Librería
Español

Atrapada en otro mundo III

86.0K · Completado
Mikaela Shirley
39
Capítulos
8
Leídos
9.0
Calificaciones

Sinopsis

Michelle, es una chica de quince años que lleva una vida normal, como todos los días, asiste a la escuela y toma el autobús donde aprovecha para tomar su siesta matutina; Sin embargo, este día tiene una pequeña diferencia al resto y es que la vida de Michelle ha llegado a su fin. Cuando despierta se encuentra en un lugar que claramente no es el cielo. Ella tendrá que descubrir cómo regresar a su mundo mientras se enfrenta a nuevos desafíos que jamás creyó experimentar. En su camino se interpondrá Marcus, un príncipe de pésimo carácter que buscará la forma de deshacerse de ella por completo. Tercera parte de Atrapada en otro mundo.

Románticofirst loveAventuraDramaPrincesaRival en amorChica BuenaPríncipeAmor-OdioArrogante

Capítulo 01: Sorpresa bajo las sábanas

MARCUS

Una vez llego al castillo lo hallo envuelto en un gran alboroto. Avalancha de personas van y vienen. Los caballeros escoltan a los pueblerinos hacia afuera de la muralla. Una de las entradas del refugio se encuentra dentro del palacio, he ahí la razón de tanta aglomeración de gente en mi hogar. El jardín infestado de personas me agobia, por lo que decido retirarme hacia mi pieza. Mi padre me ha dicho que más tarde quiere conversar conmigo sobre mi viaje; y por supuesto con la presencia del profeta de Ishrán: el sabio.

Debido a que nuestras acciones casi provocan la guerra, el Rey quiere informarse un poco más sobre lo que hemos estado haciendo y prepararse sobre algún otro posible desastre que pueda ocurrir, en consecuencia de la estadía de esa chica en nuestro reino. Él ha dejado en claro que no meterá sus narices en esto; pero quiere que le informe mi avance en la búsqueda de las piedras y que procure no meterme en tanto problemas.

Como sea, el cansancio a nublado mi mente y he decidido dejarla en blanco. Ahora mismo, mi único objetivo es acostarme en mi cama y descansar. Todo el agotamiento acumulado me está debilitando. Dejo salir un bostezo, este no es escuchado por nadie, la servidumbre debe estar muy ocupada atendiendo a los aldeanos.

Deambulo por los largos pasillos del castillo acortando poco a poco la distancia. Entro exhausto a mi habitación, no me inmuto en encender ninguna vela, la luz de la luna que entra por el balcón deja un rastro de luz sobre mi cama.

Con tanto ajetreo el sol se ha ocultado, el cielo se ha oscurecido del todo, conservando aun aquellas nubes negras que vi en la tarde. En cualquier momento explotarán y harán caer una tormenta sobre Ishrán.

Con fatiga voy desabotonando uno a uno los botones del jubón, dejando mi pecho descubierto; no me lo termino de quitar, con liberarme un poco es suficiente. De igual manera, me deshago del calzado, lo dejo tirado despreocupadamente. Sin dar más vueltas, me meto entre las sabanas y me acomodo en la cama; mientras me muevo golpeo algo suave con la pierna. Sospecho que se trata de algún almohadón, ya que un bulto se dibuja justo en ese sitio; sin embargo, este empieza a removerse y activa las alarmas de mi cabeza que ya había apagado.

De un tirón destapo el edredón y preparo mi puño; no obstante, todos mis sentidos se pausan al ver lo que se revolvía bajo mi cobertor. Mi impresión hace que mi rostro se expanda, tanto mis ojos como mi boca alcanzan su máxima apertura.

Olvidé por completo la tarea que le había encomendado a la servidumbre. Me cuesta creer que algo tan elemental haya sido borrado de mi mente y que gracias a eso me encuentre con tal sorpresa a la hora de dormir.

Lo que más me cuesta asimilar es su vestimenta, solo lleva puesta una de mis prendas, le queda tan ancha que deja a la vista su clavícula mientras una leve sombra esconde sus pechos.

Como demonios se le ocurrió colocarse mi ropa y quedar en semejante estado tan insinuante.

Ella duerme plácidamente hacia mi dirección, con la boca levemente abierta, soltando respiraciones constantes, sus largos cabellos castaños están desperdigados y sus piernas están totalmente desnudas, apenas tapadas por mi prenda. En vez de cubrirla, mi mano se queda tiesa sobre el cobertor, mis ojos barren su cuerpo tantas veces que ignoro el tiempo en el que me he quedado paralizado. Mi mente se ha despertado y me gobierna una maraña inexplicable de pensamientos impuros.

