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Capítulo 11

- ¿Quizás, eh...? -

-Sí te escuché y fue terrible.-

—Lo fue, ¿verdad? Perdón por hacerte oír eso. —Se rió de su propia tontería, lo que me hizo fijarme en sus hoyuelos por primera vez.

¡Jodidamente adora-blemente atroz!

- Entonces, ¿qué habría podido hacer para ganarme el honor de tu presencia? - Tenía los codos apoyados en el mostrador, levantando las mejillas.

Le di la invitación para que la leyera. —Hay una cena la semana que viene. Habrá muchas personalidades importantes, así que asegúrate de vestirte lo mejor posible para entonces.

Ella examinó brevemente la invitación antes de responder rotundamente: " No ".

¿Qué?

- ¿Qué dijiste? -

—No, no iré. —Dobla casualmente el papel dentro del sobre y lo desliza sobre el mostrador hacia mí.

—Bueno, la decisión no es tuya. Irás, te guste o no. —

—No. Sigo sin ir. —Negó con la cabeza. De repente, el horno se apagó. —¡Ay, ya está! —Sacó rápidamente sus malditas galletas del horno.

—Oh, ya veo de qué se trata. —Me burlé.

—¡Dios mío, por fin son perfectos! —exclamó, dejando la bandeja sobre el mostrador y observando su creación con gran asombro.

La forma en que ella deliberadamente centró toda su atención en sus galletas y no dejó ninguna para mí empezó a irritarme.

- ¿Estás siendo mezquino porque elegí a Camila en lugar de a ti? -

A ver si todavía me ignora.

Finalmente me miró. Aunque me miró de la manera que más me disgustó. Con esa sonrisa vacía y esos ojos casi vacíos.

—¿Aún así me eliges a mí en lugar de a ella en este asunto?

- Créeme cuando te digo que no tengo elección. -

Ella me miró aburrida por unos segundos y luego volvió a sus malditas galletas. - Oh, ¿dónde está la sal en escamas? -

Eso es todo.

—¡Valentina De la Vega! —cerré de golpe el mostrador.

—Soy Enzo. Valentina Enzo —replicó con tono cortante, casi por despecho—. Y no, la señora no es la razón. No iré hasta que me lo pida como es debido.

Esa fue la primera vez que la escuché levantar la voz.

- ¿Que quieres que esté de rodillas con un puto ramo de rosas en mis manos? -

—No, aunque estaría bien, y me encantan las rosas. —Se aclaró la garganta—. Solo quiero que me lo pidas como es debido. Como un caballero a una dama. —Se cruzó de brazos, ladeando la cabeza. Básicamente, diciéndome que no cederá en esto.

- Ni una puta oportunidad. - Me burlé.

Ella sonrió. - Entonces olvídate de que esta conversación haya ocurrido. -

- Tú … — Me detuve y suspiré.

Aunque me opuse a su absurda exigencia, quiero que esto termine de una vez. Si basta con unas pocas palabras para que vaya a la fiesta, que así sea.

-Rosalinda...-​

—Vale. Llámame Vale. —Me corrigió, con la mirada finalmente suavizada de nuevo, su habitual sonrisa tierna regresó.

- ¿Qué importa? - Apreté los dientes.

- Me gusta que me llamen Vale. - Ella asintió.

Lo que sea que le guste.

- Vale, ¿podrías...? -

Cazzo, ¿por qué es tan difícil?

Lo que lo hizo peor fue verla conteniendo la respiración, con los ojos brillantes de expectación, esperando escuchar atentamente cada una de mis palabras.

Suspiré. Déjale a la chica lo que quiera.

- ¿Te importaría asistir a la cena conmigo? -

Todavía mirándome con esa expresión, ella espera que yo diga esa palabra sagrada para completar la oración.

¡Por el amor de Dios!

—Por favor. —Murmuré la palabra de mala gana.

- Hmm... No. -

- ¡¿Qué?! -

—Pensándolo bien, si tengo que asistir a una fiesta necesito al menos una pareja de baile adecuada. —Dijo, ahuecando su barbilla con su mano.

- ¿Estás diciendo que no soy lo suficientemente bueno? - Me burlé con incredulidad.

¡Qué maldita desfachatez!

Ella se rió entre dientes. —Al contrario, eres un pésimo bailarín. Así que te propongo una clase de baile.

- ¿Un jodido qué? -

-Ya te he dicho antes que te enseñaré, así que lo haré. -

—Propuesta denegada. Te pasaste de la raya, princesa. Te lo pedí justo como querías y punto. Es todo lo que vas a conseguir. Así que o vas a la maldita fiesta, o te arrastro yo misma.

La habitación quedó en un silencio ensordecedor mientras luchábamos unos contra otros con nuestras miradas.

Ella es la primera en romper el silencio, ofreciéndome su bandeja de galletas. - Una hora y media por sesión, tres veces por semana. -

¿Sabes qué? Puede que esté tramando algo.

- Treinta y cinco minutos.- Negocié.

—Vamos, eso es ridículo. Para aprender bien, necesitarás al menos una hora.

- Treinta y cinco.-

Continuará...
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