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Capítulo 3

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- dice, lanzando una mirada picante a su marido todavía aturdido.

- No sé cómo es y por favor deja de mirarlo así.

- - Está bien.

Olvidé que odias el amor.

¿Ahora puedo abrazarte y saludarte como es debido? - - No.

Tienes sus gérmenes contigo.

- Ella niega con la cabeza divertida, pero me ignora.

Me abraza muy fuerte y yo le correspondo.

Cómo extrañaba a esta loca.

Me complace comprobar que a pesar de sus tres embarazos todavía se encuentra en muy buena forma.

Delgada, pero con la forma adecuada, una mirada letal capaz de matar a cualquiera y una boca capaz de conseguir todo lo que quiera, especialmente de su marido.

Se ha vuelto a teñir el pelo de negro y tengo que decir que le queda mucho mejor así aunque es extraño porque ya lleva casi diez años llevándolo rubio y fucsia.

Cuando me deja, Gabriele se me acerca y me dice: - Veo que la vejez no te hace mejor, al contrario.

Seguiste el mismo amargado de siempre.

- - Y tú eres el idiota de siempre.

- - ¡Sé que me extrañaste, Satán! - - No.

Ni siquiera un poquito si realmente quieres saberlo.

Más bien, si puedo darte un consejo, evita incluso respirar cerca de mi mejor amiga que aquí no toma mucho y queda embarazada.

Me sorprende que no hayas horneado a un mocoso en dos años.

- - No insultes a mis hijos y no digas lo que puedo o no puedo hacer con mi esposa.

- - Sé que tú también me extrañaste, en el fondo.

- - Si ustedes dos se detienen, tal vez podamos salir de esta habitación y tal vez puedan beber o comer algo.

Imagino que el vuelo fue largo.

- - Una auténtica pesadilla Kristal, pero no tengo hambre en este momento.

Sólo quiero darme una ducha y descansar.

Por cierto ¿cómo carajo puedes decir que hace frío últimamente? Hace cuarenta grados a la sombra y la ropa se me pega a la piel.

- - Lo siento, sabes que ya no estoy acostumbrado al clima de Londres.

- Pongo los ojos en blanco con frustración.

Ahora vive en un mundo aparte.

- ¿ Dónde están los pequeños? - pregunto al no verlos por la casa.

- De Alessandra y Emanuele.

Nos hemos organizado bastante bien a lo largo de los años.

Todos los domingos una de las parejas cuida a los niños y los otros dos se relajan.

El próximo domingo nos toca a nosotros - explica Kristal.

- Buena idea y ¿cuándo volverán? - - Por la tarde.

Sin embargo si quieres puedes ir a visitarlos.

Me imagino que estarán ansiosos por verte.

- - Yo también.

Extrañé tantas cosas sobre sus vidas.

- - No te culpes.

Trabajas mucho y ellos lo saben, pero son niños y se encariñan rápidamente - dice Kristal tratando de hacerme sentir mejor, pero la verdad es que no estoy tan convencida de que tenga razón.

- Claro que si empiezas a comportarte como un ser humano y dejas de hacerte pasar por el diablo podría ser mejor - señala ese imbécil de Gabriele y en respuesta le muestro el tercer dedo.

- Muy maduro de tu parte.

- - Lo sé.

Sin embargo, ya no quiero estar cerca de ti y necesito quitarme esta ropa con urgencia.

Voy a mi cuarto, siempre es lo mismo ¿no? - Kristal asiente y luego me quito los tacones y los lentes y empiezo a correr por el pasillo para luego subir las escaleras que llevan al piso principal y nuevamente las que llevan al segundo.

Me detengo para recuperar el aliento por unos segundos y luego escucho a Gabriele gritar detrás de mí: - Detén a Dela.

Quizás sea mejor si te alojas temporalmente en otra habitación.

Ése no está ordenado y Kristal no quiere que lo ocupes.

- - Dile que no se preocupe y ya que estás, sube las maletas pesadas por mí.

- - Desy no entres.

Escúchame por una vez. . .

- Demasiado tarde.

Abro la puerta de mi habitación e inmediatamente escucho un terrible estrépito proveniente del interior.

Grito del increíble susto y cuando me calmo, me encuentro frente a la última persona que alguna vez quise ver.

Cabello negro corto, ojos verdes, piel bronceada, cuerpo tatuado y mirada asesina.

Una combinación mortal que, sin embargo, hace once largos años me hizo capitular instantáneamente.

Todo este tiempo ha perseguido mis pesadillas y sueños eróticos.

Él representa mis deseos más oscuros, todo lo que quiero, pero nunca tendré y es mi culpa.

Lo engañé y arruiné nuestra relación.

Yo era dueño del corazón de ese chico y ahora me encuentro frente a un extraño con el mismo nombre: Sebastian Muller, seis pies de perfección y maldad.

Me mira directamente a los ojos y no puedo moverme ni decir una palabra.