Un impulso traicionero me desconecta de mis cabales cuando ella, acompañado de un gemido, eleva ligeramente la pierna derecha. Los hilos de la tela zurran su piel blanca y acortan el largo que cubre su zona íntima. Antes de que mi cerebro explote y vea algo que no debo, oculto con brusquedad su cuerpo y salgo disparado de la habitación.

El portazo que doy a mi propia puerta, asusta a una mucama que iba pasando. Esta me pregunta si necesito algo, no le contesto. Estoy tan sobresaltado que no puedo pensar con claridad y mucho menos responder preguntas rutinarias.

Me traslado a la habitación continúa. Cuando cierro me apoyo sobre la puerta, aturdido, con la mirada fija en la alfombra rojo vino. Me sorprenden mis propios pensamientos lascivos, principalmente por la persona que me los genera.

Mi mente se encuentra vuelta un caos, mi transpiración es evidente, así mismo como mi sonrojo. Me despego de la pared y voy directo a la cama, donde me abrigo hasta la nuca. No pienso tratar de entender que me sucede, ni darle mayor importancia. Todo se debe a que estoy muy cansado y de que no me esperaba encontrar a una chica casi sin ropa envuelta entre mis sabanas.

Seguramente, el sueño me ayude a tranquilizarme; pero por desgracia, ella me lo ha arrebatado y simplemente no puedo sacar su imagen sugerente de mi cabeza. Se repite y se repite hasta que el ardor invade mi rostro. La maldigo por ser tan impertinente y atrevida. Cuando se despierte me escuchara, se arrepentirá de haberse puesto mi ropa sin mi permiso y de haberme provocado estas sensaciones indebidas.

Es una inconsciente.

MICHELLE

El ruido estrepitoso de una puerta cerrándose me despierta. Atontada, retiro la cobija que me tapa la cara, la luz blanca de la luna provoca que mis parpados se vayan abriendo con lentitud. Por un momento, no comprendo donde estoy, esta no es mi habitación. Mi cama no tiene sabanas tan finas y sedosas, mi piel sobre ellas se siente tersa.

El corazón se me vuelca cuando veo que no tengo puesto mi vestido rojo vino y que en su lugar llevo una vestimenta, claramente masculina, cubriendo escasamente mi cuerpo.

¿Sera posible que yo….?

¡No! ¡No! ¡Aún es muy pronto para eso!

¡Además, lo recordaría!

… ¿No?

Agito la cabeza en señal de negación, debe existir otra razón para que yo esté en una cama que no es mía y en esta facha tan comprometedora. Debo agregar que el olor que desprende tanto la ropa como la cama me es familiar; y, entonces, como un chispazo prendiéndose en la mecha, recuerdo donde estoy y como llegue aquí. El soldado me trajo cargada hasta la habitación del Príncipe y una mucama me obligo, prácticamente, a quitarme mis ropajes llenos de tierra, alegando que no podía dormir en la cama de su alteza cargando semejante suciedad. De un baúl sacó una prenda de aspecto desgastado. Se ofreció a desvestirme, la detuve antes de que me pusiera las manos encima y le dije que podía sola.

Estos nobles tienen costumbres muy extrañas, entre esas, hacer que sus criados los vistan.

Luego que se retiró, me cambie de ropa y me enfunde en el interior de la cama.

Es un alivio saber que no estoy aquí por circunstancias extrañas. Admito que he descansado placenteramente, este colchón es delicioso y las sabanas una acaricia. Me siento como una Princesa, nunca podré dormir en mejores condiciones que en estas, no todos los días un Príncipe te presta su habitación para que reposes. Solo espero que no se aparezca por aquí, me sentiría muy avergonzada si me viera así; asimismo, se enojará gravemente si descubre que llevo puesta su ropa. Aunque esto haya sido culpa de la criada, la que se llevara el regaño seré yo.

Vacío mis pensamientos y me acurruco con más ahínco sobre la acolchonada cama. Para que no me moleste la luz que entra por el balcón me cubro totalmente, dejando un gran bulto como única prueba de que la cama está ocupada.

Súbitamente, la puerta se golpea contra la pared. Antes de que pueda salir de mi escondite, una masa cae encima de mí y me sofoca. Me asusto, que es lo que pretende El Príncipe aplastándome e invadiendo mi espacio personal sin mi permiso.

