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Capítulo 1

Enzo

Volver a las competiciones después de la pausa es el orgasmo más alucinante que uno puede sentir en la vida. Ya ha quedado atrás la mitad de la temporada, así como el parón veraniego. La mayor parte de mis vacaciones la pasé en mi casa en Mónaco. Las calles familiares siempre me llenan de energía y motivación. Mi casa me recuerda sobre de dónde he venido y en qué me he convertido. Allí es donde puedo respirar con tranquilidad y permitirme disfrutar de mis logros. Y el mejor piloto de Fórmula 1 los tiene bastantes. Más de cuarenta premios (y eso solo por primer lugar) lo justifican. Pero el premio principal, el más esperado, lo recibí en la temporada anterior al ganar el Gran Premio final, cuando me convertí en el Campeón del Mundo.

¡Oh, sí! Hasta hoy no me he cansado de aceptar felicitaciones. Aún más, pienso repetir el éxito del año pasado. Y todo va en esta dirección porque gané la mayor parte de carreras en la primera parte de la temporada. Estoy seguro de que la segunda temporada no será una excepción. ¿Seré demasiado presumido y narcisista? Que sea así, pero yo… me lo merezco. Ser así, recibir todo esto. El camino de Enzo Sherro, en contra de la opinión de los haters, fue complicado… no, fue una jodida mierda.

Después de empezar mi carrera y pasar por todos los círculos del infierno de la Fórmula, por fin conseguí entrar en F1. Fue hace cinco años. Un gran triunfo para un chaval con ambiciones más altas que él mismo. Pero tuve una mala suerte, es que firmé el contrato con un equipo de imbéciles. Durante largos años estuvieron ralentizando mi potencial y secando mis esperanzas. La decepción se convirtió en mi sombra, nada menos. Pero hace medio año todo cambió cuando Porsche me ofreció el contrato. Aunque el equipo es alemán, lo acepté sin pensar. ¿Cuál es el problema? Digamos… un monegasco en el equipo de Porsche no es lo que estaban esperando sus más aficionados. La similitud de patriotismo no jugó a mi favor, teniendo en cuenta que el equipo tenía una excelente alternativa en la persona de Isaac Scott, un alemán nativo. Pero la oportunidad me la dieron a mí, ¡y la aproveché al máximo!

Me importaban una mierda las constantes broncas, me concentré en mi meta. Claro que al ganar la temporada pasada me convertí en favorito del público y el descontento de los fans se calmó. De hecho, era predecible. Así que ya durante medio año llevo una vida de ensueño. Joder, realmente estoy aquí. A mis veintiséis años. Lo conseguí. Tengo un buen equipo, un compañero genial, el mejor monoplaza, me aman los fans… ¡SOY EL CAMPEÓN!

Por primera vez estoy tranquilo y seguro en la pista. Por primera vez me puedo permitir disfrutar realmente de las carreras. Por primera vez persigo el título de campeón con seguridad de que lo lograré. Después de tantos años… creedme, ¡es una sensación de puta madre!

El primer Gran Premio después de la pausa tiene lugar en Austria. Mañana es la carrera, y hoy es la calificación tradicional. Pienso conseguir la pole position, si mi compañero, claro, no me adelanta en una pelea justa. Por cierto, mi compañero…

—¿Dónde está Lanzo? —le pregunto a mi jefe poniéndome el pasamontañas—. No lo he visto hoy.

Sí, los nombres Enzo y Lanzo están en tal consonancia que los creadores de memes sobre F1 alucinan. Pero hay algo decisivo en ello. Este chaval se convirtió no solo en un compañero mío, sino… en mi mejor amigo. Seamos honestos, es mi único amigo. Hay poca gente en este mundo que considero aceptable. Lanzo lo es. Sí, su nivel de aceptabilidad está por encima de la media. Sonrío al darme cuenta de que echo de menos a ese bobo.

—Se está preparando —contesta Gert, el director del equipo—. Saldrá justo después de ti. Una cosa más… —Me estoy poniendo el casco—. La pole position hoy es tuya.

Me aprieta el hombro y me quedo flipando con su declaración.

—Lo decidirá la pista —me opongo yo.

No me gusta esa afirmación porque significa que no se considera pole position para Lanzo. ¿Qué carajo es? Sí, nos siguen recordando la unidad, pero nunca está prohibido competir. Y yo nunca habría asentido. ¿Por qué coño Lanzo tiene que cederme su lugar?

—Cambio de estrategia —añade secamente—. Lanzo lo sabe.

Estoy seguro de que está feliz. Tengo tantas ganas de rugírselo a la cara del director sarcásticamente, pero me contengo. La estrategia no es algo en lo que tengo derecho al voto. Pero estoy flipando de que me avisen unos ratos antes de salir. Vale, ya me ocuparé de ello más tarde.

Solo asiento con la cabeza y me acerco al monoplaza. Me siento, abrocho el cinturón y cierro la visera. Quedan apenas unos instantes antes de la salida. El equipo monta el primer juego de neumáticos. Quito todos los pensamientos innecesarios de mi cabeza y siento un agradable hormigueo en el cuerpo, provocado por el motor. La adrenalina recorre mis venas cuando salgo del box. En menos de dos segundos acelero hasta 100km/hora. Sí, bebé, ¡eres preciosa! Hostias, ¡esa niña de hierro fue creada para mí!

Estoy ganando velocidad, paso junto a las gradas llenas de aficionados. Un par de equipos ya han salido también. El aire cálido dentro del monoplaza está calentando mi cuerpo, está alimentando la adrenalina como un combustible. No puedo contener la risa al entrar en la primera curva cerrada. El coche está comportándose increíblemente. Maldita sea, ¡me está obedeciendo como si pudiera leer mi mente!

