dios, sí —gruñó, totalmente enloquecido.

Saber que era yo quien lo estaba poniendo así, me dio un chute de energía y seguridad que me hizo relajar mi garganta, permitiéndole profundizar aún más, si es que eso era posible.

También me dio la confianza para zafarme de todas las inseguridades que flotaban a mi alrededor como pequeños y molestos fantasmas, y devorarlo como si fuera mi paleta preferida y la única existente en todo el planeta tierra.

Por mucho que hacía mi mayor esfuerzo para tomarlo por completo, no podía llevarlo hasta la base y, aun así, podía notar lo cerca que estaba de alcanzar su orgasmo. Lo cual me hacía sentir feliz e inmensamente orgullosa de mi misma.

Intentó ralentizar nuestros movimientos, bajar el ritmo y volverlo más lento. Pero ni así logró poder contener el placer que estaba recorriendo cada uno de sus nervios, y tenía que confesar que no era el único afectado.

No tardé en correrme como nunca antes lo había hecho en las diferentes ocasiones en que me masturbaba. Apreté los muslos mientras soportaba una oleada tras otra de placer y sentía como su polla se agitaba y parecía endurecerse aún más.

Rápidamente, remplazó mi boca y mano por la suya, justo cuando todo su cuerpo se tensó. Y, dejando escapar un rugido gutural, se corrió encima de mis pechos. La imagen fue tan erótica, que no pude evitar comenzar a besar dulcemente cada centímetro de su piel que estaba a mi alcancé.

—Ojos en mí, enana. —me ordenó, ligeramente sin aliento, luego de romper nuestro posesivo beso—. ¿Estás lista para lo que sigue?

Su mirada brillaba de deseo y de algo mucho más significativo, que me envolvía el alma y aceleraba mi corazón.

Me lamí los labios y asentí. Moría por ser suya en todos los sentidos.

Con su callosa mano recogió mis fluidos y los frotó entre mis piernas, consiguiendo que un escandaloso gemido escapara de mis labios. Me dio la vuelta para ponerme sobre el cómodo colchón y, mientras nuestras bocas se reclamaban una vez más, sus manos subieron por mis brazos hasta rodear mis muñecas y acomodarme los brazos por encima de la cabeza.

Se posicionó entre mis piernas luego de haberme hecho venir por segunda vez con su ágil lengua y, en ese preciso momento supe que la hora de la verdad había llegado.

—N-no… no seré… —tragué saliva—. No seré capaz de…

—Shhh —me interrumpió y besó mis labios, para luego apoyar su frente sobre la mía—. No pienses en nada, solo siente, déjate llevar y disfruta de cada segundo. Si vas a poder tomarme completamente, porque tú, pequeño ángel, fuiste creada exclusivamente para mí.

—Aun así, dolerá —susurré, casi sin voz—. Lo que tienes en las piernas es como una anaconda intentando entrar en el sexo de una diminuta hormiguita.

Una fuerte carcajada rebotó en su pecho y sus siguientes palabras hicieron que todo mi mundo se destruyera y reconstruyera en el sentido más bonito que pudiera existir. Que el universo se detuviera, mi cabeza se quedara en blanco, y ya no importara si me destrozaba, me desgarraba o era capaz de tomarlo por completo.

—Te amo, mi bella enana —su aliento acariciaba mis labios—. Trataré de que te duela lo menos posible. ¿Confías en mí?

Con lágrimas de emoción corriéndome por las mejillas gracias a esa inesperada confesión y, sin poder articular palabras, tragué en seco, intentando deshacer el nudo de conmoción que se me había hecho en la garganta. Y, asentí, dándole la respuesta que esperaba.

Axel, acercó nuevamente su rostro al mío, dándome un beso de esquimal que hizo que mi alma brillara de tanta ternura. Éste, era el verdadero hombre que yo amaba y que no todos lograban tener ni conocer a profundidad.

Mi vikingo podía parecer una persona simple y diplomática, alguien serio y reservado, pero con las personas que realmente le importaban se lograba mostrar tal cual era, sin tener que evitar la vulnerabilidad, esa lealtad inquebrantable y ese lado protector y tierno. Y yo, amaba que, desde pequeños, siempre hubiera tenido estos pequeños gestos conmigo, que él no le dejaba ver a cualquiera.

«¿Podría ser que desde siempre nos quisimos más allá del cariño que nos teníamos desde la infancia? ¿Sería posible que no nos hayamos dado cuenta durante años de nuestros verdaderos sentimientos, por estar confundidos, justificándolo con un querer profundo de amigos?».

Su lengua pidiendo acceso a mi boca me devolvió al presente, recordándome que este no era el momento adecuado para intentar descifrar cual había sido el instante exacto en que comenzamos a desearnos y querernos como un hombre y una mujer. Porque, justo ahora, solo debía disfrutar del hecho que, lo que tanto había anhelado y soñado, se estaba haciendo realidad. Y no era muy difícil concentrarme, pues era casi imposible no sofocarse al sentir su dureza rozando entre mis piernas, el calor de su cuerpo envolviendo el mío y nuestras pieles tocándose sin molestas barreras interponiéndose entre ellas.

