Capítulo cinco: en la oficina parte dos
Alexandro no lograba encender mi ser, pero quería acción, necesitaba un poco de calor para poder olvidarme por completo del señor Müller. Me acerqué a él, sabiendo de pies a cabeza que, si no empezaba yo el acto, aquí no sucedería nada.
—Eres un hombre grande —le dije, mis manos acariciaron su pecho por encima de su camisa —muy alto —el asintió, empezando a reaccionar bajo mi tacto. Su mano cayó sobre mi muslo moviéndola de forma lenta, haciéndome tambalear por unos segundos —hace mucho calor ¿no crees? —elevé mi ceja, quería verme sensual ante él. Necesitaba saber si una mujer como yo, podría comerse al mundo —mucho… ah… calor —levanté mi trasero hasta lograr posicionarlo sobre el escritorio, me deslicé hasta el fondo —tanto… ah… uff… mucho calor —abrí mis piernas con descaro a la espera de recibir un premio o algo por el estilo. Me urgía ser poseída.
—No podemos hacer ruido —masculló despacio, su voz temblaba delatando el deseo que lo embargaba.
—Prometo ser silenciosa.
Y era absurdo que le prometiera algo, cuando las puertas eran transparentes y cualquiera que saliera del ascensor nos vería tocándonos sin límites. Pero tal vez, a eso se refería el señor Müller, el sexo es mejor cuando es prohibido, peligroso y salvaje.
Se lanzó sobre mí, tomándome entre sus brazos al mismo tiempo que sus labios me saboreaban sin piedad. Agonizando por dentro, con juegos artificiales rodeándome el cuerpo, me dejé llevar por él. Me excitaba la idea de ser descubierta por mi jefe. Tanto que deseaba que eso sucediera, deseaba que mi jefe me viera. Imaginar su expresión dura volverse en asombro y luego, solo tal vez, en excitación.
Sus manos se apoderaron de mi cuerpo, danzando por mis piernas y caderas, pellizcándolas con ímpetu. Le ofrecí mi lengua, enganchándola junto a la suya en un beso feroz y lleno de vicio. Tenía miedo, tanto que ya no sabía cómo detenerme. Esta era la clase de aventura que necesitaba, una sin compromisos…
Mis manos cayeron sobre su pecho y poco a poco empecé a desabrochar los botones de su camisa, luego, hundí mis dedos entre el abundante vello varonil. Deseaba mostrarme ante él todo lo perversa que podía llegar a ser. Asi qué, pellizqué sus pezones, algo que lo sorprendió de buena manera.
—Ah —gemí desperada.
El me mordisqueó el labio inferior, incentivando el calor en mi entrepierna, cubrió con sus labios los míos haciéndolos humedecer. Aquello empezaba a ser como un sueño hecho realidad.
Me echó hacia atrás, acomodando mi cuerpo en el frio escritorio de madera. Sin perder tiempo él se deshizo de sus pantalones y de su bóxer color negro. Lo miré dubitativa, esperando que esto no fuera todo el previo, si estaba ardiendo por dentro, pero no lo suficiente para recibirlo aún.
Lo vi sacar un condón de su billetera y colocarlo en su lívido, no entendía cómo podía estar tan listo, si solo nos habíamos dado unos cuantos besos y unas pocas caricias, aun así, lo dejé continuar a la expectativa de que tal vez, solo tal vez, la situación podría ponerse mucho mejor.
Miré una última vez hacia las puertas del ascensor, estas continuaban cerradas, pero no por mucho tiempo y esa idea, continuaba excitándome aún más, aunque eso, me costara mi trabajo.
Alexandro inició su camino subiéndome la falda más arriba de las caderas, para luego, continuar desabrochándome la camisa, botón por botón, bajó lo suficiente el sostén hasta revelar mis pequeñas montañas. Su boca alcanzó el pecho izquierdo, tratando de excitarlo.
Volví a gemir, sin saber que como reaccionar. Me sentía excitada, pero mi calentura disminuía a creces. Con urgencia me ayudó a quitarme la ropa interior, para acabar cayendo suavemente sobre mí. Alexandro poseía una complexión rellenita, lo que me hacía esforzarme al doble a la hora de abrir mis piernas. El hombre se labio los labios, fijando su mirada oscura sobre mí, me hizo estremecer al instante.
—Oh, sí —jadeó él, insertando con dificultad su caliente fierro dentro de mí. Mi cuerpo vibró, al sentir como su grosor luchaba por entrar. Gemí, volviendo a sentir el calor aflorar en todo mi cuerpo.
Sus penetraciones eran duras, rápidas. Hundiéndose hasta el fondo, una, dos, tres y cuatro veces seguidas. Un lamento ahogado escapó de mis labios al notarme llena por Alexandro. Me mantuve quieta unos segundos, disfrutando del elixir de la vida.
—Ahh —gimió él empezando a moverse con más velocidad. Cerraba los ojos y apretaba la mandíbula con fuerza —vamos, Mor, córrete conmigo —sentí mi mundo congelarse, no entendía que sucedía hasta que por fin encontré la respuesta en el rostro de Alexandro. Él había terminado.
—Vaya… —pensé, él hombre estaba agotado y lo notaba en su respiración. Así que, así es tener sexo a mi edad…
Lo aparté de mí con amabilidad, evitando a toda costa su mirada.
No era la aventura que había imaginado, ni mucho menos pensé que el final podía llegar a ser tan deprimente.
—¿Te gustó, Mor? —preguntó Alexandro, sonreía con egocentrismo. No sabía que debía contestarle, en los libros esto nunca sucedía.
—Me encantó —le mentí, empecé a arreglar mi ropa, mirando en dirección al ascensor. Las dudas revoloteaban en mi cabeza, no era experta en el sexo, ni mucho menos en los orgasmos. En cuanto hombres, Alexandro era el segundo hombre que me poseía y al igual que el primero, no había conseguido tener placer ¿acaso yo estaba defectuosa? —fue un poco rápido ¿no?
Arrugó el gesto pensativo —no me pareció así —respondió él.
—Comprendo…fue como un minuto… —susurré, él no me escuchó o al menos fingió no hacerlo.
Terminé de acomodar mi cabello, para girarme inmediatamente a recoger el desastre en el escritorio del jefe.
—Me alegro mucho que esto haya ocurrido, Morgan, pero recuerda somos a-mi-gos, solo compañeros de trabajo.
—Lo sé —espeté.
—Repite conmigo, Morgan, no quiero que tengamos problemas. Se que todo esto fue uff —enarqué la ceja incrédula —pero, no se volverá a repetir, somos solo amigos… A-mi-gos.
—Gracias por hacérmelo recordar, estuve a punto de obsesionarme contigo por este minuto de placer desenfrenado —concluí irónica.
—De nada, preciosa.
