Un toque en la puerta
Hacia donde quiera que mirara todo era un problema.
El entorno de locos que tenía, me hacía la vida imposible a pocas horas de haber tomado el mando de la situación económica familiar.
— Supongo que tiene documentos que mostrarnos con todo lo que ha dicho — sugería Aarón dejando su tenedor sobre la mesa y cruzando los brazos delante su pecho sin apoyar los codos en la mesa, inclinándose hacia adelante.
— Los informes de salida del dinero sí — aseguró Óscar, nuestro contable — pero quién hizo el retiro no lo sabemos.
— ¿Hay alguna forma de averiguarlo? — dije, ganándome la atención de todos y consiguiendo que mi marido me mirara intrigado.
— No lo sé señorita — me respondió bebiendo de su copa de agua.
Aarón colocó su mano sobre mi pierna nuevamente y eso era ak parecer, un gesto muy suyo cuando se encontraba siendo posesivo. Cosa que no terminaba de entender dado lo poco que nos conocíamos y la distancia que trataba de mantener entre los dos.
— No vuelvas a decirle señorita a mi esposa — se molestó Aarón — es señora para tí y para todos.¿Quedó claro?
Se portaba como un patán y los demás le tenían que obedecer, por lo que asintieron y yo lo regañé con la mirada. Se mordió la boca mientras me miraba de vuelta y juraría que me había dado ganas de morderlo yo también.
El resto de la tarde la pasamos entre papeles y demás documentos para ponerlo al tanto de las cosas de las empresas y un poco también, para estar yo misma al día del desempeño de nuestras propiedades.
Fuimos a varias sucursales y muchos se sorprendían de verme allí, como única dueña de todo junto a mi marido.
Marido que no sabían que tenía y marido que muchas se comían con la vista y alguna que otra se lo quería comer a secas.
— Estoy para servirle señor Aarón, cuando quiera — le decía una morena de apariencia sexy pero en demasía, por lo que se veía incluso vulgar y de ser posible hasta grotesca su manera de insinuarse a mi marido.
Aquello fue en medio del lobby de mi empresa. Y justo allí, me sentí arder en celos, no podría nunca explicar por qué.
Sin embargo, no tuve tiempo de decir nada cuando mi marido tomó mi mano, entrelazó nuestros dedos y besando mis nudillos que se llevó hasta su boca junto a los suyos dijo...
— ¿Tú eres...?
Tuve que reprimir una risa, pues entre la cara de estúpida que se le quedó a ella y la pregunta ejemplar que había hecho Aarón, sentí un impulso por soltar una carcajada impresionante y por otro lado, casi le beso ahí mismo por darme mi lugar en dos palabras.
— La secretaria de dirección señor — respondió ella cabizbaja y abochornada.
— Pues a quien deber servirle es a la dirección y el director aún no llega — tiró de mí y me puso delante de el, besando mi cuello y erizandome la piel con su abrazo — nosotros somos los dueños — concretó — a mi esposa a mí solo tienes que convencernos de que vale la pena pagar por tus servicios a nuestro futuro director y nada más. En lo próximo desearía que no vuelvas a sugerir cosas que no hayamos solicitado de tí... ¿Amor? — dijo en mi oído y miré hacia arriba para encontrar su boca en la que perdí mi vista — ¿Tienes algo que decirle a la secretaria de dirección?
Lo miré haciendo un puchero divertido y le seguí el juego, devolviendo mi vista a la chica.
— Un whisky para el señor y un café para mí. Negro y sin azúcar.
Ella asintió molesta y el me giró entre sus brazos y allí, delante de todos y con sus manos en mis caderas susurró en mi boca — ¿Y si te beso ahora que pasa?
Me acerqué a sus labios un poco más y le dije, haciendo que se rozaran — que te muerdo y se nos cae el teatro.
El no pudo reprimir una carcajada y le levantó en brazos como los enamorados que fingiamos ser y se olvidó de mi amenaza.
Me besó sin pensar en todo lo que tuvieron que disimular las personas a nuestro alrededor para no sonrojarse por nuestro inmaduro acto en público.
Sin dejar mi boca me bajó hasta el suelo y continuó hundiendo su lengua entre mis labios y joder, el tío besaba bien y sabía a infierno. Podía sentir como mi cuerpo lo deseaba y yo no hacía nada para negarme sus caricias a mis ganas.
Le mordí el labio duro y trató de no quejarse pero terminó sediendo y devolviéndome la mordida.
— La próxima vez muerdeme más que me gusta tu salvajismo.
Con cuidado ví a varios a nuestro lado sonreírse y escondí mi rostro en su pecho como una enamorada común y el me besó la coronilla disculpándose con todos allí, argumentando que estábamos tan enamorados y recién casados que no podíamos evitar dar muestras de nuestro amor en cualquier escenario.
Saludamos como los dueños que éramos a todos y Aarón supo dar un pequeño y emotivo discurso de presentación para nosotros y despedida con respecto a mi abuelo, antiguo dueño y nos dirigió hasta el ascensor en ella que subiríamos a la oficina principal.
— ¿Vas a besarme en todos los sitios que puedas? — pregunté a solas con él y subiendo hacia nuestro destino en el ascensor — ¿Voy a terminar pensando que te gusto? — el miraba su teléfono de forma indiferente y yo trataba de controlar las sensaciones que aún quedaban en mi piel por sus manos y labios sobre ella.
— No finjo Samantha — dijo marcando algún número en su móvil y sin mirarme. Tenía una capacidad increíble para parecer inmutable — me gustas, ya te lo he dicho, eres bellísima, completamente mía y si puedo besarte de vez en cuando pues no pienso dejar de hacerlo. Incluso podría echarte un buen polvo y dejarte con la pelvis temblando y lo haría una y otra vez sin pensarlo dos veces.
