Librería
Español
Capítulos
Ajuste

Capítulo 5: Discrepancias Fiscales

El mármol del vestíbulo de la Fundación De Santis solía devolverle a Bianca una sensación de refugio y pulcritud. Sus techos altos de casetones dorados, las molduras restauradas del siglo XVIII y el murmullo respetuoso del personal administrativo siempre habían sido el testimonio palpable del honor de su estirpe. Sin embargo, al cruzar el umbral aquella tarde, arrastrando los pasos con una compostura ensayada, el aire señorial se le antojaba enrarecido, saturado de un hedor clandestino a pólvora y grasa de fusil que aún quemaba sus fosas nasales.

Se encerró en su despacho principal, giró la traba de bronce de la puerta y apoyó la espalda contra la madera maciza, dejando escapar el aliento entrecortado que llevaba conteniendo desde las bodegas.

Tenía las manos frías. Se quitó la chaqueta de cuero negro y la arrojó sobre el sillón Chester de cuero tabaco. En el baño privado anexo, abrió el grifo del lavabo y se enjuagó la cara con agua helada. Al mirarse al espejo, vio a una extraña: los ojos verdes, habitualmente serenos y diplomáticos, estaban encendidos por una mezcla volcánica de rabia, náusea y orgullo herido. Pasó una toalla por su cara, no había espacio para el llanto. El dolor de la sospecha y de los engaños de Alessandro se había transformado en una necesidad punzante de justicia.

«No son botellas de reserva», se repitió, recordando el brillo acerado del armamento táctico oculto bajo las barricas de roble. Su marido no solo estaba mancillando el lecho conyugal con el veneno de jazmín negro; estaba utilizando los muelles, los permisos arancelarios y el nombre de tres generaciones De Santis como salvoconducto para una red de contrabando criminal.

Volvió al escritorio de caoba y encendió su terminal de trabajo corporativo, una estación protegida por protocolos de doble factor biométrico. Conectó la memoria USB cifrada donde había descargado los manifiestos de exportación horas atrás.

Bianca no era una heredera ornamental. Se había graduado con honores en Derecho Corporativo y Fiscal en Bolonia, dominaba los entresijos de las estructuras fiduciarias y conocía los balances del holding familiar al céntimo. Si Alessandro pretendía esconder un monstruo contable bajo el paraguas De Santis, ella encontraría el rastro de sangre en los números.

Comenzó por auditar la filial más antigua y prestigiosa del grupo: Agroalimentare De Santis & Co., la matriz que englobaba los olivares premium, las bodegas y la división logística. En apariencia, los libros cerraban sin fisuras: las auditorías externas de los últimos dos ejercicios mostraban beneficios estables, reinversión en maquinaria agrícola y un flujo constante de exportaciones a través del puerto de Livorno.

Pero cuando Bianca cruzó los asientos del libro mayor con las cuentas bancarias operativas, las discrepancias comenzaron a saltar como esquirlas de cristal.

—Aquí estás, cobarde... —murmuró entre dientes, mientras sus dedos tecleaban sin tregua sobre la superficie.

A lo largo de los últimos ocho meses, Agroalimentare había emitido pagos millonarios por supuestos "servicios de flete marítimo especializado" y "consultoría de logística en tránsito". Cifras astronómicas que superaban con creces las tarifas de mercado: transferencias de ochocientos mil, un millón doscientos mil y hasta dos millones y medio de euros fraccionados en remesas periódicas.

El destinatario recurrente de esos fondos no era ninguna de las navieras comerciales con las que la familia trabajaba habitualmente. El capital fluía hacia una entidad denominada Adriatic Meridian Shipping Ltd., domiciliada en un apartado postal de La Valeta, Malta, con cuentas matrices en Chipre.

Bianca ingresó a las bases de datos internacionales del registro mercantil europeo a través de su acreditación legal. La pantalla tardó unos segundos en cargar el expediente de la naviera.

Lo que encontró confirmó sus peores sospechas. Adriatic Meridian Shipping era una clásica sociedad pantalla: capital social de apenas tres mil euros, constituida hace menos de un año, sin oficinas físicas declaradas, con directores fiduciarios nominales que figuraban en otras cincuenta empresas offshore y sin un solo buque de carga registrado a su propio nombre. Lo único que poseía eran contratos de arrendamiento financiero sobre bodegas en puertos secundarios y derechos de cesión de contenedores.

