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Capítulo 11

POV DE NIKOLAI

Ya imaginaba que los sardos no se rendirían tan fácilmente.

Llevamos unas dos horas y media en este restaurante y siguen repitiendo lo mismo: quieren quedarse con el quince por ciento de las ganancias de mi local.

Me pregunto por qué son tan estúpidos.

Les he dicho que no un millón de veces, pero fingen no oírme o no entenderme y esto de verdad me cabrea.

—Señor Volkov, es justo que el quince por ciento de los beneficios de sus establecimientos sean nuestros —me dice uno de los cinco sardos presentes aquí en la mesa.

Viste un traje marrón y una corbata roja.

Debo decir que su sentido del gusto es una mierda.

Y pensar que hubiera esperado un poco más de elegancia de ellos, ya que los italianos siguen siendo los que mejor entienden de moda.

—¿Y por qué te los daría mi hermano?

Mi hermano Kirill interviene.

—Porque tus locales están en nuestro territorio. También debería agradecernos que no le pedimos el cincuenta por ciento. Incluso si se lo hubiéramos propuesto, hubiera sido inútil, porque habría terminado en una guerra sangrienta, ya que los rusos parecen considerar la guerra la única solución a cualquier problema. Estoy seguro de que esta vez estarás de acuerdo y nos los darás, lo quieras o no —responde ese imbécil.

Realmente no quieren entender que lo que es mío seguirá siendo mío.

Como por ahora mis hermanos se encargan de ello, miro a mi alrededor y una mesa a lo lejos llama mi atención.

Tres hermosas chicas están sentadas a su alrededor.

Dos de ellas se ríen como locas mientras que la del medio parece pensativa y triste, aunque, aquí y allá, intenta reír.

La miro con mucha atención de pies a cabeza y tengo que decir que lo primero que me llamó la atención fue que no se comporta como otras chicas que parecen mimadas.

Su vestimenta, aunque muy elegante, es sencilla.

No parece uno de esos vestidos que usan las putas, demasiado abiertos, cortos y muy suntuosos.

Su maquillaje es muy sencillo, su pelo largo recogido en una cola de caballo es precioso.

Una imagen de inmediato abruma mi mente.

La imagino frente a mí, agachada, mientras la follo mientras agarro con fuerza su preciosa melena castaña, larga, suave y sedosa.

Toda la habitación se sumergió en sus melodiosos gemidos.

Una voz me saca de mis pensamientos eróticos.

—Hermano, ¿está todo bien? —pregunta Anton, algo preocupado.

—Hazme un favor —respondo, acercándome a su oído.

—Detrás de ti, a las once, hay una mesa con tres chicas —le indico con un movimiento de cabeza.

Lo veo girarse levemente hacia la mesa y mirarme con una leve sonrisa pícara.

—Estamos aquí por trabajo y ¿tú estás pensando en follarte a una chica? —me pregunta, divertido.

—Kirill y tú tenéis que invitar a bailar a las dos rubias, para dejar tranquila a la morenita —le respondo mientras empieza a contarle todo a Kirill.

Veo a este último girarse hacia las chicas y volverse hacia mí con una sonrisa en el rostro, asintiendo después con la cabeza.

Poco después los veo levantarse y dirigirse hacia las chicas.

Los veo hablar un momento con las dos rubias y después acompañarlas al centro del salón para bailar.

Miro la cara de mi dulce gatito entre confundida y aterrorizada.

La pobre no tiene la menor idea de lo que le va a pasar.

Me llamó la atención desde el primer instante en que la vi; podría haberme quedado observándola durante una eternidad.

Me perdí en sus iris marrones y sus labios carnosos.

Sólo mirarlos me daban ganas de besarlos y morderlos tanto que sangraban.

¡Mierda!

Sólo pensar en ello me hace sentir como si se me estuviera poniendo duro y me duele muchísimo.

Necesito calmarme, no puedo levantarme de la mesa con un lindo paquete hinchado.

—Esta será la última vez que escucharéis mi respuesta y tendréis que escucharme con mucha atención, porque no lo repetiré una segunda vez —le digo con voz decidida y autoritaria, mirándolos con furia.

—Mi respuesta ha sido y seguirá siendo no. No comparto lo que es mío con nadie y mucho menos con vosotros —concluyo. Los veo levantarse de la mesa, entre aterrados y furiosos, mientras yo me dirijo hacia mi pequeña e indefensa princesa.

No veo la hora de descubrir cómo reaccionará cuando me mire a los ojos. Todo el mundo tiembla con solo oír mi nombre; verme en persona suele ser peor.

Lo descubriré muy pronto.

La veo perdida en sus pensamientos, con una copa de vino blanco en la mano mientras mira a sus amigos junto a mis hermanos.

Me coloco detrás de ella, acercándome a su oreja izquierda.

Al instante la veo tensarse.

Sabía que tendría este efecto en ella.

—Buenas noches, princesa. ¿Qué haces aquí, sola? —le susurro.

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