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Capítulo 3

Al contemplar su último reflejo en el espejo, sonríe, segura de sí misma, radiante y lista para su primer día de universidad.

Isabela guarda cuidadosamente sus cosas en su bolso: el teléfono, la cartera, los auriculares y algunos bolígrafos, y se ajusta la correa del hombro.

Isabela guarda cuidadosamente sus cosas en el bolso: el teléfono, la cartera, los auriculares y algunos bolígrafos. Se ajusta la correa del bolso al hombro, echa un último vistazo a su habitación para asegurarse de que todo esté en orden y sale, cerrando la puerta tras de sí.

Mientras baja las escaleras, el suave eco de sus pasos resuena levemente. Sus ojos se posan inmediatamente en su cuñada y su cuñado, que caminan de la mano hacia la mesa del comedor.

Las mejillas de Camila se sonrojan con una sonrisa tímida, con la mirada baja, mientras Sebastián le susurra algo al oído que la hace reír suavemente.

Al verlos juntos, Isabela sonríe automáticamente. Hay calidez en sus ojos. Para ella, son la pareja ideal: dulces, cariñosos y siempre juntos.

—Hoy es tu primer día de universidad —dice Eduardo mientras sale de la cocina con una bandeja de comida recién preparada.

El aroma a chilaquiles y mantequilla impregna la habitación. Coloca la bandeja sobre la mesa con cuidado, mirando a su hija.

—Sí, papá... y no tengo ganas de ir porque estoy de vacaciones —dice Isabela con cara de cansancio. Se sienta en la silla, apoyando la barbilla en la mano como una niña perezosa.

Su madre inmediatamente la mira con fingida furia, cruzando los brazos sobre el pecho.

—¡No te atrevas a perderte ni un solo día en la universidad! Me volviste loca durante todas las vacaciones. Ahora por fin voy a respirar tranquila. —DicePatricia, levantando las cejas, fingiendo ser estricta.

Sebastián se ríe entre dientes y asiente rápidamente. —Exacto, mamá tiene razón —dice riendo mientras toma un sorbo de su jugo.

—¡Sois todos unos malos! —dice Isabela con un puchero, cogiendo su trozo de chilaquil y mordiéndolo con fuerza como si se estuviera vengando.

Todo el desayuno transcurre entre risas y bromas. Eduardo no deja de servir la comida, Patricia regaña medio en broma y Sebastián y Camila se unen para burlarse de Isabela por la universidad, provocando que ponga los ojos en blanco. La habitación se llena de calidez, amor y un bullicio alegre, como suele ser habitual en las mañanas de la familia Montenegro.

—¡Adiós! —dice Isabela alegremente mientras sale de su casa, ajustándose el bolso y despidiéndose con la mano.

Desde atrás, la voz de Patricia resuena desde el interior de la casa. —¿Llevas dinero? grita en voz alta.

Isabela se gira ligeramente, sonriendo con cariño, y asiente. Sus labios se curvan en una amplia sonrisa antes de marcharse, con el corazón ligero y feliz.

—Sí, mami —dice Isabela en voz baja y besa la mejilla de su madre. Patricia sonríe levemente, sus ojos se llenan de amor. Después, Isabela se da la vuelta y sale de la casa, con su bolso colgado al hombro.

—Ven con nosotros —dice Camila desde el coche, ya sentada junto a Sebastián en el asiento del copiloto. Mira a Isabela a través de la ventanilla abierta, con un tono cálido y cariñoso.

Pero Isabela niega con una leve sonrisa. —Iré en tren. Y también tengo que comprar algunas cosas —responde, ajustándose la correa del bolso.

—¡Vale, ten cuidado! —diceCamila antes de que el coche arranque.

Isabela comienza a caminar hacia la estación, con el rostro sereno y erguido, pasos ligeros pero firmes. El aire matutino de Ciudad de México es cálido y bullicioso: bocinas de coches, motores de autobuses y gente que se apresura al trabajo. Deja escapar un leve suspiro, apartándose el cabello del rostro mientras el viento lo despeina.

La estación está a solo cinco minutos de su casa. Al llegar, hace fila, compra su boleto y comienza a caminar hacia el andén.

Pero cuando su mirada se posa en la multitud que espera el tren, su expresión cambia ligeramente. Sus hombros se encogen y su sonrisa se desvanece por un instante.

—Debería haber ido con mi hermano y mi cuñada —susurrapara sí misma, suspirando suavemente. Sujeta con fuerza su bolso con ambas manos, intentando mantenerlo cerca entre la multitud.

De repente, alguien la golpeó por detrás, haciéndola tambalearse un poco. Jadeó y se giró rápidamente, dispuesta a regañar a quienquiera que fuera.

Pero en el instante en que ve el rostro de la persona, su expresión cambia al instante. Sus ojos se abren de par en par y una amplia y feliz sonrisa se dibuja en sus labios.

—¡Renata! —diceemocionada e inmediatamente abraza con fuerza a su única y mejor amiga, rodeándola con sus brazos.

—¡Nos vimos ayer! —dice Renata, riendo y forcejeando un poco en el fuerte agarre de Isabela, tratando de liberarse.

Isabela ríe y finalmente la suelta, aún con una sonrisa radiante. —¿Qué haces aquí? —pregunta, con un tono lleno de sorpresa y alegría.

—Iba en auto cuando te vi y corrí a la estación para ir contigo —dice, un poco sin aliento, con la voz suave pero llena de emoción.

Isabela sonríe, sus labios se curvan juguetonamente mientras sujeta con fuerza la mano de Renata, sintiendo consuelo en su tacto.

—Sabes que estoy nerviosa sin motivo alguno —dice Isabela, moviendo la mirada de un lado a otro, algo confundida acerca de sus propios sentimientos.

Renata la mira y levanta una ceja. —¿Viniste drogada tan temprano o qué? dice, haciendo que Isabela haga pucheros y muecas en respuesta.

—Tú sí que eres insoportable. Vete al diablo. —dice Isabela, poniendo los ojos en blanco antes de empezar a caminar hacia el tren que llega con un fuerte chirrido.

Ambos se abren paso entre la multitud, luchando por entrar en el tren, chocando con la gente, sus manos rozando las frías manijas de metal y las bolsas que los rodean.

Una vez dentro, finalmente logran permanecer de pie cerca de la puerta, recuperando el aliento.

—¿Qué ha pasado? —pregunta Renata, con un tono de preocupación al notar el rostro pálido de Isabela.

—No lo sé. Me duele mucho el estómago sin motivo aparente —dice Isabela con voz débil, agarrándose a la barandilla con una mano mientras la otra se presiona el estómago.

Pero Isabela no imaginaba que su siguiente paso la acercaría justo a lo que debía evitar.
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