Capítulo 4
Me coloco la mochila en la espalda y me muevo de mala gana para cruzar el ágora, pero mis ojos son atraídos por la máquina expendedora en la esquina de la entrada del bar de la escuela.
Contemplo la idea de acompañar la larga subida hasta el tercer piso con un relajante té caliente, pero llegaría más tarde y tendría matemáticas a primera hora. Por otro lado, sin embargo, el profesor nunca es puntual y siempre llega quince minutos tarde.
Me encojo de hombros y me dirijo a la máquina, al diablo con las matemáticas.
Ya llego tarde... ¿llegarán otros tres minutos de retraso?
Llego a la máquina con aparente calma y veo las diversas bebidas calientes que ofrece la máquina.
¿Por qué tomar una bebida caliente si hace calor afuera? Haga cola para las preguntas que nunca han tenido una respuesta sensata.
- Té caliente.. - susurro para mis adentros, como si hubiera descubierto el agua caliente.
Asiento con la cabeza y sacando algo de cambio de mi cartera, pongo euros para conseguir el té que cuesta céntimos.
Agrego la mayor cantidad de azúcar posible y espero a que salga el té, mientras tanto guardo mi billetera en mi mochila y me concentro en seguir con mis ojos las líneas negras que me muestran en qué punto se dispensa el té.
Miro fijamente, casi en pánico, el desplazamiento de los guiones y cuando la barra se vuelve completamente negra, suspiro de alivio.
No hubo problemas técnicos como el año pasado, cuando esperé durante todo el recreo a que un técnico abriera la máquina y arreglara el equipo. Siempre todo para mí.
Agarro lentamente el borde del vaso con una mano para no quemarme y espero a que la máquina me devuelva el cambio, pero no se cae nada.
Y te parecía que todo iba a salir bien...
Golpeo el suelo con el pie con anticipación, pero todavía nada.
Vamos... Date prisa... ¡Llego tarde! Tuve que correr al tercer piso y no perder el tiempo tomando este estúpido té, ¡maldita sea!
Empiezo a agitar la máquina con la mano libre pero nada.
Oh vamos...sigo sacudiéndola más agitada, pero nada de nada.
Suspiro nerviosamente y liberando toda la tensión de apenas el comienzo del día, empiezo a patear más o menos la máquina con la esperanza de poder lograr algo, ¡pero nada!
¡Gimo de frustración, haciendo muecas, maldita máquina devoradora de restos!
Estoy a punto de darle una última patada, solo para lastimarla nuevamente, pero de repente escucho una voz masculina que dice – Así que verás que la rompes –
Me doy la vuelta con miedo con el té en la mano, y sin pensar mucho, le tiro todo el líquido hirviendo en la cara al chico que está detrás de mí para defenderme.
¿De qué? No lo sé, pregúntale a mi estúpida mente.
Inmediatamente pongo cara de arrepentimiento y me tomo un par de segundos para darme cuenta del daño que acabo de hacer. No sé qué diablos me pasó.
- ¡ Mierda! - grita el extraño, retrocediendo de repente.
Le doy un vistazo rápido para entender quién podría ser, y mis ojos se abren para ver que es un buen tipo, un tipo realmente agradable. Observo su alta estatura, más o menos de seis pies de altura, con tez ámbar, cabello rizado, ojos color chocolate y una boca carnosa y rosada que se adorna con una cuidada barba oscura.
Lleva una camisa blanca ajustada que resalta la forma de sus músculos e imponentes hombros, un pantalón negro que parece de alta costura y zapatos brillantes en sus pies, ¿quién diablos es él?
Yo también doy un paso atrás, poniendo la mayor distancia posible entre los dos, pero él avanza con severidad y suelta molesto – ¿Te vas a quedar quieto o puedes darme un pañuelo para limpiarme? -
- Amablemente - añade al final para ser cortés, pero en vano porque lo escupe con pura arrogancia.
Inmediatamente busco en los bolsillos de mi mochila y, agradeciendo al cielo por haber puesto un paquete de pañuelos, le entrego el paquete completo.
Me lo arrebata de las manos y tomando un pañuelo, bruscamente arroja el paquete de nuevo a mis manos - Con uno es suficiente. -
- Lo siento – susurro, agarrando mi mochila, me muero de vergüenza.
- Sí... - murmura con arrogancia, sin siquiera mirarme mientras se limpia la camisa.
Vuelvo a guardar el paquete en mi bolsillo y volviendo a ponerme la mochila en los hombros murmuro mortificada - No quise lastimarte -
- ¿ Lastimame? Casi me quemas la cara, o mejor dicho, quitemos el casi - continúa humillándome.
- Yo no... - qué puedo decir, aparte de postrarme a sus pies pidiendo perdón.
- ¿Puedo arreglarlo de alguna manera? - Pregunto finalmente sin saber que más hacer o decir.
Él me mira molesto, pero luego se detiene a observar mi rostro y levanta una ceja pensativamente - En realidad, sí - afirma, dándome alivio.
- Dime, estoy tan...mortificada. Es que me asusté y… - digo torturándome las uñas con ansiedad. - No te preocupes – me interrumpe, acercándose lentamente a mí hasta pasar mi espacio vital.
Inmediatamente lo miro, sorprendida por la cercanía, pero me quedo quieta incluso cuando acerca su boca a mi oído y susurra con voz ronca - Para que nos perdones, podríamos conocernos mejor doblando la esquina, ¿qué? ¿Dices, muñequita? -
- ¿Qué opinas, muñequita? - resuena en mi mente como un disco rayado.
Parpadeo varias veces y lo miro con incredulidad, esperando de todo corazón haber entendido mal.
Sigo mirándolo paralizado, pero todo parece real, de hecho levanta la comisura de su boca con picardía y se lame los labios anticipando ya la victoria.
Así que no es producto de mi imaginación, este imbécil me propuso un rapidito en la esquina del bar. Contengo un ataque de vómito.
Apuesto a que sabe que tiene una cara bonita y que puede conseguir lo que quiere, cuando quiere. Es una pena que hoy le haya ido mal.
- Qué digo... - murmuro, casi para mí, dándole una sonrisa tensa.
No tiene idea de lo que le espera.
