Librería
Español
Capítulos
Ajuste

Capítulo 4

Capítulo 4

Fuego.

Cenizas.

Oscuridad.

Arena.

Calor.

Era lo único que sentía y veía.

Escuchó una voz a lo lejos pronunciar su nombre.

¡Elizabeth!

Elizabeth, por favor, despierta.

La oscuridad se la volvió a tragar.

Abrió los ojos con dificultad, no podía distinguir nada, solo veía imágenes difusas a su alrededor. Su mirada se centró en una luz en cielo, no porque fuese hermosa, sino porque le encandilaba la vista.

—¿Dónde estoy? —Elizabeth se encontraba algo mareada. No podía recordar que había sucedido, ni en qué lugar estaba.

—¡Elizabeth! Gracias a los dioses que despertaste.

Miró a ambos lados buscando al dueño de la voz. Mark se acercaba a ella, tenía el rostro estaba pálido y su mirada cubierta por una expresión de preocupación.

—¿Qué pasó? ¿Por qué estoy en mi cama? —Elizabeth estaba asustada. No recordaba haber subido a la alcoba.

—¿No lo recuerdas? —la mirada de la pelinegra le dio la respuesta. —Veo que no; hablábamos acerca de la tumba de Nefertiri, de repente te pusiste muy pálida y te desmayaste.

Elizabeth empezó a recordar. Los colores desaparecieron de su rostro.

—Lizzie... ¿Estás bien? Te has puesto muy pálida de nuevo.

—Si... Estoy... Bien. —se riño internamente por dejar que su voz titubeara.

—Creo que deberíamos posponer lo que teníamos planeado para hoy.

Liz se levantó, aunque lo hizo demasiado rápido y se tambaleó un poco, pero supo disimularlo.

—Claro que no lo dejáramos para otro día. —agradeció que su voz fuera firme.

—¿Estás segura? Deberías descansar.

—Completamente. Iremos al Museo. —respondió tangente.

—Debería negarme, pero como sé que terminaras haciendo lo que tú quieres, mejor vamos y así puedo vigilar lo que haces. —dijo Mark con simpleza. Un sonrojo cubrió el rostro de Elizabeth.

Quizás si era un poco voluntariosa.

La primera impresión que le dio el Museo a Elizabeth fue que parecía una antigua casa inglesa... Una de la época victoriana.

Era una estructura de dos pisos, de ladrillos rojos y ventanas amplias. La puerta de la entrada era de madera y el barniz le daba un color marrón. Tenía un hermoso jardín cubierto de césped (aunque este ya se veía algo seco). Unas cortinas de satén sobresalían a través de las ventanas y la parte del techo estaba formada por un cristal de vidrio.

Luego de que se sintiera repuesta, Mark había pedido un taxi para que los llevará hasta allí. Disfrutó mucho el breve paseo, las calles y las casas egipcias eran simplemente alucinantes. Elizabeth esperaba tener mucho tiempo para recorrerlas.

Un hombre de edad avanzada los recibió.

—Buenos días Philip, vengo a hacer una visita. —dijo Mark.

Philip asintió y les permitió la entrada.

El interior del lugar era mucho más impresionante que el exterior.

Cientos y miles de tesoros egipcios adornaban la sala. Elizabeth miró el techo que estaba formado por una cúpula de vidrio desde donde se podía visualizar el hermoso cielo azul y el sol que brillaba espléndido sobre sus cabezas, como el rey que se alza para sus súbditos.

Las paredes (de color marrón) estaban cubiertas por un centenar de pinturas que dejaban a Elizabeth sin habla. En el centro de la habitación había una escalera que se dividía en dos al llegar a la parte superior, indicando el ala este y oeste del Museo.

—Por el lado derecho se llega a la sala de los tesoros más antiguos, en ella también se encuentra una pequeña biblioteca. —le susurró Mark al oído.

—¿Qué hay del lado izquierdo? —Su acompañante se encogió de hombros.

—No lo sé, no está abierta al público. —respondió indiferente.

Elizabeth asintió y no hizo más preguntas.

Subieron por las escaleras y se dirigieron al lado derecho.

—Quiero que veas la pintura de Nefertiri, es una de las más antiguas. —le comentó.

Al llegar a la sala pudo observar que era más pequeña que la principal, pero poseía un aire místico que la otra no tenía.

—¿Ese es el libro de los muertos? —preguntó señalando el volumen.

Mark asintió emocionado.

Elizabeth se acercó a la vitrina que contenía el objeto.

Su boca se secó por los nervios, cualquiera que se apreciará de ser un buen arqueólogo conocía la leyenda de aquel libro capaz de resucitar a los que habían pasado a la otra vida.