Un cascarón vacío creado con un único propósito: absorber el capital limpio de los De Santis para fondear operaciones invisibles en el Mediterráneo oriental y blanquear las ganancias ilícitas antes de que tocaran el sistema bancario italiano.

Bianca sintió una presión ardiente en el pecho. Alessandro no estaba improvisando; había construido una tubería clandestina para desangrar el patrimonio de su familia. Cada euro desviado hacia esa naviera fantasma era un clavo en el ataúd corporativo de los De Santis si la Guardia di Finanza o la fiscalía antimafia abrían una investigación formal. Y legalmente, como directora del departamento jurídico de la corporación y apoderada mancomunada, su firma figuraba al pie de los poderes generales otorgados a Alessandro.

—Me utilizaste como escudo —dijo al aire desierto del despacho, con la voz quebrada por una furia fría y demoledora. —Si esto cae, caigo yo primero.

Continuó tirando del hilo contable. Al profundizar en los contratos de cesión de derechos de flete entre Agroalimentare y Adriatic Meridian, se topó con un anexo confidencial fechado hacía tres semanas. Era un contrato de prenda sobre activos inmobiliarios: Alessandro había colocado como aval de crédito dos de los almacenes históricos de la familia en Livorno para respaldar una línea de financiamiento sindicado.

La autorización llevaba la firma escaneada de su padre —fallecido el invierno anterior— y la ratificación notarial otorgada mediante un poder que ella jamás había visto ni visado. El fraude era masivo, premeditado y descarado.

De pronto, el pitido del teléfono fijo sobre el escritorio la arrancó del trance de su auditoría:

El identificador de llamadas mostraba la extensión de recepción principal de la planta baja. Bianca respiró hondo, tragó saliva para templar el temblor de su garganta y levantó el auricular.

—¿Diga? —respondió, adoptando su tono impecable de abogada senior.

—Doctora De Santis, disculpe la interrupción —dijo la voz de Giulia, la recepcionista—. El señor Moretti acaba de entrar al edificio. Va subiendo por los ascensores ejecutivos hacia su piso. Preguntó si usted seguía en el despacho.

Una corriente de adrenalina le recorrió el vientre.

—Gracias, Giulia. Déjalo pasar —ordenó con fingida serenidad antes de colgar.

Bianca se movió con rapidez felina. Sabía que no podía dejar rastro de lo que estaba mirando. Desconectó la memoria USB, cerró las pestañas del registro mercantil y del sistema contable, y abrió en pantalla un pliego de condiciones estándar para una donación educativa de la Fundación. Guardó el pendrive en el bolsillo interior de su bolso de mano, lo cerró y lo colocó detrás de una pila de carpetas físicas de archivo.

Apenas se sentó y alisó la tela de su blusa, el pomo de la puerta giró. La puerta se abrió y la imponente figura de Alessandro Moretti recortó el umbral.

Llevaba el traje a medida impecable, el porte arrogante y su cabello canoso peinado hacia atrás con elegancia consumada. Sin embargo, la mirada analítica de Bianca, ahora despojada de cualquier venda de ingenuidad, detectó las sutilezas de la degradación: la corbata no tenía el nudo perfecto con el que había salido de casa por la mañana; la camisa de hilo exhibía una arruga forzada en el cuello y, al acercarse a su escritorio, el rastro del perfume de la otra mujer flotó en el aire, superpuesto a su colonia habitual como una firma indeleble. Venía directamente de los brazos de ella.

—Giulia me dijo que estabas aquí —dijo Alessandro, con una sonrisa suave impostada. Rodeó el escritorio con pasos lentos y seguros, exudando esa confianza depredadora que siempre utilizaba para dominar las conversaciones. —Pensé que después de visitar las bodegas volverías a la residencia a descansar.

El corazón de Bianca martilleó contra sus costillas, pero no desvió los ojos verdes. Sostuvo la mirada con una frialdad que desconcertó al hombre.

—Tenía trabajo atrasado de la Fundación —respondió con voz modulada y firme, señalando el monitor con la barbilla. —Revisaba presupuestos de becas. ¿Tú dónde estabas? Creí que tenías un almuerzo con los banqueros de Milán.