—¡Oh, Marcus! ¡Era cierto! ¡Estás aquí y no en el más allá! —solloza una voz femenina, la dueña me aprieta tanto que me saca el aire. En parte me alivia saber que no se trata del Príncipe, creí que su instinto masculino había salido a flote e intentaba propasarse conmigo—, ¡Estaba tan destruida! ¡Pero ahora has regresado a mí, hijo mío!

No resisto más su apretujamiento. El aire no llega a mis pulmones, no puedo evitar dejar salir una tos enloquecida. Desesperada, utilizo mi poca fuerza corporal para quitármela de encima. La Reina al escuchar mis quejidos femeninos, me libera y me permite recomponerme. Al verme, su rostro se torna pálido y su mandíbula se amplia, lista para soltar un grito de horror.

Su alarido llega hasta las afueras del pueblo, grita tan fuerte que debo tapar mis oídos para que no me moleste. Sus ojos verde aperlado se dilatan, me acribillan con furia desmesurada. Ahora, pongo en duda de donde El Príncipe saco su cara de pocos amigos, tanto la madre como el padre saben cómo lanzar miradas grotescas y llenas de desprecio.

Es increíble que ambos padres me hayan aplastado nada más conocerme. Esto se está volviendo una mala costumbre familiar.

—¡¿Quién eres tú?! ¡¿Qué haces metida en la cama de mi hijo?! —bate los brazos, molesta. Me escudriña detenidamente—, ¿Tienes puesta su ropa? —me cubro con las sabanas. Esta mujer está muy alterada y me asusta lo que pueda hacerme—, ¡Desvergonzada! ¡¿Cómo te atreves?! ¡Vete de aquí!

Me jala por la muñeca, lucho para que no me saque de la cama y me deje al descubierto. No conozco a esta señora, lo que menos deseo es que me vea casi desnuda y que su indignación suba a niveles estratosféricos debido a mi exhibicionismo.

Para esta gente debe ser un escándalo mostrar tanta piel, si hasta la ropa interior es pudorosa.

El Príncipe llega a mi rescate, atrapa a su madre por la espalda y la aleja de mí. Apenas zafo, vuelvo a taparme con el edredón, mis mejillas están rojísimas. Él debió alcanzar a ver algo, el manto que me tapaba era insuficiente, puesto que La Reina ya me tenía fuera de la colcha. Esa mujer pese a su edad, tiene una fuerza descomunal, me ha dejado marcada las muñecas con su agarre insistente.

—Madre, ¿Qué está sucediendo? —cuestiona perdido.

La Reina se aleja de su hijo, embravecida, lo analiza de pies a cabeza y suelta un bufido al ver su pecho descubierto. Me imagino las malas ideas que se debe estar haciendo, seguramente este malinterpretando la situación; pero no la culpo, esto se presta para confusiones y de las grandes.

Yo también mal pensé todo.

—No puedo creer que la hayas dejado dormir en tu cuarto, Marcus. Esto es inconcebible. No toleraré ningún acto deshonroso en mi castillo y mucho menos con una chica tan vulgar. ¡Por dios! ¡Estas comprometido con Selene! No puedes andar de mujeriego yéndote detrás de las faldas de cualquier campesina —agita la cabeza con desaprobación—. Te creí más serio.

—Madre, no es lo que parece —rueda los ojos. La calma no lo ha abandonado, pese a las acusaciones graves de La Reina.

—Marcus, tu madre no es estúpida. Que otra explicación tendrías para dejar a una chica durmiendo semidesnuda en tu cama y con tu ropa —masculla entre dientes.

—Si me dejarás hablar podría explicártelo —dice con obviedad mientras se encoge de hombros.

—No quiero escuchar tus excusas. Saca a esta jovencita inmediatamente de aquí y ni se te ocurra traerla nuevamente ni a ella, ni a ninguna otra —amenaza La Reina. La imagen que tenia de su hijo se le ha derrumbado y ahora lo cree un casanova.

—No estamos involucrados, al menos no de la forma que crees. Ella es la elegida, la chica con la que viajo —explica.

—Marcus Andreatos, no seas descarado. No te permito que me mientas —refunfuña. Esta mujer es muy terca, no cree nada de lo que le dice su hijo.

—No es mentira. Ella quedo muy débil luego de levantar el hechizo de protección; así que les pedí a los sirvientes que la dejarán descansando en mi habitación para no perder tiempo tratando de encontrarla.

