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Capítulo 8

Inclina la cabeza como si intentara decidirse. —Sí y no. El apodo que me ponía mi familia era Little Rodrigo Figueroa. Me río, pero me tapo la boca con culpa. Cállate—, dice en tono de broma. —Obviamente, fue una maldición cuando empecé la escuela, así que mentí y les dije a todos que mi apodo era Dante hasta que se quedó—.

—La pubertad debió de ser una época buena para ti— digo. Parece confundido. —Ya sabes. Porque tu pito pequeño dejó de ser pequeño—.

Dante se ríe tan fuerte que casi llora. Me río con él. —Eres insoportablemente adorable—, dice mientras se seca las lágrimas. Sonrío tímidamente y doy un sorbo a mi copa.

No han pasado ni cinco minutos cuando llega la comida. Ambos nos iluminamos, babeando ante el enorme festín que se nos ofrece. —Me alegro de que ya hayamos hecho el amor, porque te vas a asquear cuando veas lo que voy a hacer con esta comida—, le digo.

—Eso no es cierto. Me gustan las mujeres que saben comer— Me mira coqueta y me sonríe con su sonrisa escotada. Siento que se me enrojecen las mejillas y me distraigo con un nacho. —¿Eres de aquí?—, me pregunta.

—No, no soy de aquí.

Crecí en Viña del Mar, Concepción, donde juegan los Dallas Cowboys, y luego me mudé aquí durante el instituto. ¿De dónde eres tú?.

—De Valparaíso—

—¿En serio? No tienes mucho acento—

Él se ríe.

—No, creo que Región Metropolitana ha eliminado la mayor parte, pero todavía se nota cuando estoy nervioso—

—¿Tienes hermanos?—

—Sí, tengo tres hermanos mayores y una hermana pequeña—

—¿Cinco hermanos? Debe de ser un infierno—

Se ríe. —Lo era y lo sigue siendo. Vengo de una familia italoamericana muy estereotipada; somos un grupo de personas ruidosas y con mucha personalidad—.

Sonrío al imaginar la tranquilidad y la amabilidad de Dante peleándose con sus hermanos cuando era niño. ¿Cómo pasó de eso a ser el hombre que es ahora?

—Entonces… ¿Cómo llegaste exactamente a tu sector profesional?

—¿El porno?— sonríe.

No le da vergüenza hablar de su trabajo. —Bueno… Después de la preparatoria, me mudé a Región Metropolitana con la esperanza de convertirme en actor, como todo el mundo—. Lo miro mientras habla entre bocado y bocado. —Cuando fui a una audición, me ofrecieron ser modelo. No fue hasta que llegué al rodaje cuando me di cuenta de que tenía que quitarme la ropa—. Abro mucho los ojos y me tapo la boca, que está demasiado llena. —Una cosa llevó a la otra y empecé a hacer fetichismo. Luego me ofrecieron hacer escenas y acepté—.

—Entonces, ¿siempre has deseado tener mucho sexo?—

—No, quiero decir que creo que es el sueño de cualquier hombre: acostarse con cientos de mujeres guapas y que te paguen por ello. Pero la realidad es que no hay tanto sexo. Al principio eran una o dos escenas a la semana, mientras tenía otro trabajo para llegar a fin de mes. Ahora son quizá dos al mes, porque soy muy caro

me sonríe descaradamente antes de dar un bocado. Mastica y dice: —Si solo fuera para echar un polvo, no habría hecho escenas gay—. Mis ojos se abren con entusiasmo. —¿Has hecho escenas gay?

—Sí.

—¿Cómo no me di cuenta? ¿Cómo?

—¿Te consideras bisexual?

—No, soy muy heterosexual.

—Entonces, ¿por qué lo hiciste?

—Porque pagaban cuatro veces más y necesitaba pagar el alquiler. Para mí tenía mucho sentido. —El trabajo sexual es trabajo sexual. He hecho muchas cosas que no me gustaban por dinero—. Sonrío alegremente ante sus palabras. —¿Tu familia sabe lo que haces?—. Él negó con la cabeza. —¿Te apoyan?—. Parecía perturbado. —En absoluto. Pero basta ya de hablar de mí—, dijo, cambiando rápidamente de tema. —¿Y tú?—.

