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Ajuste

9

Me está presionando de verdad.

Como hace siempre.

La última vez que nos peleamos fue hace casi un año, cuando hizo una declaración muy molesta. Me avergoncé de ese acto, pero él me empujó, joder.

Y lo perdí.

Pero esta vez no se lo voy a permitir.

Sigue de pie muy cerca de mí, mirándome de esa forma desafiante.

—Lárgate de mi espacio personal, Junior —le ordené con calma.

No obedeció, sino que permaneció quieto.

—Junior,—

se burló.

Apreté los nudillos, reprimiendo mi ira.

—Creo que has oído lo que he dicho —dijo antes de alejarse de mí y apartar a los guardias de su camino.

Solté un suspiro mientras le veía caminar hacia la mansión. Vi acercarse a Marcela, mi secretario y asistente personal. Saludó a Junior, pero él pasó de largo.

Marcela lo miró interrogante, preguntándose qué le pasaba.

Bueno, ése es mi hijo. Un pequeño granuja arrogante, mimado y muy testarudo.

—Buenos días, señor —saludó Marcela cuando ella se acercó a mí con unos expedientes en las manos. Lleva su traje de trabajo habitual, con falda hasta la rodilla. Lleva este traje todos los días, pero está disponible en distintos colores. Lleva el pelo moreno recogido en una coleta y unas gafas grandes y graciosas.

—Marcela —la saludé cuando se puso a mi lado—.

—He venido con los expedientes como me pediste —dijo, dejando escapar un suspiro y sonriendo después.

Le encanta sonreír. Un rasgo suyo que admiro.

—He cambiado de opinión, Marcela. Vuelvo a la empresa —dije, pasando junto a ella y ella me siguió. Mis guardias también. Sus tacones chasqueantes llenaron mis oídos.

—Pero, señor, ¿qué pasa con el....—?

—Se canceló, Marcela —repliqué, dirigiéndome hacia mi coche.

—Bien, señor, ya que vuelve a la empresa, debo informarle de su agenda para el resto del día.

—Tienes una reunión con la junta, otra con el equipo, una entrevista con Carmen radio, una reunión con....—

—Cancela la entrevista.—Interrumpí.

—¿Señor?

—No quiero ninguna entrevista, Marcela. No aceptes ninguna la próxima vez.— Ordené mientras mi guardia me abría la puerta del asiento trasero del coche.

—Vale, señor, pero tiene que....—

—¿Ya has comido, Marcela? —volví a interrumpirla. .

—¿Señor? No, señor.

—Entonces hazlo. Deja de trabajar más de la cuenta. — Dije mientras hacía una señal con la cabeza a uno de mis chicos y éste cerraba la puerta del coche.

Vi cómo mi guardia le daba algo de dinero a Marcela antes de entrar en el coche.

Mi chófer arrancó el coche y salimos.

Me llamo Esteban León. Consejero delegado del grupo de empresas Dinastía. Soy viudo y padre de un arrogante y testarudo joven de dieciocho años.

Ésta ha sido mi forma habitual de vivir con mi hijo desde que murió mi mujer. El chico es un hueso duro de roer y un grano en el culo sin fin.

Es la razón principal por la que cancelé la maldita entrevista con una empresa de radio. Me acusó de ser la razón de la muerte de su madre justo el día de su funeral. La prensa estaba presente en la ceremonia. Lo recogieron y lo publicaron en la red.

Fue horrible.

Me sentí fatal al verlo en los periódicos y en las noticias.

No hicieron averiguaciones, pero siguieron adelante con historias ridículas sobre mí.

Por eso odiaba a la prensa. Por eso apenas hago entrevistas. Aunque tenga que hacerlo, mi equipo se encarga de ello.

Ese mocoso problemático sabe que yo no maté a su madre. Lo hizo el cáncer.

Sólo tenía que ser el mocoso malcriado que es.

Para empezar, nunca quise casarme con su madre. Mis padres me la impusieron. Nuestro matrimonio fue concertado por una fusión y porque somos del mismo estatus.

Nos casamos y tuvimos a Junior. El chico es mi viva imagen, pero vivimos como enemigos.

No sólo eso, crea problemas allá donde va. Incluso en la escuela. Es una puta peste.

No sé en qué me he equivocado para tener como hijo a un ser así.

Suspirando, sonó mi teléfono. Lo saqué del bolsillo y vi el marcador.

Es mi padre.

La génesis de todos mis problemas.

Cogí la llamada.

—Papá,—

—¿Qué demonios te pasa, Esteban? —me espetó, haciéndome arquear las cejas.

—¿Qué te pasa?

—¿Por qué has vuelto a ponerle las manos encima a Junior?

Me burlé. —¿Perdona?

—Me envió una foto de su cara magullada.

¿Qué demonios?

—Me dijo que se lo habías hecho tú.

—¿Qué?

ISABELA

Dos semanas después

Me removí en la cama, tumbada cómodamente mientras el sueño seguía apoderándose de mí, pero unos pequeños sollozos llenaron la habitación y me quitaron el sueño de los ojos al instante.

Me volví y vi a mi madre junto a mí en la cama. Estaba sentada y tenía la mano en la sien, tapándose los ojos mientras dejaba escapar pequeños sollozos.

—¿Mamá?

Ella moqueó, secándose la cara al instante mientras yo me incorporaba.

—Hola, cariño. Perdona, ¿te he despertado? preguntó sin dejar de limpiarse la cara.

Me acerqué a ella y la cogí del brazo.

Lloriqueó.

—¿Por qué lloras?

—Nada, cariño, vuelve a dormir, por favor. Mañana tienes colegio. Es más de medianoche. Recuerda que mañana es tu primer día —dijo fingiendo una sonrisa mientras se secaba las lágrimas.

Se me apretó el corazón.

Intenta controlar las lágrimas, pero siguen brotando.

Me acerqué y la rodeé con las manos. Apoyé la cabeza en su hombro, sintiendo cómo amenazaba con llorar.

Ella lanzó un suspiro mientras me soltaba la mano y me rodeaba con la suya.

Me rodaron lágrimas por los ojos.

Depositó un beso en mi pelo y lo acarició suavemente.

—Estoy bien, cariño. Todo va bien —dijo, sorbiéndose los mocos.

Sé que no está bien. Lleva así desde que nos fuimos de casa de papá. Ya han pasado dos semanas, pero sigue sin dejar de estar de mal humor y de llorar a cada momento.

Aunque me oculte las lágrimas o me mienta diciendo que está bien, como acaba de hacer, sé que está dolida.

—Tienes que volver a dormir, cariño —dijo, levantándome la barbilla con el dedo e hizo que la mirara.

Arqueó un poco las cejas al ver mis lágrimas.

—¿Por qué lloras, cariño?

Negué con la cabeza, bajando la cabeza mientras la abrazaba más fuerte.

Suspiró. —Lo siento, cariño. No volveré a llorar, ¿vale?

La miré. —¿Me lo prometes?

Asintió con la cabeza. —Te lo prometo, cariño. No volveré a llorar. Toma, túmbate.— Dijo, desenvolviendo mi mano sobre su cuerpo y me ayudó a tumbarme correctamente en la cama.

—Mañana es tu gran día, cariño. No quiero que estés aburrida y somnolienta en clase.— Dijo, soltando una risita.

Me tumbé de lado, moqueando, mientras ella me tapaba con las sábanas.

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