
Sinopsis
«Lo que se escribe en la arena se lo lleva el viento, pero lo que se talla en una piedra perdura para siempre». Elizabeth Twoys vive una vida solitaria, sus padres murieron hace muchos años, y solo cuenta con su mejor amiga, Carmen. Una llamada de un viejo conocido la hará volver a Egipto, el hogar de su familia y el suyo propio. Misterios y secretos rodean toda su historia familiar. ¿Podrá Elizabeth descubrirlos todos? ¿Podrá soportar la verdad detrás del símbolo de Ankh?
Prefacio
El Cairo, Egipto. Año 550 A.C
El sol caía por el oeste, los tonos naranja y amarillo se mezclaban con el ambiente del suave atardecer que cubría el paisaje desértico de la ciudad del Cairo, Egipto.
Una silueta corría en medio de ese arenoso lugar, mientras más se acercaba a una de las dunas se podía vislumbrar su contorno curvilíneo, propio de una chica. Nefertiri trotaba por la tierna y ardiente arena, sus pies, llenos de ampollas, adoloridos y cansados quemaban como las llamas del infierno; su pecho subía y bajaba entrecortadamente; su corazón latía mas rápido de lo normal debido al esfuerzo que conllevaba mantenerse en pie después de tantas horas.
El cabello negro como la noche se le adhería a su fino rostro a causa del sudor que lo impregnaba. Por su apariencia física se podía deducir que apenas podía con su espíritu, pero al mirar sus ojos, sus grandes ojos negros que se asemejaban a la oscuridad misma, era posible apreciar en ellos un brillo particular, que demostraba fiereza, valentía y determinación.
Sin duda la mirada de alguien que pertenecía a la realeza.
Nefertiri subió hasta la cima de una duna, observo el panorama del desierto como quien se despide de un hijo que deja su hogar. Se deslizo por esta y aterrizo en el suelo firme.
A pesar del evidente agotamiento que de ella emanaba, no pudo evitar que en sus labios se formara una deslumbrante sonrisa de alegría al observar la construcción que se alzaba majestuosa a unos metros de donde se encontraba.
De sus secos y sedientos labios brotaron palabras que para ella eran como escuchar la melodía más hermosa del mundo, pues al pronunciarlas se volvían más reales.
"Templo de Anubis".
Una felicidad infinita la embargo al pensar que pronto estaría a salvo, era tan grande su dicha, que se olvidó por un minuto del lugar donde se encontraba y del peligro que corría.
"Gran Error".
No pudo avanzar mucho antes de escuchar los cascos de los caballos de sus enemigos acercarse.
En tan solo unos segundos se encontró rodeada por al menos una docena de soldados imperiales.
Los ojos de Nefertiri viajaron con rapidez de un lado a otro, analizando el ambiente que la rodeaba y a sus enemigos, buscando una manera de poder escapar.
Su cerebro ya había distintas maneras de abrirse camino entre todos ellos, cuando uno de los caballos avanzo; el enorme corcel era de un marrón rojizo que contrastaba con el paisaje, el jinete que lo montaba se bajó la capucha color papiro que portaba, dejando al descubierto el rostro de la última persona en el mundo con la que Neferiri hubiese deseado encontrarse.
El rostro de un traidor.
-"Abasí" -el nombre salió de sus labios con un profundo desprecio.
-"Majestad" -respondió este en un tono burlón.
Era un hombre guapo a pesar de estar entre los 40 y 50 años, poseía una piel aceitunada, característica de los hombres de su pueblo, cabello castaño y ojos del color del chocolate fundido, su sonrisa era blanca como las nubes. Todo en él te hacía pensar que te encontrabas en presencia de un dios majestuoso, a excepción de la cruel y a la vez victoriosa expresión que adornaba su rostro.
-"Hemos estado buscándola por todo el desierto princesa, desde que asesino a su padre para hurtar esa joya" -dijo señalando la bolsa donde ella escondía el collar de Anhk. Este era una de las mayores posiciones que tenía el reino, según las leyendas que el padre de Nefertiri le contaba cuando era niña, les había sido otorgado a su pueblo por los mismísimos dioses hacía muchos años atrás.
Y según su madre (quien había muerto cuando tenía 7 años), poseía un inmenso poder, que solo le seria revelado a aquel que lograra ganarse el favor de los dioses.
El rostro de Nefetiri se volvió rojo como la sangre, y ardía como las zarzas al quemarse de pura indignación.
¿Cómo se atrevía a inventar tal blasfemia después de lo que había hecho?
¿Cómo se atrevía siquiera a mencionar el nombre de su padre?
-Maldito bastardo -susurro. Una furia imprudente se apodero de ella, sus ojos estaban encendidos a causa de la ira contenida. -¡Tú lo asesinaste, tu mataste a mi padre, maldito traidor! ¡Lo traicionaste para quedarte con esto! -grito para luego sacar el collar mostrándolo a todos.
Vio la victoria brillar en los ojos de Abasí, eso era justo lo que quería que ella hiciera, provocarla, martirizarla y demostrarle a todo el mundo que él estaba en lo correcto.
Nefertiri lo miro con odio; él siempre había envidiado a su padre, siempre había querido todo lo que el faraón poseía.
La ambición se reflejaba en su mirada.
Abasí sonrió, y con voz firme ordeno a los soldados.
-"Vieron, se los dije ella mato a nuestro líder, a nuestro rey, a nuestro faraón. ¿Y todo por qué? Por dinero, por gloria, por poder...Atrápenla".
Toda la guardia real se lanzó a por ella, cumpliendo la orden dictada, así que Nefertiri tuvo que actuar rápido, tomó un pequeño frasco de su bolso que contenía un líquido del color del alquitrán, y lo dejo caer al suelo creando una capa de humo que le permitiría retrasar a sus perseguidores.
El humo cubriría sus huellas y le daría tiempo para correr lo más lejos posible, el humo le daría tiempo de huir; pero no más de unos segundos.
En medio del escándalo y la confusión volvió con prontitud a la duna que había bajado antes, abrió un hueco en la arena y enterró el collar, cubriéndolo hasta taparlo completamente.
-¡Oigan!... ¿Quieren esto? Pues vayan por el -grito lanzando su bolso a las lejanías. Abasí le dedicó una mirada cargada de desdén, pero ambos sabían que su prioridad no era ella. Lo escucho darles una orden a sus hombres, y estos dieron la vuelta en busca de la reliquia.
Un suspiro brotó de los labios de la princesa de Egipto. Eso no los detendría por mucho, así que tenía que poner en marcha su plan. Apretó con el último frasco que le quedaba, lo destapo y esbozó una triste sonrisa triste al observar el atardecer, pues sería la última vez que lo vería. El solo estaba por caer, y el paisaje se oscurecía.
"Los dioses me acompañan, aprueban mi decisión" Ese pensamiento le dio fuerzas. Miro el último rayo de luz que existía, levanto su mano y se llevó el frasco a los labios. El líquido quemo toda su garganta, dejando un sabor amargo en su boca.
-Adiós mi amado Egipto, volveré, y cuando lo haga mi venganza será implacable -dijo con el rostro cubierto de lágrimas.
Se tendió en la arena.
Cerró sus ojos, sumiéndose en una enorme oscuridad, de la que probablemente jamás despertaría. Con ella y su padre muertos, la verdad moría con ellos.
