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CAPITULO 1: EL ROCE QUE DESATÓ LA TORMENTA 2/3

Sus labios, que momentos antes me habían parecido tan suaves, se tensaron en una fina línea. Antes de que pudiera siquiera parpadear, su mano se estampó contra mi mejilla con una fuerza que me hizo girar la cabeza. El golpe resonó en el silencio que se había creado entre el sonido de las olas y la música que aún, aunque ahora lejana, resonaba en mis audífonos. El ardor en mi mejilla era casi tan intenso como el pánico que me recorría el cuerpo. Maldición. Me había abofeteado. Y con ganas.

Estaba sentado en la arena, arrastrándome torpemente hacia atrás para crear algo de espacio entre nosotros, intentando procesar el caos que acababa de ocurrir. Ya estamos bien, Jason, me repetía mentalmente, intentando calmar los nervios que me recorrían el cuerpo. Pero no, nada estaba bien. Ella seguía ahí, tumbada en la arena, con una expresión que prometía tormenta. Me incorporé de un salto, sintiéndome culpable y terriblemente torpe.

—Lo siento… de verdad, lo siento mucho —balbuceé, extendiendo una mano hacia ella para ayudarla a levantarse.

Ella me fulminó con la mirada y, con un movimiento rápido y agresivo, apartó mi mano de un manotazo.

—¡¿Perdón?! ¡¿Eso es todo lo que tienes que decir?! ¡Me has tirado al suelo! —espetó, con la voz cargada de furia. Se levantó de un salto, sacudiéndose la arena del cuerpo.

Intenté explicarme, con las palabras atropellándose en mi boca:

—No, no fue mi intención. De verdad, yo…

Pero antes de que pudiera terminar la frase, mientras gesticulaba torpemente con las manos para intentar explicar mi involuntaria torpeza, mi brazo, en un movimiento desafortunado, rozó… otra vez. Esta vez, el contacto fue aún más… comprometedor. Rozó sus pechos. Un silencio sepulcral se instaló entre nosotros, roto solo por el sonido de las olas. El pánico me invadió por completo.

—¡Pero qué te pasa, idiota! —gritó ella, con la cara roja de ira. Me empujó con fuerza, haciéndome retroceder un par de pasos.

—¡No! ¡Espera! No fue a propósito, te lo juro. Yo… yo solo intentaba… —tartamudeé, sintiendo el sudor frío recorrer mi frente. Estaba entrando en un estado de nerviosismo que nunca antes había experimentado.

La situación se estaba saliendo completamente de control. Su mirada era una mezcla de furia e incredulidad. Antes de que pudiera procesar lo que estaba sucediendo, su mano se alzó y me abofeteó con fuerza, otra vez. Esta vez, el golpe me tomó completamente desprevenido.

—¡Eres un… un… pervertido! —gritó, con la voz temblando de rabia.

La acusación me hirió profundamente. La furia, que antes solo sentía ella, comenzó a crecer también en mí. Me sentía humillado, incomprendido, furioso. Sin pensarlo, con la adrenalina corriendo por mis venas, le devolví la bofetada. El silencio volvió a reinar, pero esta vez era un silencio aún más denso, cargado de tensión y hostilidad. La había golpeado. Yo, que nunca en mi vida había levantado una mano a una mujer, la había golpeado. El pánico se transformó en horror.

Antes de que pudiera siquiera articular una disculpa coherente, antes de que pudiera entender del todo la magnitud de lo que acababa de pasar, antes de que el peso de la vergüenza y la decepción conmigo mismo me hundiera por completo, escuché una voz familiar, llena de indignación:

—¡¿Qué demonios está pasando aquí?!

Mi mente era un torbellino. Esto no puede estar pasando. Sentía la mirada de Alicia clavada en mí, una mirada que antes me transmitía cariño y ahora solo reflejaba incredulidad y… ¿decepción? Me sentía avergonzado, furioso conmigo mismo por haber reaccionado así, por haber perdido el control de esa manera. Y, sobre todo, me sentía terriblemente culpable. Había arruinado las vacaciones. Las nuestras vacaciones. Todo por un estúpido accidente, por una serie de desafortunados… roces. Tartamudeé, intentando explicarme, pero las palabras se negaban a salir.

—Yo… yo… no… es que… yo… —balbuceé, sintiendo un nudo en la garganta.

Justo en ese instante, otra voz se sumó al creciente caos. Era Eduardo, que llegaba corriendo, con el ceño fruncido y una expresión de desconcierto. Y detrás de él, mi hermana Alejandra, con su novio, observando la escena con curiosidad.

—¿Qué pasa aquí? ¿Qué son estos gritos? —preguntó Eduardo, deteniéndose frente a nosotros.

Mi hermana Alejandra, con una mezcla de preocupación y confusión en el rostro, se acercó a mí.

—Jason, ¿estás bien? ¿Qué pasó?

Antes de que pudiera responder, la chica con la que había tenido el… incidente se adelantó, señalándome con el dedo acusador.

—¡Este tipo me agredió! ¡Me tiró al suelo, me manoseó cuando intenté levantarme y, encima, me acaba de pegar! ¡Es un asqueroso!

Mi hermana Alejandra frunció el ceño, mirando de la chica a mí con creciente confusión. Eduardo, por su parte, me miraba con incredulidad. Sabían que yo jamás haría algo así.

Alicia, con la furia reflejada en el rostro, se interpuso entre nosotros, protegiéndome con su cuerpo.

—¡Eso no es cierto! —espetó a la chica. —Jason jamás haría algo así. Lo conozco. ¡Lo vi! ¡Tú lo abofeteaste primero sin ninguna razón!

La chica soltó una risita sarcástica.

—¿Sin razón? ¡Me tocó! ¡Me empujó! ¡Me volvió a pegar cuando le pedí explicaciones! ¡Como si fuera poca cosa que casi me disloca un hombro por su culpa!

Alicia la miró con desprecio. Había visto perfectamente cómo la chica me había abofeteado sin que yo hiciera nada para merecerlo. Y ahora, esta… esta desconocida, se atrevía a mentir y a exagerar la situación.

—No te creo. Vi perfectamente lo que pasó. Te tropezaste, fue un accidente. Y después lo abofeteaste sin provocación. ¡No te hagas la víctima!

La chica se cruzó de brazos, con una sonrisa burlona.

—Ay, pobrecito. ¿Lo vas a defender? ¿Es tu noviecito? Pues que aprenda a controlar sus manos, porque a mí no me vuelve a tocar un pelo.

Sentí la sangre hervirme. La humillación era insoportable. No solo había arruinado mis vacaciones, sino que ahora esta… esta mujer me estaba difamando delante de mis amigos y mi hermana. La mirada de incredulidad de Eduardo y la de decepción mezclada con preocupación de mi hermana me quemaban por dentro. Alicia, con la mandíbula apretada, estaba a punto de explotar.

—Mira, yo… —comenzó Alicia, intentando mantener la compostura, aunque su voz temblaba de indignación—. Sé que esto ha sido un malentendido, y te ofrezco una disculpa en nombre de Jason. Él es… torpe, sí, pero jamás haría algo así a propósito. ¿Qué te parece si te invito a algo para que…

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