El monoplaza es mi segundo cuerpo; la pista, toda mi vida; y la velocidad, mi única adicción.

Estoy disfrutando del proceso, haciendo de cada circuito el mejor. Es la clave de la calificación. Los pilotos no compiten entre sí en un sentido tradicional. Cada uno hace tantos circuitos como quiera, y según el resultado del mejor (por tiempo), aparece en la tabla de posiciones en su lugar. En orden establecido por la calificación comenzaremos la carrera mañana. Obviamente yo iré primero. Pero Lanzo también tenía oportunidad, es un oponente digno. Es el único a quien puedo ceder mi posición. ¿Cuándo? Siempre. Porque sus logros son mis logros. No solo porque estamos en el mismo equipo, sino también porque somos amigos.

Aquí está ese hijo de puta. Entro en el segundo circuito y veo el monoplaza negro con inserciones rojas y negras. Son colores de nuestro equipo. Me alineo con Lanzo en la pista y me detengo unos instantes para saludarlo sin palabras, pero lo entenderá. Siempre actuamos así antes de hacer un pequeño show en la pista. Hay que darles algo de intriga a los comentadores. Pero esta vez tenemos otra… maldita estrategia. ¿En serio? Hasta ahora siento ese picor de indignación…

Vale.

Salgo adelante antes de que el jefe se alarme. No me gustaría mandarlo a la mierda en directo porque la radio que vincula al equipo con el piloto la oyen todos los telespectadores. Conduzco unos circuitos más antes de entrar en pit-stop. Me cambian los neumáticos y comunican que ya he hecho mi mejor circuito. Con la excusa de establecer un récord, salgo para la segunda etapa, pero en realidad quiero ayudar a Lanzo. Sigue quinto en la tabla. No me suena a él; hay que apurarlo antes del nuevo circuito.

Es lo que hago cortando el aire delante de su monoplaza. La física de aerodinámica es tal que ahora podrá acelerar sin obstáculos hasta 300 km/h mucho más rápido. Dale, tío, ¡hazlo! Pero…

Coño.

Es como si no hubiera entendido el chiste. Ni siquiera aprovechó mi ayuda. ¿Está tarado?

Con ira y sensación de mala espina agarro el volante más fuerte de lo necesario. ¡Tengo la sensación de que me quieren esconder los detalles de la puta estrategia! ¿¿Tengo razón?? Solo es que… soy piloto, y no un estratega, ¡pero no soy tonto! ¿Qué mierda de estrategia es esta, llegar a la puta meta con no sé qué resultado? ¿O de esta manera el departamento de relaciones públicas de Porsche quiere conseguir unos artículos llamativos? No hay palabras… ¡¿Y Lanzo de verdad aceptó algo así?!

Dejo el monoplaza cerca del podio y voy corriendo al box maldiciendo. Me quito el casco mientras estoy buscando al jefe.

—¿Qué pasó, Gert? —me reprimo todo lo que puedo porque el box está lleno de cámaras.

—Felicidades, la pole position es tuya —me da palmaditas en el hombro como si yo fuera un escolar. Por enésima vez.

Echo un ojo a la tabla de posiciones. Lanzo consiguió hacer su cuarto circuito el mejor. Al menos algo. Sin embargo, esto sigue siendo una mierda. Mi amigo entra en el box y mientras está saliendo del monoplaza, yo estoy perforando al director con una mirada furiosa. Ahora estoy completamente seguro — me han informado solo una parte de la estrategia. ¿Qué demonios es esto en mitad de la temporada?

Yo no pienso rendirme.

—Voy a preguntarle a Lanzo.

Mi compañero no lo callará. Solo es que… Lanzo me sorprende también. Se escapa del box y se adentra en el edificio. ¿Qué coño está pasando? ¿Adónde va? Ni siquiera me ha dado la mano, estoy flipando con todo esto…

—¡Enzo! —me llama Gert—. ¡Te esperan los de la prensa!

Lo descarto y persigo a Lanzo. Me quito el pasamontañas de la cara sudorosa, me paso los dedos por el pelo mojado mientras salgo del box y me dirijo al pasillo.

—¡Enzo! —El director nos sigue como mamá gallina.

Dios mío, tendría que cuidar su sobrepeso y la edad.

—¡Lanzo! —le vuelvo a gritar a mi amigo, quien ya ha girado la esquina más cercana. ¿Estará huyendo de mí?

Es un espectáculo. Y no me hace ni puta gracia. Acelero mis pasos y alcanzo al chaval que aún no ha logrado quitarse el casco. Le aprieto el hombro en marcha y lo vuelvo bruscamente hacia mí.

—¿Te has vuelto sordo? —gruño disgustado.

Nos congelamos los dos.

Él, porque le estoy sujetando. Y yo porque… no es Lanzo en absoluto.

La visera del casco está subida y yo puedo ver los ojos color menta con un matiz gris semitransparente. Puede ser que sea un efecto de lentes. Pero ¿qué coño más da si no son los ojos de mi amigo? Es más, no son ojos de un hombre. Bajo las pestañas espesas y bien rizadas me mira… una chica.

Nos alcanza el jefe, quien ya se ha quedado sin aliento. Llega a tiempo para ver la culminación de nuestro encuentro.

—¿Quién coño eres?

Suelto su hombro. El corazón me está palpitando, la cabeza está hecha un lío. Ella me mira boquiabierta y sin parpadear unos segundos, después mira nerviosa a Gert, joder, Müller. Se agarra el pecho y entre jadeos pone fin a mi de felicidad despejada:

—Enzo, es tu nueva compañera…

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