—Dicen que Anubis se lo obsequió a la esposa de Osiris para que lo resucitara. Siempre creí que solo era un mito. —dijo estupefacta.

—Ya ves que no Lizzie. —dijo Mark. En el rostro del hombre apareció una expresión extraña, tan fugaz que no tuvo tiempo de descifrar qué era.

—¿Crees que pueda verlo más de cerca? —preguntó insegura.

Mark negó.

—En otra ocasión. Ahora vinimos por otra cosa. —la tomó del brazo conduciéndola a otro espacio del Museo.

Lo que vio la dejó estática. El rostro de una mujer muy parecida a ella le devolvía la mirada desde el otro lado de la habitación. Por un instante pensó que volvería a desmayarse sin más.

—Esta es Nefertiri. —el tono de voz de Mark era elocuente, ceremonioso. El típico tono de alguien que respetan lo que hacía y la historia que había detrás de ello.

Elizabeth se acercó a la pintura. Sus dedos picaban de anticipación.

—Se parece a mí. —el pensamiento salió de sus labios antes de que pudiese detenerlo. Mark miró la pintura, escrutando la cara. Sus ojos pasaban de Nefertiri a ella.

—Si tienen algunas cosas en común, pero no son tan parecidas.

Liz miró a la antigua princesa. Mark estaba en lo cierto, solo tenían unas cuantas similitudes. Los ojos del retrato eran más pequeños, y de color marrón. Su boca era más grande, y su nariz más perfilada, los pómulos de la princesa eran más marcados. Y su cabello era más corto.

Las diferencias entre ambas eran obvias, sin embargo, Elizabeth la veía, y no podía dejar de pensar que eran como dos gotas de agua.

Su vista se posó en el cuello de Nefertiri. El collar de Ankh colgaba de él.

—Al parecer ella era la guardiana del collar, por eso creemos que es la llave para encontrarse, y abrir su sarcófago. —la voz de Mark la asustó, había olvidado que estaba allí.

—Creo que es mejor que nos vamos, no me siento bien. —se excusó Liz.

Mark asintió.

—No diré que te lo dije, pero te lo dije. Debías descansar.

Elizabeth lo ignoró, y se fue en dirección de las escaleras.

Un sentimiento extraño se había instalado en su pecho.

Una sensación de vacío, como si le oprimieran el corazón.

Al salir del Museo soltó un suspiro. Ni siquiera sabía que estaba conteniendo el aire. Tenía que controlar mejor sus emociones, sino se vería en serios problemas. Pero es que todo era tan extraño, sentía que su cerebro explotaría en cualquier momento. No podían existir tantas causalidades. Además, había una pregunta que le rondaba desde que había salido de Londres.

¿Qué tenía ella que ver en todo esto?

¿Por qué ese collar la seguía a donde fuese que fuera?

¿Para torturarla?

¿Desesperarla?

¿Martirizarla?

Una mano la tomó del hombro, haciendo que se volteara. Mark la había seguido hacia la salida, al verla salir tan desesperada.

—¿Qué te sucede?, ¿Por qué saliste así? —su voz denotaba seriedad, pero al ver sus ojos Elizabeth solo pudo ver preocupación por ella. Liz trato de calmar su pulso, se movió el pelo hacía atrás con la mano y esbozo una sonrisa calmada.

—Estoy perfecta, pero me sentía un poco sofocada ahí dentro, por eso salí. —dijo. Mark la miró detenidamente—Bueno, entonces deberíamos irnos.

—Si, ¿Cuánto tiempo es desde aquí hasta la zona de investigación? —preguntó como si nada.

Mark la miró con los ojos abiertos como platos. No podía creer lo que oía.

—Debes estar bromeando.

Elizabeth le sonrió con inocencia. No era muy dada a hacer bromas.

El camino hacia las ruinas fue muy incómodo, el auto se estancaba constantemente en la arena, por lo que tuvieron que parar muchas veces. Cuando por fin llegaron a su destino, el sol ya estaba en lo más alto del cielo, lo cual quería decir que ya era medio día, y habían salido antes de las nueve de la mañana.

La zona de expedición se encontraba en medio del desierto. Eran una docena de carpas, de donde salían varias personas. Había huecos de excavación muy profundos, con poleas que sostenían a las personas que entrarán dentro de ellos. Mark la llevo a una de las carpas, que de vista parecía ser la más grande de todas. Elizabeth agradecía ya estar bajo un techo, pues el sol estaba empezando a molestarle. Dentro el ambiente era completamente diferente. Parecía una estación de radio lo suficientemente moderna para el siglo veintiuno.

