
Sinopsis
Santiago Brie lo tenía todo: apellido, fortuna y un encanto que abría cualquier puerta. Pero su mayor tesoro era Cecilia García, la mujer con la que soñaba casarse. Hasta que su mundo se derrumbó. A pocos días de la boda, Cecilia rompe el compromiso. No lo hace por dudas ni miedo, sino porque ha encontrado el amor en otro hombre… Carlos, el primo de Santiago. Humilde, sin lujos, pero capaz de darle lo que el dinero no compra. Herido en el orgullo y cegado por la traición, Santiago trama una venganza que cambiará más de una vida: conquistar a Tatiana, la hermana de Cecilia. Una mujer marcada por una cicatriz que atraviesa su rostro y su historia, y que carga con inseguridades que la han mantenido al margen de todo. Tatiana ve en Santiago la oportunidad de sentirse amada, sin imaginar que sus manos esconden más sombras que promesas. Pero en medio del engaño, el amor podría aparecer… aunque quizás sea demasiado tarde para curar las heridas que dejará. En un juego donde la pasión, el rencor y la fragilidad del corazón se entrelazan, nadie saldrá ileso.
CAPÍTULO 1: EL CEO SOBERBIO
Capítulo 1
Santiago Brie era el tipo de hombre que acaparaba miradas. Heredero de la fortuna Brie —una de las más influyentes de la ciudad— y CEO de un imperio bancario, tenía todo lo que muchos solo podían imaginar: poder, dinero, una presencia que imponía y un intelecto que, según él, pocos podían igualar. Sabía que era uno de los solteros más codiciados y no lo disimulaba. Su ego, alto y orgulloso, lo convencía de que merecía siempre lo mejor.
Llevaba dos años con Cecilia García, hija de Peter García, uno de los empresarios más queridos y respetados, además de viejo amigo de su difunto padre. Peter había sido un pilar en su vida, ayudándolo a navegar en un mundo donde las apariencias y las traiciones eran moneda corriente.
Cecilia parecía hecha a su medida. No solo pertenecía a una familia impecable, sino que era elegante, hermosa, inteligente y querida por todos. Para Santiago, ella era ese premio que todos deseaban pero que él había conseguido. Y aunque decía amarla, en el fondo sabía que no entendía del todo qué era el amor. Su corazón seguía intacto, frío, como si nunca hubiera sido tocado por ese sentimiento.
Ese día, la familia García estaba de celebración: Tatiana, la hermana menor de Cecilia, se graduaba de la preparatoria. Tenía dieciocho años, apenas dos menos que su hermana, pero la diferencia entre ambas iba mucho más allá de la edad.
Cecilia era segura de sí misma, coqueta y popular. Tatiana, en cambio, vivía a la sombra. De niña, un accidente automovilístico le arrebató a su madre y dejó en su rostro una cicatriz que aún llevaba como un peso. Recordaba la lluvia golpeando el cristal, sus dedos dibujando corazones en el vapor de la ventana… y, después, el caos, el dolor y la pérdida. Desde entonces, la belleza que había tenido se convirtió en un recuerdo borroso.
Las operaciones, el dolor y las miradas curiosas de los médicos solo la hicieron desear desaparecer. La depresión se convirtió en su compañera constante, la soledad en su refugio. Bajo ropa ancha y con el cabello cubriéndole el rostro, trataba de ocultar aquello que la marcaba. En silencio, miraba a Cecilia vivir lo que ella creía que jamás tendría.
Para Tatiana, su hermana era más que familia; era casi una madre. Cecilia, consciente del papel que había asumido, organizaba su fiesta con esmero. Quería que ese día fuera perfecto para ella.
—¿Vas a venir? —preguntó a Santiago, aunque ya conocía la respuesta.
—Lo siento, estoy muy ocupado. No creo que pueda ir a la fiesta de Tatiana —respondió él, antes de colgar y besar a Diana, su secretaria, que se acomodaba sobre él sin pudor.
Cecilia no se sorprendió. Hacía tiempo que Santiago no estaba presente en su vida. Y hacía tiempo que, en silencio, ella había dejado de imaginar un futuro a su lado. Con Carlos, el primo humilde de Santiago, había descubierto algo diferente: un amor sin pretensiones, donde el dinero y los apellidos no tenían valor. Un amor que la hacía sentir viva.
