Librería
Español
Capítulos
Ajuste

CAPÍTULO 8

—¿Qué me estás haciendo, Enzo? ¿Por qué no puedo odiarte? ¿Por qué siento todas estas emociones contradictorias cuando estás cerca de mí? Quisiera odiarte, quisiera olvidarte, pero no puedo, maldita sea. ¿Qué me estás haciendo? ¿Por qué has vuelto? ¿Qué esperas de mí? No puedo más, no puedo más. —Susurra con una vocecita que no es más que un murmullo.

—¿Qué quiero de ella? —Joder, lo quiero todo de ella: que sea mi mujer, la madre de mis hijos, mi todo. Ella es mi mundo. Me gustaría que viera lo que ha hecho conmigo, que supiera que solo dependo de ella, que me amara una vez más.

—Te amo, mi amor —le dije con voz ronca, ahogada por las lágrimas que intentaba contener—, y luego continué: —Te amo hasta la muerte, nena. Cada maldito día que paso lejos de ti me mata poco a poco. Verte sin poder acercarme a ti es un verdadero suplicio. Ver a todos esos hombres acercarse demasiado a ti me da ganas de matar. Amor mío, fui lo suficientemente idiota como para hacerte sufrir y dejarte ir, pero te juro que, si me das la oportunidad de demostrarte lo que hay aquí —dije, tomando su mano y poniéndola sobre mi corazón, que latía con fuerza por ella—, te juro que nunca te arrepentirás. Nunca, nena. Lo digo con toda la sinceridad que hay en mí: quiero que vuelva, la necesito.

—R… —Enzo —me dijo entre sollozos—, tengo miedo, ya no tengo fuerzas para luchar. Enzo, tengo miedo de confiar en ti, no quiero sufrir más.

—Oh, amor mío…

—Entonces déjame tomar las armas por nosotros, cariño. Déjame demostrarte que no todo está perdido entre nosotros. Y, si no consigo hacerte feliz, te prometo que desapareceré para siempre —digo, aunque es totalmente falso. Nunca me iré, la quiero demasiado para eso, pero bueno…

—Déjame ser tu escudo, nena, te lo ruego, una oportunidad, solo una, mi ángel.

Me mira con los ojos llenos de lágrimas y veo perfectamente la lucha que se libra en su interior. Me sorprendo conteniendo la respiración cuando la veo mover los labios como si fuera a decir algo, pero tiene miedo. Finalmente, cuando salen las palabras de su boca, no puedo evitar las lágrimas de alegría.

—Una última oportunidad, Enzo, no tendrás más.

No pido más, cariño…

—No, no, no, para, Rinaldi, vamos a llegar tarde, ya he faltado tres días —digo con voz firme.

—Me da igual, esperarán todo el tiempo que sea necesario —dice con un movimiento de cejas sugestivo que me provoca una carcajada; este tipo es insaciable. No sé si he tomado la decisión correcta con respecto a él, pero quiero creerlo, quiero intentarlo y ver adónde me lleva todo esto. Después de todo, ¿qué tengo que perder? «Deja de pensar demasiado y déjate llevar, cariño», susurra sacándome de mis pensamientos con sus labios cerca de los míos. —Todo va a salir bien, ¿de acuerdo? —dice con una sonrisa tranquilizadora. —Eso espero, Enzo, de verdad lo espero. ¿Quieres pasar por tu casa y cambiarte? —le pregunto, mirando su ropa, que había sufrido durante la noche de locura que habíamos pasado y que, sinceramente, no creo que fuera muy bien vista por los demás, sobre todo si llegamos juntos.

Me lanza una sonrisa pícara, como si leyera mis pensamientos, y sale de la habitación con aire indiferente. Lo sigo con la mirada sin entender muy bien a qué está jugando.

—¿A dónde vas? —le pregunto mientras se dirige hacia la puerta de entrada.

—Date prisa en prepararte, nena, o te vas a perder este día también —dice, mientras me mira ardiente y me dedica una sonrisa burlona que me hace mojarme aún más.

—Eh, vale.

Me dirijo a mi habitación y me doy una ducha rápida. Al pasar frente al espejo, no puedo evitar que se me dibuje una sonrisa tonta en el rostro, como si por fin hubiera recuperado mi alegría de vivir. Me miro más atentamente y veo muchas marcas rojas en el cuello.

—No, no me lo puedo creer.

—Estás aún más guapa con mis marcas, ¿no crees, cariño?

—¡Ah, no! Pero, ¿qué te pasa, idiota? —grito con una mano en el pecho.

—Lo siento, amor —dice, mientras me besa el cuello, pero noto que ese idiota se está riendo a mis espaldas. Respiro hondo y me dirijo al vestidor. Hoy me da mucha pereza elegir qué ponerme, así que cojo lo primero que veo: un vestido negro ajustado que me llega hasta la mitad del muslo y que tiene una ligera abertura en el muslo derecho. No es nada demasiado atrevido, pero sí lo suficiente para que me sienta sexy. Me lo pongo todo, cojo los zapatos y el bolso, me cepillo el pelo, me doy un toque de pintalabios y, por fin, salgo. Enzo no está en la habitación, así que bajo a tomarme un vaso de leche.

Lo encuentro en la cocina, donde aparentemente se ha acomodado, y veo que se ha cambiado de ropa. Lleva un traje azul que parece hecho a medida y que realza su magnífico trasero, que me dan ganas de morder.

—¿Te gusta la vista, nena? —Porque, si no, puedo quitarme el resto para que me desees aún más —dice con tono pícaro.

Pillada in fraganti mirándole el trasero, me sonrojo y me acerco a él para ver qué está haciendo.

—¿Desde cuándo sabes cocinar? —pregunto, esperando cambiar de tema. Él se ríe, entendiendo lo que intento hacer, antes de responderme.

—Desde los trece años, creo. Mi abuela me enseñó lo básico y me dijo que me ayudaría más adelante a seducir a la mujer de mi vida. Ahora que lo pienso, creo que quizá tenía razón —dijo en tono neutro.

Me está hablando de él. Dios mío, Enzo me está hablando de él. No me lo puedo creer.

—Vamos, ven a comer antes de que Giulia vuelva a llamar —dice rápidamente, como si quisiera poner fin a mis preguntas.

—¿Porque llamó primero?
Descarga la aplicación ahora para recibir recompensas
Escanea el código QR para descargar la aplicación Hinovel.