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Capítulo 1

En el apartamento en penumbra, el teléfono rompió el silencio de la noche. A Alina se le aceleró el pulso al oír la voz de su compañera de piso, Maya, desde el salón, llamándola por su nombre para avisarle de la llamada. Intrigada, se apresuró al salón, imaginando ya quién podría llamarla.

—¿Quién es? —preguntó, confundida.

—Es tu madre —respondió Maya, entregándole el teléfono desconcertada.

Alina alargó la mano para tomarlo; le temblaron un poco los dedos al llevarse el auricular al oído. Una sensación extraña le encogió el estómago. «Nunca me llama tan tarde, sobre todo un viernes por la noche».

—Hola, mamá. ¿Está todo bien?

Una oleada de pánico y angustia se coló en la voz de su madre al otro lado de la línea.

—Alina, tienes que ir al hospital ahora mismo. Es tu hermano…

Antes de que su madre pudiera terminar la frase, la llamada se cortó bruscamente, dejando a Alina con el corazón desbocado y la mente acelerada.

Maya la miró con preocupación, le temblaba la voz de inquietud.

—Alina, ¿qué pasa? ¿Estás bien?

A Alina se le quebró la voz mientras intentaba entender qué estaba pasando.

—No lo sé.

—Mi mamá… —dijo, asustada.

Alina entró a toda prisa en su habitación, se puso una sudadera con capucha y unas mallas, y se calzó unas zapatillas deportivas. Se movía con una urgencia evidente mientras se preparaba para afrontar cualquier emergencia que hubiera afectado a su familia.

Salió corriendo de su edificio y enseguida paró un taxi.

—Necesito ir al hospital.

Mientras el taxi avanzaba a toda velocidad al hospital, tenía la cabeza llena de pensamientos y miedos. Tamborileaba nerviosamente con los dedos sobre su pierna, rogando encontrar una explicación, algo que la tranquilizara.

Por fin, el taxi frenó bruscamente frente a la entrada del hospital. Pagó la tarifa a toda prisa y salió disparada del vehículo, con el corazón desbocado. Se acercó a toda prisa a recepción y, conteniendo la respiración, preguntó:

—Busco a Noah Hayes. Lo trajeron aquí esta noche. ¿Podría decirme en qué habitación está, por favor?

La recepcionista la miró con gesto comprensivo.

—Está en el quirófano. Puede ir a la sala de espera del tercer piso.

Sin pensárselo, Alina casi corrió hacia el ascensor, con el pulso cada vez más rápido. El trayecto hasta el tercer piso se le hizo eterno, y su ansiedad aumentaba mientras esperaba.

Cuando por fin se abrieron las puertas del ascensor, corrió por el pasillo hacia la sala de espera. Los gritos de angustia de su madre la alcanzaron incluso antes de entrar. Sintió un nudo en el estómago y el tiempo pareció detenerse mientras contemplaba la escena: el rostro bañado en lágrimas de su madre, la expresión de dolor de su padre.

—Mamá, papá, ¿qué pasó?

Su voz temblaba mientras se acercaba a ellos, con el corazón encogido al ver sus caras.

Su madre sollozó con más fuerza mientras se agarraba a su padre.

—Noooooo, mi bebé…

Los ojos de su padre, rojos y cansados, se encontraron con los de Alina. Las lágrimas que le corrían por las mejillas revelaron la verdad incluso antes de que su voz temblorosa pudiera confirmarla.

—Lo siento mucho, Alina.

—No, no, no puede ser —dijo con voz quebrada. Pasó corriendo junto a sus padres y entró en la habitación donde yacía el cuerpo sin vida de su hermano, envuelto en sábanas blancas.

Cayó de rodillas junto a la cama, con las manos temblorosas, intentando tocar su cuerpo inmóvil. Todavía lo sentía caliente.

—Noah, no, esto no puede ser real. Despierta, por favor.

Unos brazos fuertes la envolvieron, apartándola de allí. La mirada de Alina se encontró con la de Luca, el mejor amigo de Noah, cuya camisa estaba manchada de sangre de una batalla que ya estaba perdida. Sus lágrimas se mezclaron con las de él mientras la abrazaba, con una voz llena de tristeza y culpa.

—Lo siento mucho, Alina —susurró, con la voz rota de dolor.

Sus gritos resonaban en el pasillo, con el corazón destrozado por una verdad que ya no podía negar. Su hermano se había ido, y ningún dolor podía cambiarlo.

Me sirvo un buen whisky; el líquido ámbar gira dentro del vaso mientras contemplo la fotografía que acabo de sacar del cajón de mi escritorio. La culpa me oprime el pecho, un recordatorio constante del día que lo cambió todo. Hoy hace seis años, el mundo perdió una luz brillante, un alma llena de promesas: mi mejor amigo, Noah.

Los informes oficiales lo calificaron como un crimen pasional, un acto sin sentido cometido en un ataque de celos. Pero esa descripción no alcanza a captar la complejidad del dolor y la ira que aún me invaden. No fueron solo los celos los que empujaron al pistolero; fue un cóctel tóxico de drogas, rabia mal canalizada e intenciones retorcidas. La vida de Noah fue arrebatada por una mentira, una red de mentiras creada por una chica desesperada que buscaba escapar de su relación abusiva. Afirmó haber estado conmigo, una invención para alejar a su novio. Trágicamente, esa mentira resultó fatal.

La bala que iba dirigida a mí terminó dando en el corazón de Noah, acabando con su risa, sus sueños y nuestro futuro juntos en un instante. Mientras sostengo su fotografía, casi puedo oír su voz, el sonido de su risa, la calidez de su amistad; todo silenciado por una sola bala, una bala que no solo atravesó su pecho, sino también mi alma. El dolor aún está latente, una herida que se resiste a cicatrizar, una herida que el tiempo no ha logrado curar. Así que me sirvo otro vaso de whisky, esperando que su abrazo ardiente adormezca el dolor, aunque sea por un momento.

Al contemplar la fotografía, la imagen de Alina cobra vida ante mis ojos. Su radiante sonrisa y sus ojos bondadosos capturan la esencia de la hermosa persona que era. En la imagen, aparece junto a Noah, su hermano mayor y confidente más cercano. Su vínculo era inquebrantable, una conexión que les brindaba alegría y luz a ambos. Noah la adoraba, siendo su protector y guía, mientras que Alina lo admiraba profundamente, mirándolo con cariño y afecto.

El recuerdo de aquella noche fatídica persiste en mi mente, atormentándome como un eco implacable. Tras la muerte de Noah, Alina se puso en contacto conmigo, buscando consuelo en medio de su dolor. Apareció en mi apartamento, el lugar que Noah y yo compartimos. Entre lágrimas, me confesó que no podía soportar su pena sola, que necesitaba a alguien que comprendiera la profundidad de su dolor. Así que nos sentamos juntos, compartiendo historias, lágrimas y recuerdos de Noah. A medida que avanzaba la noche, nuestra tristeza se transformó en un agridulce cóctel de emociones.

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