Después de decir aquello y dejarme completamente descolocada y acalorada, descolgó su teléfono y se puso a hablar por el móvil como si antes no hubiera aceptado que le pongo y que no descarta la posibilidad de acostarse conmigo y yo, cada vez que lo miro y veo lo sexy y masculino que es, tengo más ganas de dejarme tomar por él.
Pero no puedo. Solo es un negocio al que el abuelo me ha obligado y es también, un tío en el que no puedo confiar y del que aún no llegó a saber las verdaderas intenciones.
— Estoy esperando que aparezcas y no tengo mucha paciencia, quiero llevar a mi mujer a un sitio — le decía a quien sea que le haya contestado y me miraba el cuerpo entero poniéndome nerviosa y sentía que mis pezones se endurecian dentro de mi ropa que gracias a dios no era posible notarlo desde fuera aunque para mí quedará más que claro.
— De acuerdo. Nos vemos en diez minutos.
Colgó y finalmente llegamos al piso al que íbamos.
Mientras el ascensor se detenía, el acomodaba su traje y su miembro de manera un poco grosera, pero a fin que estaba delante de su mujer no tenía porqué tener medida en no hacerlo.
— ¿Se te ha puesto ...? — le hice un gesto para no decirlo y ni siquiera supe cómo fuí capaz de tener esa confianza y extroversión como para pregúntaselo.
— Sueles ponerme así muñeca — contestó abrumandome con su sinceridad — solo de verte me da ganas de hacerte de todo. No tengo porque negarlo. Me pones. Mucho.
No sé si aquello era una táctica para tirar por tierra mi estrategia de molestarlo con técnicas de seducción cuando ya él estaba declarando que estaba más que seducido o quizás fuera simplemente un tío hiper mega súper sincero y que no tenía un solo pelo en la lengua a la hora de hablar.
No dije nada más porque sentía que tenía las de perder y si en algún momento dejaba que entre los dos comenzaramos a tener ciertas confianza, caería, estaba segura de que lo haría porque él tenía un arte para la conquista que ni siquiera era ensayado.
Había podido ver cómo todas las mujeres que podían, caían a sus pies sin que ni se molestara en mirarlas o hacerles creer que estaba disponible o interesado.
Salimos del ascensor y enseguida me tomó de la mano, me acarició el dedo al que accedía su pulgar y me sentí guiada por él, en mi propia empresa como si ya conociera este sitio. Cosa que no había sucedido en las otras sucursales a las que habíamos ido.
Lo dejé guiarnos por todo el lugar sin dejarle saber mi inquietud y efectivamente pude comprobar que conocía dónde quedaba todo, por allí.
— Tengo la sensación de que has estado aquí antes — le comenté mientras entraba por la puerta del despacho principal y el me daba paso, aguantandola para mí — ¿Me equivoco?
— No te equivocas — nuevamente respondía rápido y directo.
La secretaria por supuesto no estaba pues se supone que estaría preparando mi café, o escupiendo en él.
— Me gustaría que me dieras más detalles de tu anterior visita a la oficina de mi abuelo — caminé hasta la mesa principal y me recosté sobre el cristal, cruzando mis piernas como pude sin perder de vista como sus ojos viajaban por ellas.
— Y a mí me gustaría que se abrieran esas piernas delante de mí boca y saborear lo que encierran.
Ese hombre me tenía loca. Es que todo en él era tan sexual que me hacía desearlo como jamás había deseado a nadie en mi vida.
Era muy caliente y me quemaba cada vez que solo miraba mi cuerpo con ese deseo... Pero eso había que aprovecharlo.
— Puedo hacer que se abran ahora mismo — caminó hasta mí lentamente mirando mi cuerpo — pero eso no significa que dejaría que metieras tu cabeza dentro.
Sonrió peligrosamente y se acercó tanto que puso sus manos a los lados de mis caderas y dejó mis piernas cerradas entre las suyas abiertas.
Lo tomé de la camisa y fingí que le acomodaba el cuello perdiéndome en sus ojos.
Olió mi cuello y pasó su nariz por la parte de mi garganta y me dejé. Quería provocarlo y estaba más bien provocándome a mi misma.
Deslicé mis manos por sus hombros y la parte superior de su espalda, sintiendo como deslizaba su lengua por mi barbilla y subiendo hasta mi boca, se detuvo delante de mis labios y nos miramos sin poder evitarlo.
Estaba muy cachonda y tenía que poner mucho de mi parte para no caer a sus pies allí mismo. Dejar que me follara como un loco y gritar su nombre en los tres idiomas que hablaba.
— Necesitas más práctica para intentar jugar conmigo sin terminar perdiendo — dijo, subiendo sus manos por mis costados y deteniéndose bajo mis pechos, cerrando sus palmas sobre mi estrecho abdómen — si te bajo el vestido ahora mismo podrías saltarme un ojo de lo duros que sé que están tus pezones — me atrapó la curva final de mi espalda y me echó hacia él, haciendo que chocara con su pelvis y me mordiera la lengua para no gemir — la diferencia entre tú y yo es que yo sí acepto que me encantaría follarte y hacerte gritar como demente de cada entrada y salida de mi miembro pero tú, te mojas en silencio y niegas hipócritamente las ganas que me tienes.
Un toque a la puerta que salvó de contestar. De no hacerlo. Y hasta de darle la razón.
Aquel hombre se adivinaba un animal en la cama y si era honesta, no me convenía intentar averiguarlo porque tipos como él, hacen perder al cabeza a mujeres como yo. Tendría que aprender a controlarme mejor si quería seguir con mi plan, porque la verdad, estaba tambaleándose ahora mismo.
