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Capítulo 1

Aylén.

Aprendí muy pronto, a golpes y silencios, a no llorar jamás en voz alta.

No lo hacía porque el dolor fuera menor, sino porque en las cuatro paredes de esta casa las lágrimas nunca conseguían consuelo; eran estrictamente el combustible para la burla, la prueba irrefutable de que yo era, una vez más, el eslabón más débil, la vergüenza viviente que manchaba el apellido familiar.

—Levántate de una buena vez.

La voz cortante de mi madre cayó sobre mí como un látigo antes incluso de que el primer rayo de sol terminara de rasgar el cielo oscuro de la madrugada. Sentí el impacto de su bota en el costado de mi pierna, un golpe seco y desprovisto de piedad, antes de terminar de comprender que estaba completamente despierta. Su pie me empujó con asco e impaciencia, obligándome a moverme como si fuera un viejo objeto arrumbado que estorbaba el paso en el pasillo.

—¿Otra vez fingiendo que estás enferma en el suelo para evitar tus deberes? —escupió con desprecio, cruzándose de brazos—. Muévete de una vez, Aylén. No te voy a repetir la orden.

Me incorporé con extrema torpeza, sacudida por un escalofrío. El dolor sordo en las costillas seguía ahí, punzante e inalterable, como cada maldita mañana de mi vida. Mi respiración salió entrecortada, un silbido leve que intenté sofocar de inmediato. Nunca decía nada en mi defensa; las pocas veces que lo intenté en el pasado, las consecuencias solo consiguieron empeorar las cosas hasta convertir cada jornada en un infierno más denso.

—Mírala bien —intervino mi padre desde el marco de la puerta de la cocina, con el rostro endurecido por la decepción—. Tan inútil y débil como siempre. Una supuesta Luna que ni siquiera es capaz de mantenerse en pie por su propio esfuerzo... Qué maldita vergüenza para nuestra sangre.

Apreté los dientes con tanta fuerza que sentí el metal de mis muelas chocar, tragando saliva para contener el nudo que amenazaba con ahogarme.

Nací con una extraña marca plateada grabada sobre la piel del pecho, un diseño irregular, difuso e incompleto que los ancianos examinaron con gestos sombríos cuando era apenas una niña. Según los sabios de la tribu, se trataba de una señal inequívoca de una luna rota, una bendición caprichosa y fallida de los dioses. A partir de ese momento exacto, mi cuerpo comenzó a desarrollarse de forma distinta: fui más frágil, enfermiza y quebradiza que el resto de los jóvenes de la comunidad, con una energía interna tan volátil que parecía consumirme por dentro. Y lo peor de todo: mi lobo interior permaneció en un silencio sepulcral. Inexistente. Mudo.

—Una Luna defectuosa —había dictaminado mi madre años atrás, mirándome como si fuera una plaga—. La Diosa Luna debió cometer un error imperdonable al crearte.

Ese error con patas, esa mancha en la estirpe, era yo.

Minutos más tarde, en la mesa del desayuno, **Elara** ocupaba con elegancia su lugar habitual. Erguida, hermosa, intocable, con el cabello brillando bajo la luz del amanecer y una salud envidiable. Su aura natural era fuerte, clara, luminosa, la viva imagen de la perfección. La candidata ideal para cualquier manada. La hija perfecta que mis padres soñaban mostrar al mundo.

—¿Otra vez vas a llegar tarde a tus obligaciones, Aylén? —dijo con total indiferencia, sin siquiera dignarse a girar el rostro para mirarme mientras removía el contenido de su taza humeante—. Siempre estás buscando la forma de dar problemas y retrasar a los demás.

Intenté tomar asiento en la orilla del banco más alejado, pero mi madre se adelantó con un movimiento brusco y retiró el cuenco de gachas antes de que mis dedos pudieran rozar la cerámica.

—Primero terminas todo tu trabajo en el patio y los establos —sentenció con frialdad—. Si para entonces sobra algo de comida, tal vez puedas probar un bocado. Si no, te aguantas.

Asentí en silencio, bajando la mirada hacia mis zapatos gastados.

Salí al exterior con el estómago vacío, sintiendo el crujir hueco de mis entrañas, mientras el aire gélido de la mañana me cortaba la piel descubierta de los brazos. Comencé la rutina cargando los pesados cubos de agua desde el pozo hasta los cobertizos traseros. Mis músculos temblaban por la fatiga acumulada. En un descuido, uno de los recipientes resbaló de mis manos entumecidas y se volcó por completo, derramando el líquido helado y empapándome los pies hasta los tobillos.

No vi venir el golpe preventivo.

La bofetada abierta me hizo girar el rostro con violencia, y un sabor metálico e inmediato a sangre llenó el interior de mi boca.

—¡Eres una inútil total! —gritó mi madre, desfigurada por la rabia, sacudiendo las manos—. ¿Tienes la menor idea de lo que cuesta acarrear esa agua y mantener este lugar en orden?

Me llevé una mano temblorosa a la mejilla, sintiendo el ardor expandirse rápidamente bajo su marca.