—¿Y yo entonces?—

—¿Cuál es tu historia?—

Termino de masticar mi bocado, que es demasiado cremoso. —No tengo historia—, miento.

—Todo el mundo tiene una historia—

Lo miro con vacilación. Me mira fijamente con sus ojos marrones, como si viera claramente mi astucia. Soy sincera, sí, pero es un mecanismo de defensa. No me gusta hablar de mí misma porque no quiero admitir lo que he vivido ni lo que he hecho. La mayoría de la gente nunca se acerca lo suficiente como para darse cuenta, y eso es exactamente lo que prefiero. Dante no iba a ser diferente, aunque se follara bien.

—Estoy haciendo una maestría acelerada. Todo lo que hago es estudiar y trabajar en horarios extraños en el hotel, respondo para llevar la conversación a un terreno seguro.

—¿Cuál es tu asignatura principal? —pregunta. Me relajo cuando veo que mi estrategia ha funcionado.

—Una maestría en enfermería para convertirme en enfermera practicante. Quería estudiar medicina, así que elegí la opción menos costosa en términos de deudas—

—Así que eres divertida, sexy e inteligente—

—Lo soy— admito con orgullo. —Pero trabajo como una loca. No se nace Magna Cum Laude, hay que ganárselo—.

—¿En serio?— Asiento sin pensarlo. —Sabía que había una razón por la que me gustabas tanto—. Me sonríe y algo hace clic en mi interior. Siento un nerviosismo en el pecho.

—Dante… —Empiezo a preguntar. —¿Se supone que esto es una cita?—, le pregunto.

Me dedica una sonrisa encantadora. —¿Quieres que lo sea?— No sabía cómo responder. —No se suponía que fuera una cita, en sí. solo quería volver a verte—.

Intento no reírme.

—¿Volver a verte? ¿Por qué?

—Creo que eres una persona de verdad genial y un gran disfrutador—

—Vaya— me río. —Es un gran cumplido viniendo de ti—.

—Bueno, es cierto. Por cierto… Es raro que una mujer descubra que hago porno y aún así quiera acostarse conmigo. Y menos aún salir después sin volverse loca—

Me río. —Lloré después de tener sexo. ¿No te parece suficientemente loco?—.

—No— Me sonríe mientras se lame lentamente la punta del pulgar. —¿Vendrás a verme mañana antes de irte?—.

Lo miro con incredulidad. —De acuerdo, mi vagina no puede ser tan buena—.

—Oh, pero lo es—

Niego con la cabeza y pongo los ojos en blanco. —Mañana tengo prácticas todo el día. Necesito estudiar—.

—¿Entonces esta noche?—

Suspiro. —De verdad que no puedo. Tampoco es una situación en la que vaya a cambiar de opinión en cinco minutos—.

Hace un puchero cuando Claudia viene a traer la cuenta. Saco la cartera, pero él ni siquiera finge que le importa.

Cuando nos vamos, Dante me acompaña hasta mi coche como un caballero. Abro mi oxidado Civic del 2005, pero él pone una mano en la puerta para impedir que me marche.

—¿Estás segura de que no puedo hacerte cambiar de opinión?— pregunta. Bajo la mirada al suelo para ocultar mi sonrisa y luego la vuelvo a levantar para mirarlo. Me mira fijamente y mi respiración se acelera. Siento dolor en la piel al recordar lo que se siente al tenerlo cerca. Me encantaría poder dejarme llevar una vez más, pero ya he corrido suficientes riesgos.

Pongo mi mano en su mejilla y él se acurruca contra ella mientras me mira a los ojos. —Tienes mi número. Si no me olvidas cuando te vayas, llámame. Me inclino hacia él y le beso en los labios. Él me corresponde con entusiasmo y coloca una mano detrás de mi cabeza. Aparto lentamente los labios de los suyos y sonrío al ver que parece un poco triste. —Adiós, Dante—.

Pero no estaba preparada para esto: Duda un momento y luego se aleja soltando mi mano…
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