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*

No puede ser, ¿él es el nuevo dueño?

No, esto es el maldito karma. Noo, ese hombre en mi vida, nooo, esto tiene que ser una maldita broma.

Noo, él tiene su empresa, ¿por qué está interesado en una boutique?

No me jodas, ¿será que se enteró de que trabajo aquí y ahora quiere vengarse?

Nooo, es que no me pregunto cómo un hombre como él puede vivir donde... ¿Qué es todo esto?

Me mordí el labio inferior con tanta fuerza que casi me saqué sangre. No, no, no, me repetí mentalmente, sintiendo que el pánico me trepaba por el cuello. Tenía que tragarme el orgullo, la dignidad y las ganas de estamparle mi carpeta de bocetos en esa perfecta y arrogante cara siberiana. No podía darme el lujo de mandar todo al diablo, por más que el mismísimo ogro fuera el nuevo dueño de la cadena. Si salía corriendo de esta sala, este desastre mancharía mi récord profesional para siempre. En el mundo de la moda de San Petersburgo, una mala reseña significaría mi muerte laboral; nadie más se atrevería a contratarme. No iba a permitir que destruyera mi marca, no ahora que por fin estaba viendo la luz.

Giré la cabeza ligeramente y vi al ogro. Maksim estaba que reventaba de la autosuficiencia. Me recorrió de arriba abajo con esa mirada que parecía leer todos mis pensamientos.

—Señorita Sorókina, soy el abogado Óscar de la empresa Starkov Inversiones; me encantaría agilizar la firma del nuevo contrato ahora mismo, estamos dispuestos a subir la cantidad de su contrato inicial —anunció el hombre, acomodándose los lentes—. Queremos que trabaje en exclusiva para nosotros por un año completo. Disculpe, creo que la señora Sofía le informó que los señores Starkov son los nuevos dueños.

Clavé mis ojos en Maksim. Él desvió la mirada un segundo hacia sus papeles, y luego volvió a fijarla en mí con una frialdad que daba escalofríos.

—Sí —sentenció Maksim con su voz ronca y calculadora—. Queremos que trabaje para nosotros un año. ¿Qué decide, señorita? El tiempo es dinero.

Me quedé completamente en shock, con la garganta seca y las palabras atoradas. Al ver mi parálisis, la arrogancia de Maksim se elevó a niveles estratosféricos. Se levantó de su sillón ejecutivo con un movimiento lento y soberbio, abotonándose el saco gris.

—Bueno, veo que no le interesa —dictaminó él, encogiéndose de hombros con desdén—. Es mejor que busquemos a otra diseñadora. No tengo mañanas completas para perderlas esperando una respuesta.

—¡No, no, por favor, señor Starkov! —intercedió Sofía de inmediato, con los ojos abiertos por el susto—. No se precipite. La señorita Elena es un éxito rotundo en el mercado independiente. Ella puede hacer que la boutique crezca exponencialmente; todo es cuestión de darle un buen presupuesto para arrancar.

Maksim soltó un bufido despectivo y miró a su abogado.

—No tengo problema con el presupuesto, Sofía. Puedo traer a una diseñadora de renombre desde Italia ahora mismo y ponerla al frente del proyecto.

¿Qué? ¿Traer a alguien de Italia? Me mordí la lengua con tanta rabia que el dolor me espabiló de golpe. Me estaba menospreciando deliberadamente en mi propia cara, reduciendo todo mi esfuerzo a nada. 

Sofía siguió interponiéndose, visiblemente nerviosa, tratando de salvar mi contrato.

—Señor, una diseñadora extranjera tardará meses en adaptarse al mercado ruso —insistió la directora.

El abogado asintió, dándole la razón a Sofía mientras revisaba unos balances en su tableta.

—Es mejor que nos quedemos con ella, señor Starkov —explicó el abogado con tono técnico—. Si trae a una diseñadora de Italia, los costos de logística y derechos se elevarán demasiado, y usted claramente no quiere eso. Usted no quiere invertir de más en una empresa si no sabe con certeza si la marca se subirá a las nubes. Recuerde que compró esta cadena específicamente por su nuevo proyecto.

Al escuchar la mención de su "nuevo proyecto", los ojos de Maksim se entrecerraron con peligro, pero captó la lógica fría de los números. Se quedó en silencio un par de segundos, midiendo la situación, y luego clavó su mirada implacable sobre mí.

—Tienen toda la razón —admitió Maksim, resignado pero manteniendo el control absoluto—. Que firme el contrato entonces.

El abogado deslizó el documento de cuero negro y una elegante pluma estilográfica sobre la mesa de cristal.

No me lo pensé dos veces. Caminé hacia ellos, olvidándome por completo de que el pie me colgaba en el aire por culpa del tacón asesinado. El resultado fue un salto seco, un balanceo torpe y un amago de cojera que me hizo inclinar el cuerpo hacia la derecha. Sofía ahogó un grito detrás de mí, pero la ignoré. Apoyé las palmas sobre la superficie fría de la mesa, acortando la distancia física entre el ogro y yo. Mis dedos temblaban, pero clavé la punta de la pluma sobre la primera página, pasando las hojas con desesperación.

No leí las cláusulas. No leí las letras chiquitas que seguramente me encadenaban de por vida. Mis ojos se fueron directo al final, buscando obsesivamente los números. Lo primero que divisé fue la cifra de mi contrato anterior, tachada con una línea roja delgada. Justo debajo, escrita en una tipografía limpia y nítida, aparecía la nueva cantidad.