Un hombre de cabello rubio cenizo se encontraba sentado en una silla con la vista puesta en unos papeles que estaban esparcidos sobre la mesa. Al sentirlos llegar levantó la vista, y Elizabeth pudo apreciarlo mejor, era más joven que Mark, pero no por muchos años.

La sonrisa que le lanzó a Mark al verlo, la hizo sonreír a ella también. Era contagiosa.

—Mark Vivanovik. Es un placer volver a verte.

La voz del desconocido era áspera y gruesa, como si no estuviese acostumbrado a hablar mucho. Elizabeth vió por el rabillo del ojo, como la expresión del rostro de Mark denotaba sorpresa, al parecer ambos se conocían.

—Peter Uganda, viejo amigo. —Mark se acercó al hombre y le dio un gran abrazo. Cuando se separaron Peter se fijó en ella.

—¿María? —le preguntó confundido.

Liz lo miro extrañada, no entendía lo que sucedía.

—Peter, ella no es María. Es su hija, Elizabeth. —dijo Mark pendiendo una mano sobre su hombro.

—Elizabeth.... Por Dios, que grande estás. La última vez que te vi, tenías cinco años.

—Disculpe, pero, ¿Cómo me conoce?

—Lizzie, Peter fue muy amigo de tu madre. De hecho, estudiaron juntos en la Universidad. —explicó Mark.

Elizabeth asintió comprendiendo.

—¿Qué haces aquí Peter?, ¿Cuándo llegaste?

—Hace unos días Mark.

—Bueno, entonces trabajaremos todos juntos, Lizzie también participará en la expedición.

—Qué bueno, espero que hayas heredado el talento de tu madre para los misterios. —le dijo Peter guiñándole un ojo.

—No soy yo quien deba juzgarlo. —le respondió con una sonrisa ladeada. Peter soltó una carcajada.

—Sera un placer trabajar con usted Señorita.

—¿Qué tal si les muestro en lo que hemos trabajado? —se ofreció Mark.

Ambos asintieron. Tenían ganas de empezar su trabajo.

Mark se fue hacía uno de los archiveros que había en la carpa. Sacó unos documentos y los repartió encima de una mesa.

—Bien, como ya le había comentado a Lizzie. Creemos que la tumba de Nefertiri se encuentra aquí en Tebas, debido a que fue una de las ciudades que visitó la princesa. Ahora, necesitamos encontrar primero el collar de Ankh para poder abrir el sarcófago.

Elizabeth frunció el ceño.

—Pienso que es poco probable que la tumba se encuentre aquí. Lo que creo, es que se encuentra en Ajmin.

Ambos hombros la miraron con confusión, pero fue Mark el que respondió.

—Ya revisamos ese lugar, no había nada Lizzie —dijo con una sonrisa indulgente, como si estuviese acostumbrado a corregir los errores de los demás.

—Te recuerdo, que Ajmin es una ciudad antigua. Qué fue construida sobre los cimientos de otra.

Peter se veía muy sorprendido.

—Ansher... Pero, esa ciudad está perdida, a mil metros bajo tierra de Ajmin. —dijo dudoso. Elizabeth le dio la razón.

—Si, y por eso es el lugar idóneo para buscar.

Mark la miró como si le hubiese salido un tercer ojo, pero antes de que pudiese responder alguien entró en la carpa interrumpiéndolo. Un joven de unos veinticinco años. De cabello castaño como el chocolate, tez bronceada y ojos negros como el carbón. Su rostro estaba cubierto por una barba incipiente, de unos pocos días, y por una sonrisa divertida, pero a la vez amable.

—Disculpen, no quise molestar, pero profesor Peter, ¿puedo hablar con usted?

Elizabeth se volteó inmediatamente, conocía esa voz, de hecho, esperaba no tener que volver a escucharla jamás en su vida. La expresión en el rostro del joven se endureció, aunque sus ojos reflejaban sorpresa. No esperaba verla ahí.

—¿Tú? —dijeron ambos al mismo tiempo.

Al parecer el universo estaba completamente en contra de ella.

Pues de todas las personas, de todos los hombres, en todo el universo...

¿Tenía que toparse específicamente con él?

Seguro había hecho algo muy malo en otra vida, y lo continuaba pagando, porque de otra manera no podía explicar cómo era que tenía tan mala suerte.

—¿Qué haces aquí? —volvieron a preguntar los dos al mismo tiempo.

Definitivamente debía a empezar a pensar mejor lo que deseaba.

Descarga la aplicación ahora para recibir recompensas
Escanea el código QR para descargar la aplicación Hinovel.