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Capítulo 4: El juego donde siempre gana el ratón

IV

 

 

 

Poco a poco empezaron a llegar cosas a la casa, nuevos muebles, televisores más modernos para las alcobas, y cuadros que ahora vestirían ese lugar tal lúgubre con algo de color. Emma estaba extrañada del cambio de actitud de Steven y deseaba atribuirlo al hecho de su presencia. Tal vez quería el todo poderoso señor que ella estuviese a gusto, después de todo, el tema de que debía salir de ahí no se volvió a tocar.

 

En el recibidor ella supervisaba que los encargados subieran con cuidado las cosas y las pusieran en el sitio indicado, fue cuando también vio a Elliot, que llegaba de hacer algunos muy importantes pendientes en la empresa, por pedido de su hermano. Él dio unos pasos dentro de la mansión y se cruzó con la mirada deseosa de esa mujer, que le sonrió con alegría.

 

—¿Mi hermano ha pedido todo esto? —preguntó el joven sin detener su paso, quitándose el abrigo.

 

—Buenas tarde para ti también, Elliot —espetó Emma—. Sí, Steven lo ha comprado y me pidió que verificara que todo estuviera en orden, eso que miras fue lo último que entró.

 

Emma lo observó, perdiéndose en sus ojos verdosos, en su cabello tan negro y alborotado. Le dio la espalda y comenzó a caminar hacia un pasillo algo solitario que conectaba el salón principal con el jardín. Esperaba que el hombre entendiera el llamado de su potente celo y la siguiera. Por supuesto, Elliot atendió al aullido de esa mujer que estaba loca, que tenía las piernas al descubierto, al igual que su cintura. Ella se detuvo en una puertita que daba a un diminuto cuarto de trebejos, lo había descubierto al fisgonear por la casa. Era un lugar al que nadie entraba en mucho tiempo. Puso su mano en la perilla alargada de esa puerta y otra más grande cubrió la suya, abriendo con desespero.

 

Apenas si la dejó entrar, cuando se le lanzó encima como una pantera atrapándola contra su cuerpo y una pared. Ella dejó que él la besara como se le diera la gana y la tocara por donde quisiera, como esa noche. Elliot, poseído, pero sabiendo que no era el lugar más indicado para tomarla, le bajó su pequeño top dejando uno de sus senos al descubierto, para luego empezar a devorárselo. Emma estaba desesperada, el aroma de su colonia, el de sus cabellos, sus brazos tan fuertes, sus gemidos ahogados, hicieron que sin desearlo ella exhalara uno propio.

 

—¿Qué haces? —susurró el hombre poniendo su mano en la boca de la mujer—. Si nos descubren, todo va a estar muy mal.

 

Ella movió su cabeza de forma afirmativa, sería una buena y silenciosa chica, todo por que él la tomara y la destrozara. A penas alejó su mano, la pequeña prostituta se le lanzó encima para besarlo, no soportaba tenerlo lejos un segundo. Él la atrapó de nuevo, esta vez entre su pecho y sus brazos, queriendo arrancarle la muy poca ropa que llevaba encima. Cuando sintió la urgencia de desabrochase el pantalón pues ya no soportaba la ropa sobre su miembro, escuchó a lo lejos que su hermano mayor lo llamaba.

 

—¡Maldita sea! —exclamó furioso, golpeando una pared. Se alejó de Emma y empezó a respirar despacio para recobrar la compostura. Ella le acarició el cabello, no obstante, Elliot alejó su mano de forma delicada. Si cedía a otra caricia, perdería y entonces estarían en problemas.

 

Abrió la puerta del cuartito y le pidió a ella que se arreglara un poco antes de salir también. Emma, que estaba contra una pared, relamió sus labios, el hombre tragó saliva, suspiró un poco e intentó irse como si nada. La muchachita se quedó ahí, con un seno al descubierto, con el cabello revuelto, los labios hinchados y con el sabor de él en su lengua.

 

Llevó su mano a su propio pecho intentando recordar la sensación de la succión de la boca de Elliot. Se deslizó por la pared, hasta caer al piso, estaba loca, muy loca. En ese momento pensó en Steven, el verdadero objetivo de sus deseos. Él le había encomendado una tarea, y por pensar en satisfacer su lujuria no la cumplió a cabalidad. Sin embargo, no podía controlarse con Elliot al frente, era como un elixir que la enloquecía y del que debía beber siempre que fuera posible.

