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Capítulo 5

COLE REYES

La agarré antes de que cayera debajo del caballo.

Eso fue lo único que importó durante los primeros dos segundos.

Después me di cuenta de que Sienna estaba pegada a mi pecho.

Otra vez.

Y de que sus manos estaban aferradas a mi camisa.

Otra vez.

—¿Estás bien? —pregunté.

Ella levantó la vista.

Sus pupilas estaban dilatadas.

—Sí.

Mentía.

Le temblaban las manos.

—Siéntate.

—Estoy bien.

—Sienna.

—Cole.

Incluso asustada seguía discutiendo.

Increíble.

La guié hasta un banco junto al establo.

—Quédate aquí.

—No soy una niña.

—Entonces deja de comportarte como si fueras indestructible.

La frase salió más dura de lo que pretendía.

Sienna se quedó quieta.

Su expresión cambió.

No rabia.

Dolor.

Mierda.

—No quise decir…

—Sí quisiste.

Se levantó.

—Y quizás tengas razón. Todo el mundo parece pensar que sabe exactamente qué hago mal.

—Eso no fue lo que dije.

—Pero es lo que piensas.

—No sé suficiente sobre ti para pensar nada.

—Exacto.

Me dio la espalda.

—Entonces deja de actuar como si me conocieras.

La vi marcharse hacia la casa principal.

Y por primera vez desde que Grant me había encargado trabajar con ella, sentí que había metido la pata.

Lo cual era ridículo.

Porque no me importaba lo que Sienna Navarro pensara de mí.

Solo que sí me importaba.

Demasiado rápido.

Demasiado pronto.

—Eso ha sido bonito.

Mason estaba apoyado contra la puerta.

—No empieces.

—Solo digo que tienes un talento especial para hablar con mujeres.

—Vete.

—Olivia entra, lanza una bomba, Sienna casi muere y tú terminas gritándole. Mañana quizá incendies el establo para mantener el ritmo.

Lo miré.

—¿Ya terminaste?

—No, pero tengo trabajo.

Milagro.

Pasé el resto de la mañana intentando no pensar en Sienna.

Fallé.

A la hora del almuerzo seguía recordando sus manos temblando.

A media tarde, su expresión cuando le dije que no era indestructible.

Al anochecer, ya estaba enfadado conmigo mismo.

Fui a la casa principal con la excusa de revisar unos papeles con Grant.

Me encontré a Rebecca en la cocina.

—Está en el porche trasero —dijo sin que yo preguntara.

Fruncí el ceño.

—¿Quién?

Rebecca sonrió.

—Claro.

Odiaba que toda esa familia supiera cosas antes que yo.

Salí al porche.

Sienna estaba sentada en los escalones, abrazándose las rodillas.

El sol caía detrás de las montañas.

Por primera vez desde que llegó, no parecía enfadada.

Parecía sola.

Me detuve a unos metros.

—Vine a disculparme.

Giró lentamente.

—Eso sí que no me lo esperaba.

—No te acostumbres.

—Ah. Ahí está el Cole que conozco.

Me acerqué.

—No debí hablarte así.

—No.

—Pero tampoco deberías hacerte la valiente cuando tienes miedo.

—Y arruinaste la disculpa.

—Casi duró diez segundos.

Sienna sonrió.

Pequeño.

Involuntario.

Me senté a su lado.

—¿Por qué odias tanto estar aquí?

La pregunta pareció sorprenderla.

Miró hacia los campos.

—Porque no elegí venir.

—Eso no significa que el lugar tenga la culpa.

—No. Pero es más fácil odiar el lugar que admitir que mi familia quería librarse de mí.

No supe qué responder.

Había escuchado suficientes versiones sobre Sienna como para haber formado una opinión antes de conocerla.

Chica rica.

Caprichosa.

Problemática.

Nada de eso encajaba con la mujer sentada a mi lado intentando hablar sin que se le quebrara la voz.

—Tal vez no querían librarse de ti.

Soltó una risa amarga.

—Mi padre me dejó aquí y se fue nueve minutos después.

—Victor no es precisamente bueno con las emociones.

Sienna giró hacia mí.

—¿Lo conoces bien?

Demasiado.

Pero no era mi historia para contarla.

—Lo suficiente.

—Todo el mundo sabe cosas sobre mi familia menos yo.

Aquella frase me incomodó.

Recordé la conversación con Grant.

No te metas.

—¿Qué quieres decir?

—Mi padre le dijo a Grant que no me contara algo. Mi hermana me pidió que no hiciera preguntas. Y Grant me mira como si hubiera visto un fantasma cada vez que cree que no me doy cuenta.

Me quedé en silencio.

Sienna me observó.

—Tú también sabes algo.

—No.

—Mentiroso.

—No sé nada.

Eso sí era verdad.

Pero ahora quería saberlo.

Más de lo que debería.

—Entonces ayúdame a averiguarlo.

La miré.

—No.

—Cole.

—No pienso meterme entre Grant y su hermano.

—Qué cobarde.

—Provocarme no va a funcionar.

—Funcionó esta mañana.

Sonreí a pesar de mí mismo.

Sienna también.

El silencio cambió.

Más suave.

Más peligroso.

Ella estaba demasiado cerca.

El sol había bajado lo suficiente para dejar su rostro medio en sombra.

Por un instante pensé en tocarle el cabello que el viento había llevado hasta su mejilla.

No lo hice.

Una camioneta entró por las puertas del rancho.

Sienna miró hacia el camino.

Yo también.

Era un vehículo que conocía.

Grant salió de la casa.

Y su expresión hizo que todos mis pensamientos desaparecieran.

Un hombre bajó de la camioneta.

Carlos Vega.

Detective retirado.

Viejo amigo de Grant.

Y una de las pocas personas que nunca aparecía en el rancho sin una razón seria.

Grant caminó hacia él.

Carlos sacó una carpeta del vehículo.

Sienna se puso de pie.

—¿Quién es?

No respondí.

Porque acababa de ver algo que ella no.

En la portada de la carpeta había una fotografía antigua.

La imagen de un bebé.

Y debajo, escrita a mano, una fecha.

La fecha exacta del nacimiento de Sienna.

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