No esperaba verlo aquí, pero ahora sé que Kristal y Gabriele tenían todo planeado.

- ¿Bien, que estas haciendo? ¿Me ayudarás a levantarme o te quedarás ahí y serás una linda estatuita? - Su voz profunda atraviesa mi cráneo y hace trizas mi corazón.

- ¿Qué carajo estás haciendo aquí? - despotrica.

- ¡ Cortés y refinado como siempre lo veo! En fin la casera me obligó a colgar esos putos cuadros en tu habitación y así con toda la paciencia que no tengo, tomé una puta escalera y estaba a punto de hacerlo hasta que un elefante abrió la puerta de repente haciéndome terminar con el culo.

en el suelo y la escalera encima de él.

- - Cómo carajo podría saber que estabas detrás de la puerta del cuarto si nadie me dice nada.

Y entonces esta es mi habitación, no deberías estar aquí.

De hecho, para ser más precisos, ni siquiera deberías quedarte en esta casa.

- - Culpa a Kristal, no a mí.

Ella me obligó a hacer esta mierda.

Para mí, podría simplemente tirar las fotos al mar.

- ¡ Joder, qué situación más terrible! Dejo caer los talones al suelo y golpeo constantemente el suelo con el pie para hacerle saber que estoy ansiosa por que se vaya.

Finalmente se levanta y se acerca demasiado para mi gusto.

Su fuerte aroma almizclado llega a mis órganos sensoriales.

- Pensé que te habías vuelto más hermosa con el paso de los años, pero me equivoqué.

Sólo puede empeorar con la edad.

- - Me alegra saber que en los últimos años has pensado en cómo podría ser yo.

Ni siquiera tuve tiempo, mira.

- Sacude la cabeza molesto por mi respuesta.

¿Pero qué esperaba? Mientras tanto da un paso atrás, toma la escalera y la saca de mi habitación, se quita la camisa y me la tira en la cara: - ¿Qué estás haciendo? - - ¿Mira lo que me he hecho por tu culpa? - Señala un corte profundo que recorre su pectoral.

Debe haber sido provocado por el impacto con la escalera de hierro.

- Espera, ¡llamaré a mamá ahora para que pueda coserte el coño! - - ¿Por qué no me lo coses? - Me mira y me reta con la mirada.

Su tradicional sonrisa de gilipollas aparece en sus labios.

Pero soy alguien que no se detiene.

Me llevo el dedo índice a la boca, lo chupo provocativamente y lo paso por la herida.

- ¡ Desinfecta! - Le digo mientras coloca una mano en la pared detrás de mí y con la otra se aferra a mi blusa, desatando el nudo que la mantenía atada a la cintura y dejando al descubierto el sujetador de encaje rojo.

Aprieta más y más fuerte hasta que incluso hunde sus dedos en mi piel pálida para resistir el ardor.

Mientras tanto me mira y aprieto con más fuerza la herida, pero al mismo tiempo me pierdo en sus ojos verdes hasta que ya no entiendo una mierda.

Y así nos encuentran Kris y Gabriele.

- Desy, lo siento, debería habértelo dicho, ¡pero se me olvidó! - Me sacudo del trance en el que había caído y me alejo.

Volviéndome hacia mi mejor amiga le digo: - ¡ Sisi, claro! - Se encoge de hombros con indiferencia y luego junto con su marido deja mis maletas en el centro de la habitación.

- Pesan mucho.

- - Sé que me encanta, por eso no los subí yo mismo.

Llevo mucho tiempo arrastrándolos por toda la avenida.

- - Sebastian, gracias por ordenar la habitación de Desy por mí.

Ahora salgamos todos y dejémosla descansar en paz.

- - Espera Kristal.

Sólo falta una última cosa.

Si no me equivoco, me dijiste que a Desy le encantan las esencias perfumadas.

Aquí le compré uno precioso color lavanda.

- - ¿Oh sí? ¿Y donde? - pregunto esperando que todos se vayan lo más rápido posible.

En ese momento una voz que viene desde abajo capta la atención de todos.

Se trata de una mujer.

- Permiso - dice una vez aparece en el umbral de mi habitación.

- Melisa hola.

Qué sorpresa.

¿Puedo presentarles a Dela? Ella es la mejor amiga de mi esposa.

Dela, ella es Melissa.

- Le estrecho la mano mientras miro encantada sus ojos azules, cabello rubio y cuerpo perfecto.

Definitivamente es australiana y no tiene más de veinticinco años.

Se acerca a Sebastian temblando, pero sin ser vulgar y le entrega la esencia de lavanda.

Lo agarra y lo pone en la cómoda de mi habitación.

Luego pasa un brazo alrededor de la cintura de Melissa, me mira y la besa.

¡Mi corazón está atravesado por un dolor muy fuerte! ¡Hemos tenido un muy buen comienzo, pienso para mis adentros!

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