Capítulo 3
Bueno, parece que no lo he conseguido. Pero la Sra. Ferrer me dijo que a las 8.
—Mierda, estoy en un buen lío. La recepcionista me indica el despacho de mi jefe y me dirijo hacia allí. Las oficinas del bufete son muy modernas, con ventanas transparentes por todas partes. Pero hay grandes cortinas que impiden ver el interior. Mi jefe, que al parecer es un hombre, tiene su despacho arriba de la escalera, segunda puerta a la derecha. Llamo a la puerta, pero no obtengo respuesta. Así que entro y veo un pequeño escritorio en la entrada y otra habitación al fondo. Supongo que ahí es donde me voy a sentar. Dejo el bolso, me quito la chaqueta y llamo a la otra puerta. Desde dentro, una voz masculina me autoriza a entrar.
—Buenos días, señor. Siento mucho el retraso. No volverá a ocurrir, se lo aseguro...
Está frente al gran ventanal que da a la calle. Se da la vuelta y, en ese momento, veo al rubio.
—¿Eres tú mi jefe?
—¿Te molesta? —pregunta con picardía.
—No puede ser. Si sigue coqueteando conmigo así, voy a olvidar todas mis reglas profesionales.
—Para nada. Te he traído algo de comer esta mañana. Espero que eso te ayude a perdonarme.
Dejo el capuchino sobre la mesa, junto con los pasteles que he comprado. Le sonrío con todos mis dientes a mi jefe y le lanzo mi mirada más seductora para que me perdone. Entonces, una voz masculina detrás de mí llama mi atención.
—No vas a conseguir mantener tu puesto sobornándome con pasteles, señorita. Necesito a alguien comprometido y puntual.
—Pero ¿quién es este que se permite darme órdenes y hablarme así?
—Disculpa, pero ¿quién eres? —pregunto intrigada.
—En realidad, soy tu jefe. —Santiago, quítate de mi asiento.
—¿Eh? —Me he perdido algo. Este insolente no puede ser mi verdadero jefe, ¿o sí? Quizá solo está molesto porque he llegado tarde, quizá sea más amable de lo que parece.
—Lo... lo siento, señor. No volverá a pasar.
—Lo siento, señor. No volverá a pasar. No volverá a pasar.
—Eso espero. La próxima vez la despido —dijo mi jefe mientras se sentaba.
No es un imbécil, me dije a mí misma.
—¿Cómo te llamas?
—Cifuentes, señor.
—No, tu nombre. No voy a llamar a mi asistente por su apellido. —Y ¿qué más? ¡Sí, es un imbécil! Había rezado mucho, pero evidentemente no siempre se consigue lo que se quiere.
—Me llamo Mara, señor.
—De acuerdo. Para ti, seré el señor Villalobos, ¿entendido?
—Claro, señor.
—Supongo que ya has conocido a...
—¡A ti! —le corregí.
—¿Perdón? —dijo él.
—Si el señor me tratara de usted, como yo lo hago con él, sería preferible. Es una cuestión de principio profesional.
Al principio, se muestra sorprendido. Se quedó con el rostro tenso durante un buen rato antes de asentir. —Sí, señor Villalobos, no es el único que domina la insolencia. ¿Quién se cree que es? —Seguramente no voy a durar mucho aquí, pero tendré tiempo de enseñarle buenos modales. —No soy su hija, ¿eh?
—Como decía, supongo que ya conoces a este señor —dice, señalando al rubio. Es Santiago Rueda, uno de los abogados del bufete. Trabajamos mucho juntos, así que tú también trabajarás mucho con él. Ahora ve a buscarme un café.
—Pero te he traído un capuchino...
—No bebo capuchino y no me apetece comer bollería esta mañana —contestó en tono seco. Puedes quedarte con la bollería, Santiago —concluyó mi jefe con tono despreocupado.
—No, no está bien. Quiero decir que ella te lo ha traído... —comenzó a decir este último.
—¡Si no los quieres, los tiro!
—En ese caso, ¿no te importará, señorita Cifuentes? —preguntó tímidamente.
Niego con la cabeza, sorprendida. ¡Qué presuntuoso y qué ingrato! Esos pasteles y ese capuchino los he pagado yo de mi bolsillo y se atreve a rechazarlos de forma tan grosera. Ya verás lo que te espera. Me quedo allí plantada, atónita.
—¿Qué haces todavía aquí, Mara? Ve a buscar mi café. ¡Date prisa! Llévate también tu capuchino.
—Sí, señor. ¿Eso es todo?
—Primero tráeme mi café y ya veremos si eres competente para confiarte otra tarea.
—¿Qué? ¿Se está burlando de mí? Voy a destripar a mi jefe, definitivamente, pero ¿cuándo? Esa es la cuestión. Estoy indignadísima por tanta descortesía. Siento que me va a encantar trabajar aquí.
Salgo de su oficina y me siento en la mía para recuperar la compostura y enfadarme en silencio. En cuanto me siento, empiezo a gesticular como una loca, de lo nerviosa que estoy. ¿Cómo se ha atrevido a hablarme así? No soy tu perra.