Carlos Brie, el primo humilde de Santiago, había crecido con un destino muy distinto. Su padre había sido apartado del testamento familiar, dejándolos prácticamente sin nada. Aprendió a trabajar desde joven y a valorar lo que conseguía con esfuerzo. Esa visión de la vida, tan opuesta a la de Santiago —acostumbrado a tenerlo todo sin levantar un dedo—, era precisamente lo que atraía a Cecilia más de lo que estaba dispuesta a admitir.
Santiago, en cambio, mantenía una aventura con su secretaria. Con Cecilia nunca había ido más allá de besos y caricias superficiales. Quería que llegara virgen al matrimonio, aferrado a una idea machista de que la mujer que estuviera a su lado debía ser intachable y sumisa.
Esa tarde, Peter lo llamó para pedirle algo que llevaba tiempo esperando.
—Quiero que esta noche formalicemos tu compromiso con Cecilia. Estarán las personas más importantes y creo que es momento de fijar la fecha de la boda —dijo con la determinación de quien planea el futuro de alguien más.
Santiago aceptó sin dudar. Confiaba plenamente en Peter y, si él creía que había llegado el momento, así debía ser.
Llegó a la fiesta y, como siempre, fue rodeado por saludos y sonrisas cargadas de interés. Sabía que lo admiraban más por su apellido que por su persona, y no le importaba. Peter lo abrazó con afecto.
—Vamos a hacer el anuncio. Busca a Cecilia, está en la casa.
Santiago subió las escaleras. Antes de llegar a la habitación de su prometida, un murmullo apagado lo detuvo frente a la puerta de Tatiana. Estaba entreabierta. Se acercó y, sin pensarlo, se escondió en el pequeño pasillo.
La escena lo dejó helado: Tatiana, con el vestido enrollado en la cintura, se movía sobre una almohada, los ojos cerrados, mordiéndose el labio. Sus manos enredaban su cabello mientras su voz, apenas un susurro, escapaba cargada de deseo.
—Así… así… Santiago —pronunció.
La joven se masturbaba dejándose llevar por el deseo, y era el el dueño del mismo.
Él jamás la había mirado de esa manera. Siempre había sido la sombra silenciosa de la casa, invisible ante todos. Pero en ese instante descubrió en ella una sensualidad inesperada, lo bastante potente para despertarle un impulso que no quiso controlar.
Un suspiro profundo y un leve temblor en sus piernas anunciaron su final, Tatiana lanzó un gemido mientras sonreía y caía sobre la cama satisfecha.
Santiago se retiró en silencio, con una sonrisa cargada de soberbia. No podía negar que le gustaba saberse objeto de un deseo tan intenso, aunque para él Tatiana siguiera siendo “el fantasma de la casa García”.
Entró entonces a la habitación de Cecilia, dispuesto a llevarla al salón. Pero el impacto fue inmediato: ella estaba besando a Carlos.
—¿Qué demonios pasa aquí? —rugió, lanzándose sobre su primo y derribándolo de un golpe.
Cecilia se interpuso, ayudando a Carlos a levantarse.
—Lo siento, Santiago —murmuró, intentando calmarlo.
Él la agarró del brazo y la sacó de la habitación. Carlos quiso seguirlos, pero Cecilia lo detuvo con la mirada.
—¿Qué fue eso? —preguntó Santiago, furioso—. Ese idiota solo quiere tu dinero. Si fue por unos tragos, puedo olvidarlo.
Incluso él se sorprendió al escuchar sus propias palabras: estaba dispuesto a perdonar una infidelidad por no perder la idea de tener una familia con ella.
Cecilia bajó la mirada, respiró hondo y dijo con firmeza:
—No me quiero casar contigo. Amo a Carlos.
Le devolvió el anillo que había pertenecido a la madre de Santiago y se alejó, dejándolo con el orgullo hecho añicos.
—¿Qué pasa? Escuché gritos… —Tatiana apareció en el pasillo, asustada.
Santiago la miró, apretando el anillo entre los dedos.
—Tu hermana… se ganó al peor de los enemigos, porque te juro que le haré la vida imposible.
