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Rechazada por el Alfa, embarazada de cuatrillizos

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Sinopsis

Veinte millones de dólares entraron en mi cuenta a las 9:00 de la mañana. A las 9:03, ya no era la Luna de Silver Ridge. Mi compañero me rechazó por carta certificada. Ni siquiera la firmó él. Creía que se estaba quitando de encima un error.

Capítulo 1

Veinte millones de dólares entraron en mi cuenta a las 9:00 de la mañana.

A las 9:03, ya no era la Luna de Silver Ridge.

Mi compañero me rechazó por carta certificada. Ni siquiera la firmó él.

Creía que se estaba quitando de encima un error.

No sabía que yo llevaba dentro a cuatro de sus cachorros.

Firmé. Cogí el dinero. Huí.

Tres días después, todas las revistas de cambiantes del país abrían con el mismo titular: «UN ALFA MULTIMILLONARIO DA CAZA A SU LUNA FUGITIVA… Y A SUS 20 MILLONES».

…

Cuarenta minutos antes de que llegara la carta, yo estaba tumbada en una camilla cubierta de papel, con gel frío en la barriga, viendo cómo a la doctora se le ponía una cara muy rara.

Movió el transductor. Lo inclinó. Lo volvió a mover. Comprobó la pantalla dos veces.

—Luna Thorne —dijo con cautela—, esto es… poco habitual.

Cerré las manos en puños.

—¿Pasa algo malo?

—No. Malo no. —Soltó el aire—. Hay cuatro sacos. Cuatro latidos.

La habitación se ladeó.

—¿Cuatro?

—Cuatro —confirmó—. Cuatrillizos. En trescientos años de registros de la manada solo constan seis partos de cuatrillizos Alfa. Los seis se convirtieron en leyenda.

No oí nada más.

Me llamo Wren Ashford. Hace once meses me emparejaron con Kade Thorne —Alfa de Silver Ridge, consejero delegado de Thorne Holdings, el lobo más temido de Norteamérica— en una ceremonia que, en realidad, no fue más que una fusión empresarial con mejores flores.

Fue un emparejamiento por contrato. La empresa de mi familia necesitaba sus rutas territoriales. Su padre necesitaba una Luna de linaje limpio, voz suave y cero ambición.

Yo encajaba en el perfil a la perfección.

En once meses habría visto a mi compañero unas cuarenta noches. Siempre estaba en Zúrich, siempre en una sesión del Consejo, siempre subido a un avión. Su padre, Garrick Thorne, me trataba como una partida contable: un activo que todavía no había producido un heredero.

Y ahora yo llevaba cuatro.

Para una familia normal, eso es motivo para descorchar champán.

Para los Thorne, era moneda de cambio.

Seguía en el aparcamiento de la clínica cuando me vibró el móvil.

Un correo. Del jefe de la asesoría jurídica de la manada.

«Luna Thorne: en virtud de la cláusula 7.3 de su contrato de emparejamiento, se ha ejecutado la disposición de indemnización. Esta mañana, a las 09:00, se han transferido veinte millones de dólares a su cuenta personal. Se adjunta el Rito de Rechazo firmado por el Alfa Thorne. En cuanto usted lo refrende con su firma, el vínculo quedará formalmente disuelto. Le deseamos lo mejor».

Lo leí tres veces bajo el sol implacable de Montana.

Rechazada.

Indemnizada.

Con efecto inmediato.

Y entonces —que Dios me perdone— me eché a reír.

Porque había pasado once meses aprendiendo a ser un mueble más en aquella casa. Y en un solo párrafo, un abogado al que no conocía de nada acababa de liberarme… y encima de pagármelo.

Cuatro cachorros. Veinte millones de dólares. Un océano esperándome a un par de estados de distancia.

Llamé a mi abogado.

—Soy yo. Contéstales.

—¿Que les conteste qué?

—Pregúntales por qué han tardado tanto.

Silencio.

—Wren. ¿Lo dices en serio?

—Completamente.

Diez minutos después llegó la respuesta: «Los documentos se entregarán en la finca de Silver Ridge mañana a las diez para la firma definitiva».

Doblé la foto de la ecografía, la metí en el bolso y apoyé la palma de la mano sobre el vientre.

—Nos vamos al mar —susurré—. A una casa con ventanas. A una vida que nadie más va a someter a votación.

El vínculo en mi pecho dio un latido lento y confuso, como hacía siempre que él estaba lejos y algo en su interior se daba cuenta.

Lo ignoré.

A las 9:59 de la mañana siguiente sonó el timbre.

Mi abogado estaba junto al mensajero de la manada, sudando a mares.

—Wren, por lo menos léete las condiciones…

—No hace falta.

Pasé directamente a la última página y firmé sin detenerme ni un segundo.

Después, una única pregunta:

—¿El dinero está libre?

—Libre. Intocable. Es todo tuyo.

—Perfecto.

Dejé las joyas de la Luna en sus estuches de terciopelo. Dejé todos los vestidos de gala. Dejé la tarjeta negra sobre el tocador con una sola nota.

«El PIN es tu cumpleaños. Nunca la usé».

Luego cogí la única maleta con la que había llegado y salí de una casa de noventa habitaciones.

No miré atrás.

Adiós, Luna Thorne.

Hola, Wren.

Llegué hasta el aeropuerto antes de que el vínculo se tensara de golpe entre mis costillas —fuerte, repentino, buscándome—, como si algo al otro lado acabara de despertar y se hubiera dado cuenta de que me había ido.