«Me está volviendo loca», me dije a mi misma, mientras su boca devoraba cada centímetro de mí.

Estaba nerviosa, sí. Pero también, terriblemente excitada y necesitada de todo lo que sabía que ocurriría a continuación.

Había esperado muchísimo tiempo por esto y, aunque sabía que él estaba intentando mantener la poca cordura que le quedaba, y tomarse su tiempo para tenerme lo más preparada posible y poder tomarlo sin que fuera muy doloroso para mí… yo ya no aguantaba más. Necesitaba sentirlo llenarme por completo.

Axel se presionó con más fuerza contra mi cuerpo, haciéndome consiente de cada duro musculo del suyo, y tomando una de mis piernas, colocándola detrás de su espalda, dejándome más expuesta y abierta para él y su descomunal polla, la cual se acomodó directo en mi entrada.

Estaba a segundos de tomar mi virginidad y, a pesar de que podía sentir mi cuerpo tenso por los nervios, no podía negar la felicidad que ese solo pensamiento parecía causar en mi ser, al mismo tiempo que empezó a empujarse ligeramente dentro de mi abertura.

—Estoy lista —le hago saber cuándo noto que está dudando si seguir avanzando o contenerse un poco para continuar lubricándome aún más.

Él me observó por largos segundos, como si estuviera buscando la misma certeza de mis palabras en mi mirada. Y yo, solo podía sentir el latido de mi corazón en todas las partes de mí.

En mi pecho.

En mi garganta.

En mis oídos.

En mi sexo.

Incluso en las yemas de los dedos, aferradas a su ancha espalda como si él fuera el único punto firme en este universo donde todo parecía a punto de colapsar.

Toda mi vida había imaginado este momento. Esta unión. Y no solo de modo carnal.

Había sentenciado que sería su esposa desde niña. Había fantaseado con él siendo una joven demasiado enamorada, con la ingenuidad de quien cree que el primer amor pertenece para siempre a la tierra de los sueños. Sin embargo, aquí estábamos. Frente a frente, totalmente desnudos. Mirándome como si no existiera nadie más. Como si no deseara a nadie más. Como si yo fuera el único eje de su planeta.

Y yo no podía dejar de pensar una sola cosa. «Es él».

Siempre ha sido él.

El primer niño que aceleró mi corazón. El único abrazo que se sentía como un hogar. El primer hombre al que le entregué cada pedazo de mi alma sin que siquiera lo supiera. El único con quien siempre imaginé compartir algo tan íntimo como este momento tan significativo y especial.

Cuando nuestras frentes se rozaron, cerré los ojos un instante.

No para esconderme.

No porque dudara.

Para recordarme que esto estaba sucediendo. Que era absolutamente real.

Sentí un breve sobresalto cuando su miembro cruzó ese límite desconocido.

«Ay mi dios. Sabía que me dolería perder mi virginidad, pero no tanto».

Mi respiración vaciló y mi cuerpo reaccionó al dolor antes que mi mente. Fue un instante, casi efímero, pero suficiente para hacerme contener el aire y que Axel lo notara.

Él no habló, solo se detuvo.

Esperó.

Sus hermosos ojos azules, esos que tanto me recordaban el mar y el agua donde me gustaba nadar y sumergirme, buscaron los míos con una pregunta silenciosa, y en ese gesto encontré toda la calma que necesitaba para terminar de relajarme.

Asentí.

Porque no había miedo ni molestia capaz de superar la certeza y satisfacción que sentía al tenerlo conmigo, y de esta manera.

Porque nunca imaginé que un momento tan importante pudiera sentirse tan humano. Tan imperfecto. Tan nuestro.

Con cada movimiento de sus caderas, sentía como si este vikingo intentara desgarrarme desde adentro. Ardía como el infierno cada vez que salía de mí, pero también calentaba mi sangre de maneras impensables.

Su mirada permanecía prisionera de mis ojos cada vez que nuestras bocas se separaban en busca de oxígeno. Y, aunque todavía dolía un poco, ya no me paralizaba como en los primeros minutos.

Ver cómo sus facciones se tensaban, con cada embestida que arremetía contra mi sexo. Como su rostro se transformaba en la imagen más excitante que vi nunca, hacía que el dolor inicial y la molestia que iba desvaneciéndose poco a poco, valieran totalmente la pena.

Apoyé la frente contra su hombro y sonreí sin darme cuenta. Tenía ganas de llorar, de reír, de gritar a los cuatro vientos cada una de las sensaciones que estaba atravesando mi pecho, de abrazarlo hasta desaparecer entre sus brazos. No porque acababa de dejar atrás una parte de mí.

Sino porque comprendí que no estaba perdiendo nada.

Estaba compartiendo algo que había guardado durante años con el hombre al que había amado toda mi vida.

Y mientras él susurraba mi nombre con una ternura que me desarmaba por completo, entendí que ese instante no sería el más perfecto de mi existencia.

Sería el más verdadero de toda mi vida.

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