CAPÍTULO 3
—No, no, no, no, por favor, no puede hacerme eso ahora, no…
Le lanzo mi mirada más oscura, me alejo todo lo posible de él, me siento en mi silla con los ojos fijos en los suyos, que tampoco me sueltan. Adopto una postura profesional y le respondo con una voz muy tranquila que siempre me sorprende, sobre todo frente a él.
Es cierto que estás aquí y que, por desgracia, Vittorio tiene que irse, señor, pero eso no te da derecho a mostrarte tan familiar conmigo. No te conozco, no quiero conocerte más y, por el bien de nuestra futura colaboración, mantente alejado de mí, por favor. Ahora, si hemos terminado, ya sabes dónde está la salida.
Terminé lanzando una mirada significativa a la puerta para que captara bien el mensaje, pero no se movió ni un centímetro, con la mirada fija en la mía. Noté que estaba frustrado, pero ¿cómo explicarle que me daba completamente igual? Por Dios, haz que se vaya lo antes posible.
Por mucho que finja indiferencia, no puedo evitar que mi corazón sienta el mismo dolor que llevo dentro desde hace cuatro años. Siento como si reviviera una y otra vez esa noche que me destrozó, como un bucle sin fin, y, cuanto más lo miro, más difícil me resulta controlar este dolor. Ojalá pudiera olvidarlo.
O quizá el destino ha decidido que debíamos volver a vernos, pero, por favor, que no se acerque a mí; es lo único que pido.
—Estás llorando —me susurra Enzo con voz ronca mientras se acerca un poco más a mí. Me paso rápidamente una mano por la cara y, con horror, constato que esas traicioneras lágrimas están realmente ahí. Me levanto de inmediato para poner distancia entre Enzo, que ahora está muy cerca, y yo.
—No te incumbe si lloro o no. Ahora discúlpame, pero tengo trabajo —le digo secamente, como último recurso para que se vaya. Y, como por arte de magia, mi teléfono suena en ese momento. Lo descuelgo sin mirar ni decir nada y lo veo dudar unos segundos antes de dirigirse a la puerta, pero lo detengo antes de que la cruce.
—Una última cosa, señor: mi oficina no es un molino ni un gallinero, así que en el futuro evite entrar sin mi consentimiento.
No responde nada y sale dando un portazo. Me siento nerviosamente en mi silla y me paso la mano por la cara para secarme las lágrimas que no dejan de brotar. La voz al otro lado del teléfono me devuelve un poco a la realidad.
—Sí, señora Silvana, le escucho…
—Punto de vista de Enzo—¡Mierda! —grito mientras golpeo la pared frente a mí. El dolor que siento en este momento no es nada comparado con lo que siento en mi interior. ¿Cómo pude ser tan estúpido, mierda? ¿Qué he hecho, Dios mío? El dolor y el odio que he podido leer en sus ojos no engañan: he destrozado a la mujer que amo y nunca me perdonará. Se ha vuelto tan fría, tan impenetrable, tan yo; pero lo he visto claramente en su mirada: a través de todo ese odio he visto un dolor aún más intenso que el mío. Todo es culpa mía.
No, nunca.
La amo hasta la muerte, es egoísta, pero así es. Me niego a que esté lejos de mí, es mía.
—¿Qué haces tirado en el suelo? ¿No se suponía que ibas a visitar las instalaciones? —me pregunta mi abuelo frente a mí con voz burlona. Ni siquiera lo había visto entrar. Me levanto lentamente y me dirijo hacia él, que se ha sentado en una silla frente al escritorio—. ¿Qué pasa, pequeño? —repite con más seriedad.
—Nada, no te preocupes. Tengo que ultimar los últimos detalles con Jackson y tengo una reunión dentro de media hora, pero no es nada grave —respondo, pasándome la mano por el cabello con cansancio.
Me mira fijamente durante un largo rato. Sé que no me cree, pero, como siempre, me da tiempo y me deja la opción de hablar con él.
—No has podido evitarlo, ¿verdad? —Elude el tema.
—No.
—Y ella te ha rechazado, supongo.
—Supones bien.
—Y ahora te has dado cuenta de lo mucho que todavía sufre, ¿verdad?
Suspiro profundamente, molesto porque pueda leérmeme tan bien.
—Ya basta, viejo, tenemos que irnos —digo, mientras me levanto y me dirijo a la salida para ir al ascensor.
—Eso es, cambiando de tema, Rinaldi —dice, entrando a su vez en el ascensor.
—Escucha, abuelo, hablaremos de ello otro día si quieres, y además…
—No cierren… —grita una voz que conozco bien al entrar furiosa en el ascensor, sin aliento. Yo… yo… —Gracias —dice sin mirarnos, tratando de recuperar el aliento.
—Val, ya te he dicho que no corras por los pasillos. Además, ¿dónde están tus zapatos, jovencita? —Regañó mi abuelo con las manos en las caderas, como un padre sobreprotector, lo que nos hizo reír a Val y a mí antes de que ella se recompusiera y volviera a centrar su atención en él.
—Lo siento, no quería correr, pero me esperan abajo para una urgencia y no puedo ir más rápido con estas cosas en los pies —dijo mientras se volvía a poner los tacones en los pies, se arreglaba un poco el peinado y volvía a mirar al anciano con una hermosa sonrisa en los labios. Todo en esta mujer es hermoso, maldita sea.
—¿Así está mejor? —le dijo a mi abuelo, y tuve que hacer un gran esfuerzo para no responder en su lugar.
—Sí, pero ¿puedo saber adónde vas así? No tienes ninguna cita a esta hora, ¿verdad?
—Oh —se ríe—, bueno, es una cita muy importante. De hecho, tengo que encontrarme con Renzo para… —Ah, vaya, te lo contaré todo cuando vuelva. Hasta luego —dice mientras sale corriendo, y yo me quedo mirando ese nombre de mierda.
—¿Quién es Renzo? —le pregunté al anciano con voz seca, pero él se limitó a encogerse de hombros. Sin embargo, pude ver en sus ojos que sabía perfectamente de quién se trataba y que no quería decirme nada, así que aceleré el paso hacia la salida y encontré a Val. Mi Val en brazos de ese…