Capítulo 1
La muerte es algo que puede asustar a casi cualquier ser humano. Y lo que es aún peor es tener que lidiar con alguien que creías que nunca moriría, abatido por una simple bala.
Me quedo mirando la gran lápida gris de mi padre, sobre la que yace un ángel, en el cementerio casi vacío. Empieza a llover, y cada gota me golpea la cara como si fueran piedritas diminutas que me lanzaran directamente y se rieran en mi cara.
Los árboles verdes empiezan a mecerse más rápido que antes. El viento arrecia, trayendo consigo un suave sonido.
Me quedo frente a la lápida mirándola con mis manos grabadas en mis bolsillos.
-Bruno Navarro.-
-Amado esposo y padre.-
Mi teléfono vuelve a sonar, pero hago oídos sordos. Aprieto la mandíbula al arreciar la lluvia, pero sigo ahí de pie, mi chaqueta de cuero negra empapándose poco a poco, junto con mi pelo.
Saco las manos de los bolsillos de la chaqueta y al instante empiezan a enfriarse. Mientras más miraba la lápida, más apretaba los puños.
- Mi dispiace padre.- anuncié bruscamente alejándome de la lápida gris.
[Traducción: -Lo siento padre. - ]
Ocho años después...
Valeria
Miro por la ventana del coche de mi conductor y observo las gotas de lluvia que caen lenta y suavemente por la ventanilla, cada gota una a una, algunas moviéndose más despacio que otras; el sonido de la lluvia es áspero y, de alguna manera, me resulta tranquilizador.
Observo los altos edificios de Puerto Bruma. Algunos son más bajos y otros más altos. La verdadera altura de los edificios se esconde bajo las nubes del cielo gris.
Las vallas publicitarias brillan con fuerza, todas con anuncios, por supuesto. De todo tipo. Cientos de personas caminan con distintos tipos de paraguas en la mano, apresurándose para llegar al trabajo o a cualquier otro destino.
-La ciudad de los sueños. - Dice mi padre.
Lo que no dicen es que no todos los sueños se hacen realidad en Puerto Bruma. Digo, si tienes un buen dinero al principio, si te esfuerzas al máximo para lograr ese sueño o si vienes de una familia adinerada. Aunque sí diré que la ciudad es un lugar poderoso donde pueden pasar cosas buenas y malas.
Lo que quiero decir es que tener dinero es muy importante en esta ciudad. Y si no lo tienes, es importante tener buenos contactos.
Ya es otoño en la ciudad. Siempre me ha gustado el otoño. Las hojas, las calabazas, el aroma a calabaza, los cambios de menú en las cafeterías y las películas de terror. Para mí, el otoño es la estación perfecta. La estación que más me reconforta. No me gusta el otoño, me encanta.
Hoy llevo un traje gris de dos piezas, que me queda perfecto arriba y un poco suelto abajo. Decidí combinarlo con una chaqueta beige.
Me han enseñado a vestirme presentable desde pequeña. A veces desearía que mi yo de veintiún años pudiera vestirse más cómoda, pero cuando aparecen reporteros de repente, mi padre se entera y no le gusta.
El hecho de que haya periodistas cerca de mí es inútil.
Al menos no todos los días ocurre.
Diría que soy buena persona en general. A menos que alguien sea grosero conmigo. Pero me gusta ser respetuoso con la gente, sobre todo si no la conozco. Creo en corresponder con la misma actitud y respeto que alguien te da.
Al abrir mi teléfono, decido revisar las últimas noticias para ponerme al día con lo que ha estado sucediendo.
La familia de la riqueza
Por Tomás Beltrán
-Valeria Santillán, la única hija del exitoso empresario Armando Santillán, regresa de Puerto Arce, Massachusetts. Con suerte, la joven seguirá los pasos de su padre y llevará el imperio Santillán al siguiente nivel. En una entrevista anterior, Armando Santillán le dijo al reportero: « Tengo mucha fe en mi hija Availina. Esto es algo con lo que ha soñado desde pequeña y estaré orgulloso de cederle el negocio pronto... ».
Sin molestarme en leer el resto, apago el teléfono y lo coloco junto a mi pierna. —¿A qué hora llegaremos a mi trabajo, Alessandro? —digo con calma mientras miro el teléfono para comprobar la hora— : am —
Alessandro ha sido mi chófer y guardaespaldas durante unos diez años. Es un buen amigo, diría yo. Me escucha cuando le hablo, o al menos eso creo. Suele responder cuando le apetece.
Estoy bien con eso porque no todo el mundo es una persona extrovertida.
—¿De verdad tiene tanta prisa por ir a trabajar, señorita Vane? —dice Alessandro mientras me mira por el espejo retrovisor con las cejas levantadas.
Alessandro tiene ojos marrones con una mezcla de verde intenso. Tiene el pelo sedoso y ondulado, con un mechón que le roza la frente. También lleva una camiseta negra que deja ver todos sus tatuajes, aunque no me dice qué significan.
Saco mi mano, observo mis uñas e inclino mi cabeza hacia un lado.
Necesito hacerme las uñas.
Suspiré, me recliné en el cómodo asiento y lo miré por el retrovisor. —No , no tengo prisa. Es mi primer día de trabajo y ya lo odio. Por no mencionar que tengo tantas reuniones que ni siquiera puedo ...
Mientras estoy a mitad de frase el coche se detiene de forma brusca, lo que hace que mi corazón se caiga a lo que parecen seis pies bajo tierra, y mi corazón late desde esa altura. - Bien, Sra. Vane, hemos llegado. - Dice Alessandro con frialdad, actuando como si no fuera consciente de lo que acaba de hacer.
Jadeo en shock, mientras mi corazón se normaliza por un instante, llevándome la mano al corazón. —¡¿Qué demonios fue eso?! Ni siquiera me dejaste terminar la frase .
Pero lo peor estaba por venir…