Tragué grueso. El aire se me atoró en la garganta y sentí un cosquilleo caliente que me bajó por la espalda. Era una suma multimillonaria. No solo cubría con creces la producción de cada una de mis colecciones de Soblazn, sino que estipulaba un salario fijo mensual con prestaciones que me permitirían no volver a preocuparme por la renta de mi departamento-taller en toda mi existencia. Podría comprar rollos enteros de la seda más fina del mundo y el encaje francés más caro sin tener que calcular los rublos en mi mente.

Levanté la mirada, asimilando el golpe de suerte. Maksim seguía inmóvil, observando mi reacción con los brazos cruzados sobre su pecho ancho.

—¿Es de su agrado la corrección, señorita Sorókina? —preguntó Maksim, arrastrando las palabras con una lentitud que me pareció exasperante. Su voz ronca vibró en el aire, cargada de una autosuficiencia que me daba ganas de borrarle de un manotazo—. ¿O todavía le parece que Starkov Inversiones no valora su... arte?

—Es aceptable —respondí. Mi propia voz sonó un poco más aguda de lo normal, delatando los nervios que intentaba ocultar a toda costa—. Supongo que entienden el verdadero valor de mi marca.

—Firme entonces —ordenó él. Dio un paso hacia la mesa, inclinándose ligeramente. El aroma a madera, tabaco caro y un perfume masculino jodidamente embriagador me golpeó la cara, desestabilizándome por completo—. El tiempo corre y mi paciencia tiene un límite bastante corto.

—No me presione, señor Starkov —le espeté, sosteniéndole la mirada azul grisácea que brillaba con una diversión peligrosa—. Las obras de arte requieren un segundo de reflexión antes de ser entregadas al mejor postor.

—Usted ya aceptó el trato, Elena —intervino Nikita, regalándome una sonrisa gigante desde su lugar—. No nos hagas sufrir más. Estoy ansioso por ver esas prendas colgadas en los escaparates principales. Vas a revolucionar la tienda.

—Su hermano tiene mucho más tacto para los negocios creativos que usted —le solté directamente a Maksim, ignorando las señas desesperadas que Sofía me hacía con las manos desde atrás.

—Mi hermano es un idealista —replicó Maksim, arqueando una ceja con arrogancia—. Yo soy el que firma los cheques que van a financiar sus caprichos. Así que guarde los comentarios y estampe su firma si no quiere que reconsidere lo de Italia.

Le mantuve el pulso visual durante tres segundos eternos. Sentía la sangre correr a mil por hora, mezclando la indignación con una extraña tensión ardiente que me costaba admitir. Presioné la pluma contra el papel y deslicé mi firma con trazos rápidos y decididos. El trazo quedó firme, imponente, justo al lado del sello de la corporación.

Solté la pluma, dejándola rodar sobre el cristal, y abracé mi copia del documento contra el pecho.

—Hecho —declaré, tratando de sonar como una empresaria imperturbable a pesar de traer un zapato lisiado.

Maksim no pronunció una sola palabra más. No hubo felicitaciones, ni discursos de bienvenida, ni un apretón de manos formal que alargara el contacto de nuestras pieles. Se acomodó el saco gris con un movimiento impecable, giró sobre sus talones y caminó directo hacia la puerta doble de la sala de juntas. Su presencia llenaba el pasillo antes de siquiera cruzarlo.

—Nikita, muévete. Tenemos una junta en el centro en veinte minutos —ordenó sin mirar atrás, con una frialdad que congeló el ambiente.

—¡Voy, voy! —Nikita se levantó de un salto, me guiñó un ojo con complicidad y recogió su tableta—. Un placer, Elena. Nos vemos muy pronto para coordinar el lanzamiento. ¡Felicidades!

El hermano menor corrió detrás del gigante siberiano. Las grandes puertas de madera se cerraron detrás de ellos con un golpe seco, dejando un silencio sepulcral en la sala de juntas.

Óscar, el abogado, comenzó a guardar sus carpetas en un portafolios de piel negra con movimientos mecánicos.

—Señorita Sorókina, felicidades por el acuerdo —comentó el hombre, acomodándose los lentes mientras cerraba el broche de su maletín—. Le haré llegar el duplicado digital con las especificaciones del seguro y los depósitos bancarios esta misma tarde. Con su permiso.

—Muchas gracias, licenciado —atiné a decir, todavía asimilando la velocidad con la que todo había ocurrido.

El abogado me dedicó una breve inclinación de cabeza, se despidió de Sofía con un gesto cortés y salió de la sala con prisa, dejándome a solas con la directora de la boutique.

Me dejé caer sobre el sillón ejecutivo más cercano, soltando un largo suspiro que contenía toda la adrenalina del momento. Sofía caminó hacia mí, llevándose las manos a la cabeza, con el rostro pálido y los ojos desorbitados.

—¡Elena, por los clavos de Cristo! —exclamó la mujer, dejándose caer en la silla de al lado—. Casi me da un infarto ahí dentro. ¿Viste cómo te miraba ese hombre? Pensé que te iba a rescindir el contrato antes de que pudieras tocar el papel. ¡Le respondiste al mismísimo Maksim Starkov como si fuera un conocido despreciable!

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