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Capítulo 3

Maritza

Me mira fijamente. Directamente a los ojos, pero tiene cara de enfado y asco. Dios, ya me odia. Pero siendo sincera… le queda bien, aunque no quiera admitirlo, se ve… guapo. ¿Es de verdad? Debo ser Iván Salvatierra, %.

De alguna manera, puedo apartar la mirada de sus ojos azul eléctrico para observarlo de cerca: cabello castaño oscuro, mandíbula afilada con una barba incipiente que envidian muchos hombres y una nariz romana que le sienta de maravilla. Iván parece de esos a los que les importa un bledo. Al bajar la vista, veo que lleva un traje negro que realza sus músculos. ¡Dios mío! ¡Es guapo! Y… ¡un encanto para Dalia! ¡Claro, recuerda lo que dijo mi tía!

Aparto la mirada, mirándome fijamente; no me parezco a Dalia, pero… bien. Mientras sea un 100% de su belleza, puedo vivir.

Cuando levanto la vista de nuevo, el hombre me mira con el ceño fruncido. No sé por qué, pero retrocedo, un poco asustado, pero no me alejo demasiado porque choco con algo… algo duro y musculoso.

—Lo siento — digo dándome la vuelta.

—No hay problema —responde. Levanto la vista y veo a un chico guapo. Tiene el pelo rubio, unos preciosos ojos verdes y parece un modelo de ropa interior… No sé por qué, pero lo he visto antes…

—¡Maritza, mira por dónde caminas! —gruñe mi tía—. Lo siento, señor.

—Llámame Tomás y no te disculpes —mira a la pareja mayor en la esquina de la habitación—. Lo siento, papá y mamá, quiero decir Eloísa —dice. Ah… debe ser Tomás Salvatierra. El hermano pequeño de Iván, aunque no es tan pequeño…

—No hay problema, cariño —dice la anciana—. Y hola, señor y señorita Alvarenga.

-Hola señorita Salvatierra y por favor llámeme Arnaud – dice mi tío.

—¡Arnaud, qué gusto verte! ¡Sentémonos y vayamos al grano! —dice el hombre mayor con voz autoritaria—. Esta es mi esposa, Eloísa, y él… —mira a Tomás—… es mi hijo mediano, Tomás. Esta es mi hija, Rebeca; está junto a Iván y, ¡madre mía!, parece una reina. ¡El mismo cabello castaño y los mismos ojos azules que Iván la hacen lucir fabulosa! —Y mi hijo menor no pudo estar aquí, pero se llama Thiago —se detiene y mira a Iván—. Este es mi hijo mayor, Iván Salvatierra.

Lo miro, pero él mira fijamente a su padre. Intenta enviarle una señal, y yo lo interpreto como — Quiero ir.

-Sentémonos y comamos —dice finalmente Eloísa.

—¿Maritza…? —susurra Dalia en mi oído.

—¿Si? —Digo curioso.

—¿Recuerdas lo que te dije sobre que no quiero casarme con él…? — Dios… no… ¡lo sabía! -… bueno, quiero hacerlo, ahora que lo he visto — lo mira soñadoramente.

—¿Y Axel? —susurro. No puede hablar en serio, ¿verdad? Axel es mucho mejor que eso… guapo imbécil. —Él… no tiene tiempo para mí… está ocupado con la escuela, creo que está conmigo por el sexo… —susurra, pero sé que miente.

Cuando la miro a los ojos parece sincera, o al menos intenta serlo.

Asiento. Ella sonríe, articulando un — gracias antes de sentarse frente a él. Suspiro y me siento junto a Tomás. Él me sonríe y yo le devuelvo la sonrisa.

Parece simpático, pero no se compara con Iván. No sé por qué, pero es… diferente… lo veo… Es moreno y tiene muchos muros extraños a su alrededor, pero hay más en él… mucho más de lo que deja ver.

—Entonces… ¿quién es Dalia? – pregunta el anciano, interrumpiendo mis pensamientos.

—Soy Dalia – dice Dalia sonriéndole a Iván pero él no está interesado, en cambio, lo pillo mirándome fijamente.

Me sonrojo un poco al pensarlo, pero seguro que no me miraría. ¡Ni hablar! Quizás algo detrás de mí le esté llamando la atención.

—Sí, esta es mi hermosa hija; es la mejor en todo lo que hace. Ya me entiendes —dice mi tía guiñándole un ojo a Iván, pero él parece aburrido.

-¿Qué edad tiene? —pregunta el anciano.

—Yo… yo soy —responde Dalia.

—No te hice la pregunta, pero por ahora está bien —dice irritado—. ¡Vaya! ¿Qué le pasa? ¿Es así siempre? Hablaba de ella como si no estuviera.

La cara de Dalia se ensombrece y escucho a Tomás reírse, pero se calla cuando el anciano lo mira.

—¿Vas a la escuela, querida? —pregunta Eloísa, en voz baja.

—No, no lo sé… —responde Dalia con cara de vergüenza.

—Ah… vale… —dice Eloísa, mirándome—. ¿Y tú, querida? ¿Vas a la escuela?

—Sí… —Digo, mirándome las manos. — Estoy en segundo año de criminología.

—¿Cómo te llamas? —pregunta el anciano con frialdad. Lo miro, poniéndole mi mejor cara. —Me llamo Maritza Alvarenga.

Siento que Iván me mira fijamente cuando digo mi nombre. Lo miro y nuestras miradas se cruzan de nuevo. No puedo evitar morderme un poco el labio inferior. Es algo que hago cuando estoy nerviosa. Simplemente no puedo evitarlo. Mi calor se acelera cada vez que este hombre me mira. Aparta la mirada para mirarme los labios, pero aparta la mirada rápidamente.

—Entonces tú eres… ¿Qué??

—No, en realidad soy…

¿Qué hacías antes de criminología? Porque dijiste que estás en segundo año…

La miro, apartando los ojos de Iván.

-Ehm… Estudié psicología durante años…

Ella me mira con curiosidad. — Espera, me pierdes… cuéntame toda la historia

-No es necesario –dice mi tía riendo.

—No, me parece interesante. ¡Cuéntame! —suplica Eloísa. Es gracioso ver a una anciana actuar como si aún fuera joven; ya me cae bien.

Miro a mi tía pero ella me mira fijamente otra vez pero la ignoro.

—Maritza… —susurra mi tío, intentando detenerme, pero yo también lo ignoro. No, no me detendré. Esta vez no. Es la primera vez que alguien se interesa por mí. Vuelvo la mirada hacia Eloísa.

—Entonces… entré a la universidad cuando tenía, hice años de psicología y luego criminología —digo tímidamente.

Fue en ese instante cuando todo se salió de control. Y él lo sabía.
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