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Capítulo 1

Alba

La última mañana de mi vida en el Hogar Nuestra Señora de la Esperanza comenzó con una maleta rota y una decisión que podía arruinarme.

—El coche al monasterio sale a las nueve —me recordó Madre Ángela desde la puerta.

Miré la pequeña cruz de madera que colgaba sobre mi cama, después la carta de admisión al Monasterio de Santa Eulalia.

Durante quince años, otros habían decidido por mí: qué vestir, a qué hora comer, cuándo rezar, cuándo dormir y, al parecer, qué hacer con el resto de mi vida.

Aquella mañana, por primera vez, dije que no.

—No voy a ir.

Madre Ángela no se enfadó. Eso fue peor. Sus ojos se llenaron de una tristeza paciente.

—Alba, fuera de aquí no tienes familia, ahorros ni experiencia.

—Tengo veintiún años.

—Y cuarenta y tres euros.

Bajé la mirada.

—Cuarenta y seis.

Ella suspiró.

—Eso cambia completamente la situación.

No pude evitar sonreír.

La sonrisa me duró hasta que crucé las puertas del orfanato con mi maleta y comprendí que ya no tenía techo para esa noche.

Caminé hasta el centro de Tarragona buscando cualquier anuncio de trabajo. Limpiadora. Camarera. Dependienta. Lo que fuera.

Nadie quería contratar a una joven sin referencias.

A la una de la tarde ya me quedaban treinta y nueve euros y una dignidad bastante maltratada.

Entré en un pequeño restaurante para pedir el menú más barato. Mientras esperaba, vi una hoja clavada junto a la caja.

SE BUSCA NIÑERA INTERNA.

Alojamiento incluido.

Incorporación inmediata.

Hacienda Salvatierra, Penedès.

Debajo había una cifra mensual que leí tres veces.

—¿Eso es real? —pregunté a la camarera.

Ella soltó una carcajada.

—El sueldo sí. El problema son los niños.

—¿Qué problema?

La mujer se inclinó hacia mí.

—Dicen que no les dura ninguna niñera.

—¿Cuánto es “ninguna”?

—Perdí la cuenta. Pero la última salió llorando.

Miré otra vez el anuncio.

Alojamiento incluido.

Incorporación inmediata.

No necesitaba saber más.

Una hora después viajaba en el autobús de trabajadores de la familia Salvatierra, con mi maleta entre las rodillas y el corazón golpeándome las costillas.

Cuando los viñedos comenzaron a cubrir las colinas, pensé que quizá estaba cometiendo una locura.

Entonces el conductor señaló una enorme casa de piedra en lo alto.

—Ahí vive el señor Salvatierra.

Tragué saliva.

Aquello no era una casa.

Era una mansión.

El autobús se detuvo.

Bajé con mi maleta.

Y antes de que pudiera dar tres pasos, la puerta principal se abrió de golpe.

Una mujer con uniforme de niñera salió corriendo, llorando, con una maleta en una mano y un zapato en la otra.

Al pasar junto a mí, se detuvo.

—¿Vienes por el puesto?

Asentí.

Me miró como si acabara de firmar mi sentencia.

—Corre.

Y detrás de ella, desde algún lugar del jardín, dos risas infantiles estallaron al mismo tiempo.

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