Recuperar lo nuestro
Gael respiraba con dificultad mientras se masajeaba las muñecas marcadas por las ataduras. La rabia le hervía por dentro, su propio hermano se había atrevido a encerrarlo como un maldito perro.
Eduardo caminó lentamente por el calabozo, todavía con el arma en la mano.
—Te advertí que Adriano no era alguien en quien pudieras confiar —murmuró con frialdad.
Gael levantó la mirada, furioso.
—Me encerró como a un maldito animal… por ella.
Eduardo soltó una risa baja.
—No. Lo hizo porque cree que puede quitarte todo… como siempre.
Las palabras golpearon directo el orgullo de Gael.
Apretó la mandíbula.
—Isabella iba a ser mía.
—Y todavía puede serlo —respondió Eduardo—. Pero para eso necesitas dejar de actuar como un niño herido, y empezar actuar como un hombre.
Gael se puso de pie lentamente.
—¿Qué sugieres?
Eduardo sonrió apenas.
—Primero… recuperar lo que es nuestro.
Salieron del calabozo mientras los hombres de Adriano evitaban siquiera mirarlos. Nadie se atrevía a detenerlos.
Minutos después, ya dentro de una de las camionetas negras, Gael encendió un cigarrillo con las manos todavía temblando de rabia.
—Voy a matarlo —murmuró.
Eduardo giró el rostro hacia él.
—No todavía.
Gael frunció el ceño.
—¿Entonces qué?
Eduardo acomodó su saco con calma.
—Primero vamos a destruir todo lo que le pertenece.
Hizo una pausa breve.
—Negocios… hombres… poder.
Luego lo miró fijamente.
—Y al final… le quitaremos a Isabella.
Los ojos de Gael se oscurecieron, y una sonrisa lenta apareció en sus labios.
—Perfecto.
Mientras tanto, en el hotel…
Isabella seguía encerrada en la habitación contigua, caminando de un lado a otro, todavía afectada por todo lo que había pasado.
Pero entonces la puerta se abrió lentamente.
Ella se tensó de inmediato al ver entrar a Adriano.
Él llevaba la venda en la cabeza, la camisa ligeramente abierta y esa expresión fría que comenzaba a ponerla nerviosa.
Adriano cerró la puerta detrás de él sin apartar la mirada.
—Así que… —murmuró con calma—. ¿Ya terminaste de intentar matarme?
Isabella tragó saliva.
—Yo pensé que…
—¿Que estabas libre de mí? —la interrumpió.
Adriano caminó lentamente hacia ella.
—Lamento decepcionarte, cariño… pero esto apenas comienza.
Isabella retrocedió apenas lo vio acercarse hacia ella.
El corazón le golpeaba con fuerza contra el pecho, todavía incapaz de borrar de su mente la imagen de Adriano tirado en el suelo, cubierto de sangre.
Pero él estaba ahí.
De pie.
Mirándola como si nada hubiera pasado.
Adriano caminó lentamente hacia ella, hasta quedar frente a frente. Luego le tomó el brazo con firmeza.
—Vamos.
Isabella abrió los ojos de inmediato.
—¿A dónde?
Una sonrisa lenta apareció en los labios de Adriano.
—A nuestro pequeño nido de amor.
—Suéltame —espetó ella, intentando apartarse.
Adriano inclinó apenas la cabeza, observándola con calma.
—No me obligues a perder la poca paciencia que me queda, Isabella.
Ella volvió a intentar soltarse, pero él no cedió.
Entonces Adriano giró apenas el rostro e hizo una pequeña seña con la mano.
Luca entendió al instante.
Se acercó y tomó a Isabella del brazo con fuerza, demasiada.
—¡Me estás lastimando! —protestó ella.
La mandíbula de Adriano se tensó de inmediato. Sus ojos se clavaron en Luca.
No hizo falta decir nada.
Luca soltó apenas la presión de sus dedos.
—Lo siento, señora —murmuró con frialdad.
Sin agregar más, comenzaron a caminar por el pasillo.
Minutos después subieron al vehículo. Luca tomó el volante mientras Adriano se acomodaba al lado de Isabella.
Ella lo miró de reojo, fulminándolo con la mirada.
Adriano sonrió apenas.
—No me mires así, cariño… podrías herir mis sentimientos.
Isabella apartó la mirada con rabia.
—Ojalá la lámpara te hubiera dejado sin habla.
La sonrisa de Adriano se amplió apenas.
—Y aun así aquí estoy.
El trayecto continuó en silencio hasta que finalmente las enormes puertas de la mansión Vercelli aparecieron frente a ellos.
La camioneta se detuvo.
Luca apagó el motor, pero antes de bajar habló.
—Señor… antes de ingresar, es mi deber informarle algo. El señor Eduardo estuvo en la mansión.
Adriano alzó una ceja.
—¿Y qué quería mi amado padre?
Luca giró apenas el rostro hacia él.
—El señor Eduardo vino a la mansión… y se llevó al señor Gael.
Una sonrisa peligrosa apareció en el rostro de Adriano.
Mientras tanto, Isabella sintió cómo el miedo le recorría lentamente el cuerpo.
Adriano soltó una leve risa por lo bajo y recargó la espalda contra el asiento.
—Así que mi padre y mi hermanito están de nuevo juntos… vaya, vaya. —Su sonrisa se volvió más oscura mientras desviaba lentamente la mirada hacia Isabella—. Qué conmovedor reencuentro familiar.
Luego abrió la puerta del vehículo y bajó con total tranquilidad. Al rodear la camioneta, se detuvo frente a ella y le extendió la mano con una falsa caballerosidad.
—Vamos, cariño… ya estamos en casa.
