Capítulo 3
La abuela Rose me esperaba en la parada del autobús a las cinco de la mañana, con un abrigo de franela y un termo de chocolate caliente que sujetaba como si fuera un arma.
Su vieja camioneta estaba aparcada detrás de ella. En el soporte había una escopeta.
—Perdigones de plata —dijo al ver que la miraba—. Sube, cariño.
La abuela llevaba un pequeño restaurante de carretera en la calle Mayor de Silverpine y vivía en el piso de arriba. Me sentó en su cocina, me envolvió en una colcha de retales y me plantó delante un cuenco de estofado de ternera.
—Primero comes. Luego lloras.
Comí. Por primera vez en meses, la comida sabía a comida y no a obligación.
Después se lo conté todo. Lydia. Las reuniones. El baile. El decreto.
Me escuchó sin interrumpir. Su cara pasó de la preocupación a la furia.
Cuando terminé, dejó la taza en la mesa con tanta fuerza que tintinearon las cucharas.
—Ese hombre nunca te ha merecido. Y como alguno de sus perros venga a husmear por mi restaurante, va a aprender lo que le hace la plata a un pellejo.
Casi me reí.
Entonces se acercó más. Y olfateó.
Todo su cuerpo se puso rígido.
—Ivy. ¿Cuánto tiempo llevas tomándote esa infusión?
—¿La de Lydia? Tres años. ¿Por qué?
La abuela me agarró la muñeca y pegó la nariz a la cara interna. Cuando se apartó, le ardían los ojos. Dorados. Dorado de loba.
Nunca había visto sus ojos hacer eso.
—Abuela...
—Tu madre era loba, Ivy. Y yo también. Te lo ocultamos porque tu madre eligió a un hombre humano y quería que tuvieras una vida tranquila. Tu loba debería haber despertado cuando cumpliste dieciocho años.
—Pero nunca llegó. No tengo loba.
—No. —Le temblaba la voz de rabia—. Te han envenenado. Apestas a acónito. Lo tienes en el sudor, en la sangre, en el aliento. Suficiente para dormir a cualquier loba. Suficiente para ocultar tu olor a todas las narices de esa manada.
La habitación se inclinó.
La infusión. Cada mañana. Para los nervios, Luna.
—Lo hizo a propósito —susurré.
—Tres años así. —La abuela me puso la mano en el vientre y la dejó ahí. Su mirada se suavizó—. Y debajo de todo ese veneno, oigo un segundo latido.
Me quedé helada.
—¿De cuánto estás?
Me había enterado tres días antes de la gala. El baño de una farmacia. Dos rayitas rosas. Las manos temblando.
—De seis semanas.
La abuela cerró los ojos. Cuando los abrió, estaban húmedos.
—¿Lo sabe él?
—No. Iba a rechazarme delante de toda la manada. Este cachorro no cambiaría nada para él.
—¿Y para ti cambia algo?
Puse las dos manos sobre las suyas.
—Todo.
—Entonces te quedas aquí. Descansas, te curas y dejas que ese veneno salga de tu cuerpo. Y lo demás lo resolvemos juntas.
Esa noche llegó la fiebre.
Estaba tumbada en la cama del cuarto de invitados, empapando las sábanas de sudor, temblando tanto que me castañeteaban los dientes. Me dolían los huesos como si se estuvieran recolocando. Me ardía la piel.
La abuela se sentó a mi lado con un paño frío.
—Te está abandonando —susurró—. Déjalo ir.
Hacia las tres de la madrugada, el dolor se detuvo de golpe.
Y una voz habló dentro de mi cabeza.
Suave. Antigua. Furiosa.
Tres años. Me han tenido a oscuras tres años.
Me incorporé de un salto.
—¿Quién...?
Soy tú. Soy tu loba. Y no pienso volver a dormirme nunca.
Fui tambaleándome al baño y me miré en el espejo.
Mis ojos ya no eran marrones.
Eran plateados. Brillantes, luminosos, plateados como la luz de la luna.
Detrás de mí, la abuela ahogó un grito.
El móvil se iluminó sobre la mesilla. Veintitrés llamadas perdidas. Todas de Kane.
Y un mensaje.
«El vínculo HA DESAPARECIDO. He sentido cómo se rompía. El decreto está firmado. ¿Qué COJONES has HECHO? Vuelve a casa AHORA MISMO, Ivy. Es una orden de tu Alfa».
Me quedé mirando la pantalla.
Se había fijado antes en el papeleo que en mí.
Escribí cuatro palabras.
«Tú no eres mi Alfa».
Y bloqueé su número.
Fuera, un aullido atravesó la noche.
Luego otro. Y otro más.
La abuela estuvo en la ventana en un segundo, con la escopeta ya en las manos.
—Seis lobos en el límite del bosque —dijo—. Con los colores de Blackridge.
El corazón me golpeaba contra las costillas.
—Quédate arriba, Ivy. Oigas lo que oigas.
Bajó las escaleras.
Oí abrirse la puerta del restaurante. La voz de la abuela. Gruñendo.
Entonces el cristal estalló a mi espalda.
Una mano me tapó la boca y me arrastró hacia atrás, a través de la ventana rota, hasta la nieve.