—Nunca me ha gustado esa actitud tuya de engañar a los demás, al menos creí que podías ser sincero conmigo —se descompensa. Su rostro se encuentra abatido y decepcionado—. Soy tu madre, no me puedes engañar a mí. Tú jamás permitirías que una extraña se revuelque en tus sabanas; o eso creía. Pensé que estabas enamorado de Selene, hijo. Que su enlace además de fortalecer los lazos con Kalastian, también era consensuado, que la amabas —suelta un pesado suspiro—. Que equivocada estaba.

—Mamá, detente. No sabes lo que dices —tiene la mandíbula apretada. Su mirada se torna tosca—. Si no me crees, pregúntale al Rey. Él te confirmara lo que te estoy diciendo.

—¡¿Es que tu padre sabía sobre tu amorío!? —grita impresionada. El Príncipe le quita la vista a su madre, harto de que tergiverse todo lo que dice—. ¡Ahora entiendo! ¡Él te ha estado patrocinando tu desfachatez a mis espaldas! ¡Esto es el colmo! ¡Los dos se han comportado como unos granujas y en mis propias narices! ¡Tu padre me va a escuchar! ¡Cómo ha podido aplaudirte tales comportamientos desvergonzados e indignos de un Príncipe! ¡Se ha excedido, Marcus! —entre gritos sale de la habitación echando humo.

—¡Madre! ¡¿Puedes calmarte?! ¡No está sucediendo nada de lo que te imaginas! ¡Escúchame! —se pasa la mano por el cabello mientras sigue los pasos de su exaltada mamá.

—¡Ya escuche demasiadas barbaridades! ¡Voy a arreglar este asunto con El Rey! —se da la vuelta y mira con recriminación al Príncipe, este se detiene frente a ella—, ¡Y por favor, Marcus! ¡Cuando regrese quiero a esa chica fuera, no dañes más la imagen de la familia real! —espeta con los ojos desorbitados y los dientes rechinando.

Seguidamente, da un fuerte portazo que me espanta. Me quedo helada sin saber muy bien si irme o echarme otra siesta. La reacción apresurada del Príncipe me confunde aún más, él se abotona la ropa; y, a su vez, toma unos zapatos del armario y se los pone.

—Vístete —ordena. No me muevo, no es como si estuviera desnuda; pero no quiero salir de mi escondite mientras él está viéndome.

¡Me da mucha pena!

—No puedo hacerlo contigo aquí —murmuro cohibida. Escondo mis mejillas debajo del edredón.

—¿Ahora te avergüenzas? Debiste pensarlo dos veces antes de ponerte mi ropa, ¿No se te ocurrió que alguien podía verte así? —dice enojado.

Tiene razón, era más que obvio que alguna persona entraría a su habitación y me encontraría en esta situación comprometedora. No debí hacerle caso a la criada, si total ella se fue y no se aseguró de que cumpliera su mandato.

—Lo lamento —murmuro afligida—. La mucama me dio esta prenda para que la usara como camisón, debí haberme negado porque sabía que en algún momento tú u otra persona entraría; pero estaba tan cansada que no me preocupe por eso.

Sentado en el mueble frente a la cama, acomodándose el calzado, El Príncipe me escucha con atención. Su mirada crítica me estremece. Por fortuna mi sonrojo está oculto, al igual que mi semidesnudo cuerpo. Si sus ojos azules se posaran en mí, estando así de indecente como estoy, y le imprimiera tanta intensidad como ahora, estoy segura que me desmayaría del bochorno y no podría lidiar con tanta deshonra.

—Olvídalo, ya no podemos hacer nada —me quita la vista y se enjuaga el rostro. Luce atormentado, no pensé que se preocupara tanto por lo que su mamá pueda pensar erróneamente de él—. Estaré afuera, esperándote. Tu vendrás conmigo a aclarar este malentendido —se pone de pie y con la mirada incrustada en la salida, traspasa la puerta.

Estaba segura que me reñiría más. Apenas le explique la razón que me llevo a ponerme su ropa, no presento rabietas y lo dejo pasar. Esto es nuevo para mí, no puedo creer que me no me peleara, ni me dijera que metí la pata. Ni siquiera dijo que soy una inútil. Aceptó mi arrepentimiento y tranquilamente se retiró para que pudiera cambiarme como si el problema que le cause no fuese tan malo. En otras ocasiones, se ha enfurecido por cosas más irrelevantes. Esperaba que se volviera una fiera conmigo; pero ha estado tan sereno que me ha asustado más que cuando se pone loco.

Definitivamente sufre de bipolaridad.