—Lo siento… yo no quise…

—¡Cállate la boca! —me empujó con fuerza desmedida en el pecho—. Si al menos sirvieras para asegurar una alianza como Luna, te toleraría... pero como no sirves para nada, al menos aprende a comportarte como la criada que estás destinada a ser.

Perdí el equilibrio y caí de espaldas sobre el suelo duro. El impacto contra la tierra seca me sacó todo el aire de los pulmones, dejándome boqueando. A mi al rededor, nadie se movió para ayudarme a levantar. Ninguna mano amiga se extendió.

Desde la puerta trasera, Elara observaba la escena con una mueca apenas perceptible en los labios. No era una expresión de culpa ni de piedad; era simple fastidio, como si presenciar mi miseria fuera una molestia innecesaria para su mañana.

—Madre —dijo con voz suave, calculando cada inflexión—, no seas tan dura con ella. Al fin y al cabo, no es su culpa haber nacido con tantas deficiencias físicas.

Irónicamente, esas palabras de supuesta clemencia dolieron mucho más en mi interior que el golpe físico de mi madre.

Horas más tarde, mientras me encontraba sola en el rincón más oscuro del cobertizo limpiando las heridas superficiales y la mugre de mis manos en silencio, capturé fragmentos de una conversación proveniente de la ventana abierta de la cocina. Mis padres creían que yo estaba demasiado lejos para escuchar susurros tan bajos.

—Ya no podemos seguir cargando con ella por más tiempo —decía mi padre con un tono de fastidio definitivo—. Es un peso muerto que no nos aporta nada.

—Lo sé —respondió mi madre con frialdad glacial—. Tendremos que encontrar la forma de deshacernos de este estorbo de una vez por todas. Al menos, en el futuro, buscaremos la manera de sacarle algún provecho económico o político antes de que termine de arruinarnos.

Un frío paralizante, mucho más intenso que el del invierno, me recorrió de arriba a abajo por toda la columna vertebral.

Esa misma noche, cuando el dolor punzante en mis costillas se volvió absolutamente insoportable y el resto de la casa quedó sumido en un silencio profundo, me puse de pie a ocultas y salí al exterior sin hacer el menor ruido. Mis pies necesitaban escapar. El bosque oscuro y antiguo que bordeaba los límites de la propiedad siempre había sido mi único y auténtico refugio en el mundo. Entre sus árboles centenarios nadie me gritaba, nadie me llamaba defectuosa, nadie me golpeaba por respirar.

Caminé sin rumbo fijo bajo las ramas cubiertas de musgo, adentrándome en la espesura hasta que las lágrimas de frustración y miedo terminaron por nublarme por completo la vista.

Fue entonces, en medio de la negrura de la medianoche, cuando lo escuché.

Un gemido bajo, profundo, gutural, cargado de un dolor tan inmenso que resonó directamente en mis adentros.

Me detuve en seco, conteniendo el aliento, con el corazón golpeando mis costillas con furia.

Entre las sombras de los matorrales densos, una mole enorme de pelaje oscuro respiraba con extrema dificultad. Un **lobo negro**, de un tamaño imponente y salvaje, yacía tendido sobre la hojarasca, tan grande que la simple estampa hizo que el miedo me helara la sangre. Su cuerpo estaba surcado de heridas profundas y su pelaje aparecía manchado de una sangre oscura que no dejaba de brotar.

Aquello representaba un peligro mortal.

Era la encarnación misma de la destrucción y la muerte para una humana indefensa como yo.

Y, sin embargo... a pesar de todas las advertencias lógicas de mi mente, mis piernas no retrocedieron ni un solo centímetro.

Los ojos del animal se alzaron lentamente hacia mí desde la oscuridad. Eran de un tono dorado, intensos, ardientes, absolutamente magnéticos. No había rabia asesina en su mirada herida, ni rastro de furia salvaje. Solo un dolor desgarrador... y algo más profundo. Algo inexplicable que me atravesó el pecho con la fuerza de un eco antiguo.

Inhalé hondo y di un paso deliberado hacia adelante.

El lobo emitió un gruñido sordo y ronco, intentando hacer acopio de sus últimas fuerzas para incorporarse, pero las piernas le fallaron de inmediato y cayó de nuevo contra el suelo, vencido por la gravedad y la pérdida de sangre.

—Tranquilo... —susurré al aire, con la voz temblorosa, sin comprender del todo qué fuerza me impulsaba a hablarle—. No voy a hacerte daño. Te lo prometo.

Lentamente, temblando de pies a cabeza, extendí la mano desnuda hacia la criatura, manteniendo los dedos abiertos y visibles.

Y en el instante exacto en que la distancia entre nuestras pieles y mundos quedó reducida a un solo aliento, sentí algo latir, despertar y sacudirse con violencia dentro de mi propio pecho...

Algo salvaje, cálido y ancestral que jamás antes había conocido.

Como si, por primera vez en toda mi miserable existencia, alguien —o algo infinitamente más poderoso que yo— hubiera logrado verme de verdad a través de la oscuridad.

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