 

Salió al fin y los vio conversando en el mismo recibidor donde se había topado con Elliot. Ambos la miraron, pero la señorita atendió a los ojos del mayor y le regaló una sonrisa. El que se quedaba sin aquella agradable mirada, sintió un malestar en su pecho y se retiró lo más rápido que pudo, perdiéndose en las escaleras que conducían al segundo piso. Emma odió esa actitud.

 

—No van a llevarse bien nunca ¿verdad? —dijo Steven sonriendo—. Por ahora, gracias por recibir las cosas nuevas, son para mi cuarto y la biblioteca, todo se cae de viejo. Algo más para la sala de estar, aun así, en esta casi nunca hay nadie.

 

—No tendría que ser así, podemos ver una película algún día ahí, comer algo, o leer…

 —respondió ella entusiasta—. Podríamos también poner flores en los pasillos, en el jardín hay un montón que…

 

—Flores no.

 

La tajante y fría respuesta de Steven la asustó un poco. Él la miró y le sonrió mientras le pedía que volvieran al estudio, debían terminar unos documentos. Emma empezó a seguirlo, sintiendo que algo no estaba bien con esa respuesta. Deseaba descubrir todo de ese hombre tan alto, saber por qué tenía tantas marcas en sus brazos y por qué la rechazaba, por qué no podía verla como una mujer a la que pudiera hacerle el amor.

 

Al entrar al lugar, vieron que ni Elliot ni su laptop estaba ahí. Supieron por la amable anciana que les subió la merienda de media tarde, que el joven había decidido trabajar en su alcoba. Steven no le vio problema, no obstante, Emma viró toda la tarde sus ojos a la puerta esperando verlo entrar. No entendía que era esa amarga sensación que tenía en el estómago y creía que al verlo, se aclararía lo que sentía. Pero esos cabellos negros en surcos no asomaron en ese sitio ni una vez.

 

En la noche, vio moverse un auto, supuso que Steven salía de nuevo a sus chequeos médicos, según él, lo hacía en la noche para toparse lo mínimo con la gente. Tenía sentido, él parecía muy delicado de salud. Su sorpresa la sobrepasó cuando vio a Steven subir las escaleras y despedirse de ella, deseándole las buenas noches.

 

—Pensé que eras tú, que te ibas… —dijo ella algo contrariada.

 

—Elliot al parecer tiene una cita, bueno no me dio mayores explicaciones, pero iba muy bien vestido, espero que la pase muy a gusto. Buenas noches Emma.

 

La mujer se quedó estática en el pasillo, viendo a las columnas reflejar su sombra, iluminadas a penas por la luna. Todo en la mansión se quedó en silencio, sobre sus pies descalzos caminó hasta el cuarto de quién estaba ausente y comprobó que él no se encontraba ahí. ¿A dónde podía haber ido? ¿Estaba con otra mujer? ¿Una cita? ¿Acaso ella no era suficiente?

 

 

«Solo tienes valor por tu cuerpo, niña…»

 

 

La tormenta de recuerdos llegó a su ser, esas horribles palabras la golpearon en lo más profundo, otra vez. Caminó alterada, apretando los labios para no echarse a llorar y recordar que ella no pasaría del estatus de mujerzuela. Abrió las puertas de su habitación a la que no había ido en todo el día, y entonces, un pequeño detalle, algo muy vivo en medio de todo tan frío y gris le robó una sonrisa. En su cama de sábanas blancas, entre las dos almohadas, había una rosa muy roja, mucho. Caminó despacio, no pudo imaginar como había llegado esa solitaria y hermosa flor a su cama, que alumbraba toda tristeza.

 

—Steven… —susurró mientras la tomaba en sus manos y la acariciaba con su mejilla. De seguro era su manera de disculparse por haber sido tan rudo con el tema de las flores en la casa.

