Capítulo 9
- Siempre serás mi patito – Sacudo la cabeza y le doy una palmadita en la mejilla. Amy pone los ojos en blanco pero sonríe.
- Hoy tenemos que ir a almorzar a casa de papá - afirma arruinando el ambiente del momento.
" Lo sé ", digo, apretando la mandíbula.
- No creo que nos odie - añade, casi en un susurro, probablemente temiendo mi reacción. Respiro hondo y evito responderle como hizo mamá esa fatídica noche.
- Ciertamente no nos ama, Amy, tienes que entender que enviar dinero a tu familia sólo porque estás obligada por la ley e invitar a tus hijos a almorzar a la fuerza una vez al mes echándoles en cara tus comodidades no es amor paternal. -
Lamento tener que obligarla a crecer tan rápido, es cruel, pero esta es la vida que nos han dado, y nos toca a nosotros aprender a vivir con ella.
Ella huele, pero no llora. Es raro que lo haga, no sé si es bueno o malo, de todas formas ella sabe que siempre estaré ahí para ella, y con eso es suficiente.
- Te vi, ¿sabes ? - susurra, yo frunzo el ceño confundida. - En la escuela, quiero decir. Eres tan diferente, tan rígido, tienes una mirada casi malvada, como si el universo entero te hubiera hecho daño. -
Definitivamente me siento así, Amy . ¿Pero cómo explicárselo? ¿Cómo podemos ponerlo tan pequeño frente a la dura verdad de que nadie hace nada por nada, de que la única manera de ser respetado es ser temido?
- Es un poco parte del personaje, ¿no? A las chicas les encantan los chicos malos . Digo travieso, arruga la nariz con disgusto, pero prefiero que piense que soy un imbécil que que el mundo le rompa las alas.
- Eres asquerosa - comenta dándome unas palmaditas en el costado. - He visto demasiadas chicas salir de esta casa con el corazón roto... ¿y si algún día me pasa a mí? -
Aprieto los dientes hasta que casi crujen. - Algo así nunca te sucederá, Amy, porque tienes dignidad - respondo con brusquedad.
- ¡Tal vez esas chicas también lo tenían, tal vez simplemente se enamoraron de ti! -
- ¿ Pero por qué te importa? - Le pregunto confundida, nunca antes le habían importado las chicas que traigo a casa.
Ella duda durante unos segundos, sin saber qué decir exactamente. - Es que me gustaría que encontraras una chica que pueda hacerte feliz y- - Me eché a reír impidiéndole terminar la frase.
- ¿Es tan imposible? - abre los brazos y, cuando me doy cuenta de que habla en serio, dejo de reír.
- No creo en el amor - le explico encogiéndome de hombros. No más .
- Yo sí, sin embargo - dice Amy con los brazos cruzados y expresión decidida.
- Lo estás haciendo bien - Sonrío, acariciando su cabello, ella abre los párpados, confundida. - Espero que nunca dejes de hacerlo. -
El agua hirviendo me distrae de nuestra conversación. Me acerco a la estufa y la apago, luego abro una bolsita de té y la pongo en una taza.
- Aún no me has dicho qué haces despierto a esta hora, Sergio – Amy me devuelve la llamada.
- Le prepararé algo caliente a mamá, ella tuvo un turno largo esta noche - respondo.
- ¿Hay té para mí también? -
- No te gusta el té caliente - le recuerdo.
- Quiero desayunar contigo. -
La miro y me doy cuenta de que es sólo una niña. Los ojos soñadores, inocentes, el rostro de rasgos suaves e intactos... sólo quiere su familia unida, quiere ser parte del mundo de los adultos.
- Está bien patito, pero luego te volverás a la cama, será un día largo - Estoy de acuerdo, deja el té a un lado y prepárale un chocolate caliente.
Unos veinte minutos más tarde también llega nuestra madre, mirándonos con asombro, no tanto yo sino Amy. El uniforme de trabajo está manchado en varios lugares y el olor a comida frita lo acompaña. Su mirada está tan apagada como siempre, angustiada, hasta que sus ojos se encuentran con mí con la taza en la mano y con Amy sentada en la isla de la cocina bebiendo chocolate caliente. Una sonrisa amorosa estira sus labios.
- Son casi las seis de la mañana y es sábado, ¿no es un poco temprano para desayunar? - Se quita el delantal y se acerca a nosotros. Le entrego la taza y ella suspira, cansada.
- Gracias, dulzura. - Le sonrío. Amy interviene y le entrega las galletas.
- Un día ajetreado requiere un desayuno abundante y temprano, muy temprano en la mañana - comenta Amy. Su madre toma las galletas, le pasa el brazo por la cintura y luego le da un beso en la mejilla. Mi sonrisa se ensancha ante esta escena. No hay nada más hermoso que hacer felices a tus seres queridos.
El granizo golpea el techo del coche, llevamos media hora atrapados en el tráfico y empiezo a ponerme nervioso, porque cuanto más tarde lleguemos, más tiempo tendremos que quedarnos. Sólo lo último que quiero. Toco la bocina junto con algunas malas palabras. Amy me mira por debajo de sus pestañas, largas y oscuras por el rímel.
- No tiene sentido llamar, el tráfico no avanza más rápido - comenta con cara de enfado. En su defensa puedo decir que el segundo sábado del mes no estoy especialmente agradable, entonces este tiempo no ayuda en absoluto. Desde que me desperté esta mañana –la segunda vez– no he hecho más que pensar en el almuerzo con mi padre y en la fiesta a la que le prometí a Aurora que la llevaría. Si continúa granizando así, no sé si deberíamos correr el riesgo de que nos golpeen. En teoría es una fiesta en casa, pero nunca se sabe.
- ¡ Finalmente! - exclamo dando un golpe con la mano en el volante cuando el tráfico vuelve a fluir. Al cabo de un par de minutos giro por la calle th, en dirección al lado oeste de Central Park. En esta zona destacan inmensos rascacielos, uno de los cuales alberga el súper ático de cien millones de dólares que compró mi padre, dentro de un rascacielos de más de trescientos metros de altura. Es tan exhibicionista que me pone terriblemente nervioso, gracias a lo cual corro el riesgo de romper la puerta del coche con las ganas con que la cierro.
Amy salta, pero no hace comentarios. No entiendo por qué se pone tan guapa para almorzar con nuestro padre, de hecho sé por qué: espera impresionarlo y llamar su atención. Lleva un vestido hasta la rodilla en un delicado color empolvado que termina en una suave falda, su cabello está recogido en un moño que deja caer algunos mechones a los lados de su rostro, meticulosamente maquillado.
Murmurando varias maldiciones cierro las cerraduras y caminamos juntos hacia la entrada, por suerte el granizo se ha convertido en llovizna. Frente a nosotros se alza una puerta de cristal muy brillante y en seguida una mujer uniformada nos abre. Nunca es lo mismo, pero nuestro padre ciertamente dejó órdenes muy específicas. - Buenos días señor y señora Calvin, su padre los está esperando en su apartamento del piso ochenta y nueve, ¿hay algo que pueda hacer por ustedes? - Siempre es el mismo guión cada vez.
- No, gracias – Rechazo su amable oferta y me dirijo directo al ascensor, Amy me sigue, observando con éxtasis como siempre la lujosa decoración del pasillo. No entiendo por qué sus ojos brillan ante algo que su propio padre le negó brutalmente.
