Capítulo 5 - La casa que recuerda
La puerta se cerró detrás de ellos con un sonido suave, definitivo.
No fue un golpe ni un chirrido antiguo. Fue más bien un suspiro, como si la casa del camino viejo hubiera estado conteniendo el aliento desde hacía años y, por fin, pudiera relajarse.
Adrián sintió el cambio de inmediato.
El aire era más cálido que afuera, denso, impregnado de un aroma a madera húmeda, polvo antiguo y algo más difícil de identificar… algo que le resultaba dolorosamente familiar.
—Nunca me gustó este lugar —murmuró.
Lía no soltó su mano.
—No es un lugar para gustar —respondió—. Es un lugar para recordar.
Avanzaron despacio. La luz de la cadena que Adrián llevaba al cuello comenzó a brillar con más intensidad, iluminando el interior sin necesidad de interruptores. Las sombras se estiraban sobre las paredes, formando figuras que parecían moverse con intención propia.
—¿Esto es normal? —preguntó él.
—Nada de esto lo es —dijo Lía—. Pero es necesario.
Llegaron al salón principal. El tiempo parecía haberse detenido allí de una forma distinta a la de su casa. No era un estancamiento muerto, sino una pausa expectante. Sobre una repisa había adornos navideños antiguos, cubiertos de polvo, pero intactos. Estrellas de papel, campanas oxidadas, una pequeña figura de madera tallada a mano.
Adrián dio un paso adelante.
—Mi padre hizo una igual —dijo, señalando la figura—. Pasó semanas tallándola.
Lía lo observó con atención.
—¿Qué pasó con ella?
—Se rompió —respondió—. Como todo lo demás.
La luz parpadeó, suave pero insistente.
Una puerta al fondo del salón se abrió lentamente.
—No —dijo Adrián, tensándose—. No quiero…
—Sí —lo interrumpió Lía—. Es ahí.
Cruzaron el umbral.
La habitación era pequeña, con paredes cubiertas de fotografías antiguas y cartas clavadas con chinches oxidados. En el centro, una mesa de madera sostenía una caja rectangular.
Adrián se acercó como si caminara hacia una herida abierta.
—Esta era la habitación de mi madre —susurró.
La caja se abrió sola.
Dentro había un cuaderno.
Adrián lo reconoció de inmediato.
—Es mío…
Lo tomó con manos temblorosas. Las primeras páginas estaban llenas de dibujos infantiles: luces, estrellas, una casa con humo saliendo de la chimenea. En las últimas páginas, la letra cambiaba. Se volvía más firme, más adulta… más dolida.
Prometí quedarme.
Prometí no huir.
Prometí que la Navidad no nos volvería a separar.
Adrián cerró el cuaderno con fuerza.
—No pude cumplirlo —dijo, con la voz quebrada—. Me fui cuando más me necesitaban.
Lía se acercó lentamente.
—Te fuiste porque estabas roto —dijo—. Eso no te hace débil.
—Los dejé solos.
—Y te dejaste solo a ti.
La casa crujió, como si asentara.
De pronto, las paredes comenzaron a iluminarse. No con luz eléctrica, sino con escenas superpuestas, como recuerdos proyectados en el aire.
La última Navidad.
Una discusión.
Una decisión tomada con rabia y miedo.
La puerta cerrándose.
Adrián se llevó una mano al pecho, respirando con dificultad.
—No quería irme para siempre —susurró—. Solo… respirar.
—A veces huir parece la única forma de sobrevivir —dijo Lía—. Pero no significa que no puedas volver.
Las imágenes se desvanecieron lentamente. La luz de la cadena volvió a un brillo suave.
—La casa guarda lo que el pueblo no se atreve a decir —continuó ella—. Por eso te trajo aquí.
Adrián levantó la vista.
—¿Y ahora qué?
Lía lo miró con una mezcla de ternura y determinación.
—Ahora debes decidir si sigues huyendo… o si reparas lo que se rompió.
Un golpe seco resonó en la planta baja.
No uno suave.
Uno fuerte.
Ambos se giraron.
—No estamos solos —dijo Adrián.
Lía apretó su mano.
—Nunca lo hemos estado.
Desde el piso inferior, una luz distinta comenzó a filtrarse por la escalera. No era dorada.
Era blanca.
Y avanzaba hacia ellos.