 

Tomó un vaso alto de la cocina y subió muy rápido de nuevo a su cuarto para poner a esa roja acompañante en agua. La observó mucho tiempo, ese era un detalle que nadie había tenido con ella en años. Volvió su vista a la ventana y como un rayo llegó el recuerdo de Elliot a su cabeza. Él, que solo la veía como un pedazo de carne, de seguro estaba haciendo galanteos a una mujer adornada de costosas joyas, con un precioso vestido de diseñador, de piel perfecta como un durazno, sin una espantosa cicatriz en el cuerpo.

 

Acostada viendo al techo, empezó a rascar con los dedos de su mano derecha la muy fina sábana satinada. Ese tic la caracterizaba siempre que se encontraba ansiosa, desesperada y cansada de todo. No se explicaba por qué le molestaba tanto que su amante furtivo se fuera esa noche Dios sabría a dónde. Ella veía a todos los hombres que pagaban por acostarse con ella, irse sin problemas luego de un baño, y le importaba un comino a dónde pudieran estar luego, no entendía por qué no saber dónde estaba el hermano menor, no la estaba dejando dormir.

 

Sería la una de la madrugada cuando escuchó de nuevo el auto entrar a la mansión. Todo era muy silencioso, solo los grillos charlaban muy alto en el jardín. Escuchó que Elliot subía dando tumbos, de seguro se había pasado con los tragos. Entre abrió su puerta, la habitación del hombre estaba diagonal a la suya y lo vio tomando la perilla para entrar. Ella salió y fue directo a él.

 

—Emma, deberías estar dormida, acá trabajas desde muy temprano —dijo Elliot, lo más bajo que pudo. No entendía la mirada de reclamo de la dama que sin miramientos lo empujó dentro del cuarto, luego cerró la puerta y lo tumbó a la cama en otro brusco golpe. Elliot ni se creía lo que estaba pasando, cuando ella se subió encima suyo y empezó a olfatearle el cabello y el cuello.

 

—No parece que hayas tenido sexo con otra esta noche —susurró ella sentándose de nuevo en su abdomen.

 

—¿Qué dices? —preguntó con sorpresa el que se caía de sueño—. Mira no sé de qué hablas, pero ahora ve a dormir, de verdad estoy cansado. Descansa tú también.

 

La dama no se movió un centímetro de donde estaba, cosa que hizo que el hombre suplicara de nuevo por que se marchara. Al no ser atendido tuvo que moverse para ponerse de pie y abrirle la puerta, esa no sería otra noche de placer.

 

—Ahora esta zorra te da asco, ¿verdad? Porque de seguro pretendes a una buena señorita de sociedad.

 

Elliot suspiró y movió su cabeza alterado, odió con el alma la manera en que ella se estaba tratando. Aún le daba la espalda, ella seguía arriba de la cama, esperando que él cambiara de opinión y estuvieran juntos. No entendía, no comprendía cómo es que la rechazaba si ella le estaba dando su cuerpo gratis.

 

—No digas esas cosas, esta noche no me siento bien, eso es todo. Por favor, ve a dormir.

 

—No me moveré de acá.

 

Elliot ya no supo que decirle, entonces tomó la decisión de ir a una habitación de huéspedes que había al otro lado del pasillo. Antes que saliera de ahí, ella alcanzó a tomarlo por la muñeca, ya había entendido el rechazo, no era necesario que la lastimara más.

 

La expresión triste en los ojos de miel que con la poca y amarillenta luz de la habitación destellaban, lo estaba destrozando. Ella no imaginaba toda la fuerza de voluntad que él estaba usando en cada partícula de su ser para no tomarla en ese mismo momento, para no hacerla suya de nuevo. Sin embargo, esa no era una buena noche, no quería desahogar toda su tristeza en su humanidad, una que lo estaba perturbando más de lo que podía imaginar.

 

Ella salió de ahí y el hombre la siguió con los ojos hasta que la vio entrar a su cuarto. Solo ahí cerró su propia puerta, atorando en su garganta raudales de lágrimas que debía tragar de a pocos. Emma se acostó bajó esa sábanas que no olían a Elliot, miró esa preciosa rosa y sus pensamientos se volcaron a Steven, él único que no la veía solo como una cualquiera.

 

 

 

***

 

 

 

Fin capítulo 4

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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