Alessandro apoyó una mano en el respaldo del sillón de Bianca y se inclinó sobre ella. La invasión de su espacio era calculada, una demostración tácita de posesión. El olor denso y ajeno de la otra mujer le revolvió el estómago, pero apretó los dedos bajo el borde del escritorio para no retroceder.

—Reuniones tediosas con inversionistas, nada que deba preocuparte —dijo él, bajando la voz a un tono falsamente íntimo mientras estiraba la mano para acariciarle la mejilla con los nudillos. —Me preocupas tú, Bianca. Te noto tensa desde anoche. Esta mañana... y ahora encerrada aquí. Pareces una extraña.

—Estoy cansada, Alessandro. Administrar el legado de mi padre exige rigor. Especialmente cuando los números de exportación se mueven tanto.

El rostro de Alessandro se tensó por una fracción de segundo; una sombra fugaz de alerta cruzó sus pupilas oscuras antes de volver a sonreír con condescendencia.

—Ya te dije que de la logística y los números de los muelles me encargo yo, mi amor. Tu padre confiaba en mí, y tú deberías hacer lo mismo. No compliques las cosas buscando problemas donde solo hay expansión comercial.

Se inclinó para besarla en los labios, buscando sofocar cualquier réplica con la autoridad carnal de siempre. Bianca no se apartó, pero mantuvo los labios sellados, inertes, ofreciendo una sumisión de hielo que Alessandro interpretó simplemente como fatiga.

—Vámonos a casa —dijo él, enderezándose y consultando su reloj de oro—. Cenaremos en la villa. Tengo que revisar unos contratos antes de que acabe el día.

—Adelántate —replicó ella, apagando el monitor con calma metódica. —Cierro los expedientes de la Fundación y salgo en mi coche en diez minutos.

Alessandro la contempló un instante más, evaluando la distancia que emanaba de ella, antes de asentir con un gesto displicente.

—No tardes —dijo, dándose la vuelta y abandonando la estancia con paso seguro.

Cuando la puerta se cerró tras él, Bianca soltó el aire de golpe. Su mano temblaba de ira, pero su mente estaba más lúcida que nunca. Tomó su bolso, recuperó el pendrive con las pruebas del desfalco y los contratos ficticios de Adriatic Meridian Shipping, y apagó las luces del despacho.

Al otro lado de la calle, estacionado en la penumbra que proyectaban los árboles de la plaza pública, Tiziano Rinaldi permanecía sentado en su camioneta.

A través de los cristales ahumados y con los auriculares sintonizados en la señal del dispositivo de escucha que había instalado en el vehículo de Alessandro, Tiziano había seguido los movimientos del esposo infiel desde el restaurante donde Laura Vitale había dictado la sentencia de muerte.

Vio salir a Alessandro por las puertas de cristal de la Fundación, subir a su deportivo y arrancar hacia la colina. Tres minutos más tarde, la figura esbelta de Bianca emergió del edificio señorial.

Caminaba sola bajo el crepúsculo dorado de la tarde toscana. Vestía pantalones oscuros, la chaqueta de cuero y llevaba el bolso aferrado al pecho con una firmeza protectora que denotaba que cargaba algo de valor incalculable. En su paso no había la fragilidad de una esposa engañada al borde del llanto; había la cadencia rígida y calculadora de un soldado en territorio hostil.

Tiziano apoyó los dedos en el volante, sintiendo un latigazo en la sien.

«Ya lo descubrió todo», pensó el exmilitar, leyendo el lenguaje corporal de la abogada con la precisión de quien ha rastreado objetivos en zonas de guerra. «Tiene las pruebas en las manos, y no sabe que acaba de firmar su propia condena».

Encendió el motor de la camioneta sin activar las luces, colocándose a una distancia prudente mientras el todoterreno de Bianca se incorporaba a la avenida. Su encargo original era interceptarla y preparar el fatal "accidente", pero mientras contemplaba la nuca erguida de Bianca a través de su parabrisas, la orden de ejecución quemaba en su bolsillo como carbón encendido.

La cacería había dejado de ser un trabajo mercenario; se había convertido en un tablero de ajedrez donde el cazador estaba a punto de romper las reglas para evitar que despedazaran a la reina.

Descarga la aplicación ahora para recibir recompensas
Escanea el código QR para descargar la aplicación Hinovel.