El rubito sale de la oficina mientras yo me esfuerzo por calmarme.
Me sonríe con compasión y me dice:
—No le hagas caso a su mal genio. Puede ser muy amable cuando quiere. Sobre todo cuando está ligando.
—No me gustaría que lo intentara. ¿Es así con todo el mundo?
—En general, sí, y no mejora con el tiempo. Te acostumbrarás. Sin embargo, me gustó mucho tu audacia cuando le pediste que te tratara de usted. Tenía las fosas nasales dilatadas, como si fuera a romper algo. Fue muy divertido —me confiesa Santiago sonriendo—.
—Gracias, señor Rueda.
—Oh, por favor, llámame Santiago. —Y no me trates de usted.
—En ese caso, llámame Mara y no me trates de usted tampoco. —Consejos con este...
—Si quieres durar aquí, sé dócil, es mejor. Y sé atenta, así será menos insoportable. Ah, y para esta mañana, toma el café que viene de enfrente.
Un café solo bien fuerte, eso lo despierta. Tiene una tarjeta de fidelidad dorada que debe de estar en tus cajones. Ve con eso y no pagarás nada. Vamos, buena suerte y bienvenida.
—Gracias, Santiago —dije frotándome la cabeza.
Menos mal que está aquí y que es amable.
Mi jefe... ¿cómo definirlo? Es el diablo en un cuerpo bonito, ¡una especie de Lucifer Morningstar! Es alto; a pesar de mis tacones, hay unos 15 cm de diferencia entre nosotros. Tiene la piel ligeramente bronceada, el pelo castaño y largo, está bien afeitado, tiene los labios carnosos, los ojos grandes y los rasgos duros. No me da miedo, me...
Al final, le llevé el café al señor Grosero y luego me pidió que fuera a hacer unas fotocopias a recepción. Al menos estoy lejos de él. Aprovecho para conocer a la recepcionista. Se llama Elena Badiola y tiene 44 años. Es una mujer muy guapa, con el pelo pelirrojo recogido en un moño impecable y vestida de punta en blanco. Al final, me preguntó si ya me gustaba estar allí. Está muy lejos de la verdad.
—Bueno, señor Villalobos, ¿qué le parece?
—Es tan encantador como una manada de bisontes y tan delicado como un cactus.
—Ah, veo que no te cae muy bien —dijo ella riéndose—. Te acostumbras con el tiempo.
—No creo que sea mi caso. —No te acostumbres demasiado a mí, Elena, no voy a durar mucho.
—No digas eso. Quizás terminen llevándose bien, si sabes a lo que me refiero.
—Oh, Dios mío, no, ni se me ocurriría —dije asustada.
—No digas eso. Eres justo su tipo. Le gustan mucho las mujeres de piel oscura.
—A mí ya no me cae bien, así que tranquila. ¿Nadie se ha quejado nunca de su comportamiento odioso?
—Sí, pero hay que reconocer que es muy bueno. Por eso los jefes no quieren arriesgarse a perderlo por problemas de comportamiento insignificantes. Lleva ocho años trabajando aquí y nunca ha perdido un caso. Así que ya entiendes...
—Sí, sí, el señor es indispensable. Qué suerte he tenido de encontrarlo. ¿Pero qué edad tiene?
—Cumplirá 36 años en unos meses. —Es guapo, ¿no?
—Sí, a simple vista.
—Me parece perpleja. A mí me parece que se parece a un marajá o a un emir...
—«¿Dónde está esa secretaria? ¡Mara Cifuentes!», se oye. Adivino fácilmente que es mi estúpido jefe, pero no respondo. Solo cojo los documentos y las fotocopias, y subo las escaleras con paso indiferente. El señor Villalobos me mira subir con expresión de enfado, ¡pero qué más me da! Llego a su altura y lo miro a los ojos. Solo ahora me fijo en tus magníficos ojos azul celeste con reflejos verdes. Son preciosos. Lástima que los uses para mirarme con malicia.
—Sí, señor Villalobos. ¿Algún problema?
—¿Dónde te habías metido? —dice enfadado, sin importarle que todo el mundo nos esté mirando.
—Estaba haciendo las fotocopias que me pidió, señor Villalobos.
—¿Tardaste una hora? —No había nadie para contestar el teléfono y, según tengo entendido, ese es tu trabajo. ¿Qué tienes que decir?
—Estaba haciendo tus fotocopias —respondo con aire desafiante.
—¿Quién debía contestar en tu lugar? ¿Yo?
—No lo sé, señor Villalobos, pero yo también estaba haciendo mi trabajo.
—No lo sé, señor Villalobos, pero yo también estaba haciendo mi trabajo.
—¿Qué está pasando aquí? —preguntó la señora Ferrer, que acababa de llegar.
—Es una señal del destino. Tengo un ángel de la guarda que me salvará cada vez que este idiota intente hundirme.
Algo dentro de Ferrer & Pardo Abogados estaba a punto de salir a la luz.