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El Imperio en París

Dos años después.

La lluvia caía sobre París con una elegancia melancólica, deslizándose por los inmensos ventanales de suelo a techo del penthouse en el octavo arrondissement. Desde allí arriba, la Torre Eiffel era una aguja de hierro destellando en la bruma gris, pero la mujer que estaba de pie frente al cristal no le prestaba atención a la vista. Ella misma había diseñado el interior de esa oficina, y cada ángulo, cada sombra y cada textura eran infinitamente más fascinantes y controlables que el mundo exterior.

Su nombre, para el selecto y exclusivo porcentaje de la élite global que podía permitirse sus servicios, era C. Laurent.

En tan solo veinticuatro meses, C. Laurent había irrumpido en el mundo del diseño arquitectónico y de interiores de ultra lujo como un huracán de proporciones bíblicas. No era solo una diseñadora; era una creadora de atmósferas. Hoteles boutique en Dubai, villas privadas en la Costa Amalfitana y rascacielos en Tokio llevaban su firma inconfundible: una mezcla magistral de minimalismo frío, lujo obsceno y una audacia implacable que dejaba a sus competidores en la sombra.

La mujer se giró lentamente, el suave roce de la seda esmeralda de su vestido de alta costura susurrando contra el suelo de mármol negro. El color resaltaba su piel, ahora pálida y prístina, cuidada con los regímenes más estrictos de la cosmética europea. Su cabello castaño oscuro, que antes solía llevar recogido en moños sumisos y aburridos, ahora caía en ondas perfectas y calculadas, enmarcando un rostro que parecía esculpido en hielo. Sus labios estaban pintados de un granate oscuro, casi negro, y sus ojos... sus ojos eran lo que más había cambiado.

Ya no había rastro de la calidez suplicante de Clara. En su lugar, la mirada de C. Laurent era un abismo afilado, capaz de desnudar las inseguridades de cualquier magnate con solo sostenerle la mirada durante tres segundos.

Caminó hacia su escritorio, una imponente losa de obsidiana pulida, y tomó una copa de cristal de Baccarat que contenía agua con gas y una rodaja de limón. Al alzar el brazo, la manga asimétrica de su vestido reveló un destello dorado en su hombro derecho. Era un tatuaje intrincado, finas líneas de oro entrelazadas como enredaderas, diseñado específicamente para cubrir y embellecer la cicatriz de una quemadura de segundo grado. Era la filosofía japonesa del Kintsugi aplicada a su propia piel: reparar lo roto con oro, para hacerlo más fuerte y valioso que antes de romperse.

La puerta de su despacho, de roble macizo, se abrió con un leve chasquido.

Bastien Dubois, luciendo un impecable traje azul marino y su habitual aire de sofisticación parisina, entró en la habitación con una tableta en la mano. Ya no era solo el abogado que le había llevado los papeles del divorcio a Alexander; ahora era el director de operaciones de Maison Laurent y el único hombre en el mundo en el que ella confiaba.

-Tienes una reunión con el Emir a las tres de la tarde para discutir los acabados del palacio de invierno -informó Bastien, deteniéndose frente al escritorio con una sonrisa torcida-. Y la junta de directores del Grupo LVMH acaba de enviar una cesta de orquídeas negras para felicitarte por la portada en Architectural Digest.

-Tira las orquídeas, Bastien -respondió ella, su voz una melodía grave, suave pero cargada de autoridad-. Son un cliché aburrido. Envíalas a la recepción del piso de abajo. ¿Y el diseño del Emir?

-Aprobado sin cambios. Ha dicho que es, y cito textualmente, "una genialidad que trasciende el dinero".

C. Laurent no sonrió. La complacencia era una debilidad que había erradicado de su sistema operativo. Tomó un bolígrafo de platino y firmó un par de autorizaciones que estaban sobre la mesa. Su firma ahora era un trazo elegante e inescrutable, muy lejos de los garabatos temblorosos que solía hacer.

-El éxito es solo la consecuencia de la precisión, Bastien. Si el Emir quiere pagar trescientos millones de euros por precisión, me parece justo. ¿Hay algo más en la agenda? Quería revisar los bocetos de la galería en Milán antes del almuerzo.

Bastien dudó. Fue solo un segundo, un levísimo parpadeo de vacilación que habría pasado desapercibido para cualquiera, pero no para ella. Ella había aprendido a leer a los hombres mejor que los planos estructurales.

-Hay un asunto nuevo. Una propuesta que llegó esta mañana, filtrada por el equipo de adquisiciones estratégicas. -Bastien dejó la tableta sobre el escritorio de obsidiana y la deslizó hacia ella-. Normalmente la habría rechazado en la primera ronda, considerando que no aceptamos nuevos clientes hasta 2028, pero... dadas las circunstancias y el origen, pensé que debías verlo con tus propios ojos.

C. Laurent enarcó una ceja perfectamente depilada. Miró la pantalla.

El documento era un dossier confidencial de licitación. El título en la cabecera, impreso en una fuente sobria y corporativa, pareció absorber toda la luz de la habitación por un microsegundo.

PROYECTO: TORRE ZAFIRO. COMPLEJO RESIDENCIAL Y CORPORATIVO.

CLIENTE: EMPRESAS MONTENEGRO. CEO: ALEXANDER MONTENEGRO.

El corazón de C. Laurent no se aceleró. Sus manos no temblaron. El pánico y el dolor eran respuestas fisiológicas de la antigua Clara, y Clara estaba muerta, enterrada bajo las cenizas de una carretera costera. Lo que sintió en cambio fue una quietud absoluta, profunda y letal. El silencio del depredador antes del salto.

-Interesante -murmuró ella, su tono casual, casi aburrido, mientras deslizaba el dedo por la pantalla para leer el resumen ejecutivo.

-Están desesperados, Clara -dijo Bastien, usando el nombre que solo él tenía permitido pronunciar en privado, bajando la voz-. Mis contactos en el mercado financiero dicen que Empresas Montenegro está sangrando capital. La Torre Zafiro iba a ser la joya de la corona de Alexander, su legado. Pero el diseñador principal que contrataron resultó ser un fraude, las obras están paralizadas, los inversores están amenazando con retirar sus fondos, y las acciones han caído un doce por ciento este trimestre.

Ella siguió leyendo, sus ojos fríos escaneando los números.

-Necesitan un milagro arquitectónico para relanzar el proyecto y recuperar la confianza de la junta directiva -concluyó ella, levantando la vista hacia Bastien.

-Exacto. Y en el mundo del ultra lujo, ahora mismo, el único milagro tiene nombre y apellido: C. Laurent. Están suplicando por una reunión. Han ofrecido un cheque en blanco solo para que vueles a evaluar el proyecto. No tienen idea de quién eres realmente. Tu política de no dar entrevistas en video y usar a portavoces para la prensa te ha mantenido en el anonimato perfecto. Para ellos, eres un genio europeo excéntrico.

La comisura de los labios de ella se curvó hacia arriba, milimétricamente. Fue una sonrisa que habría helado la sangre de Alexander si estuviera allí para verla.

Durante dos años, había construido su imperio desde cero. Se había alimentado de disciplina, noches sin dormir, y un fuego interno inextinguible alimentado por el odio. Había jurado que no regresaría a su país hasta que fuera intocable. Hasta que fuera una diosa en el mismo mundo que a Alexander Montenegro le importaba más que nada: el poder, el estatus, y el dinero.

Y ahora, el destino, con su ironía perfecta, le estaba sirviendo la cabeza de su exesposo en una bandeja de plata.

Alexander la había dejado morir en un coche en llamas por salvar a otra mujer. Le había arrebatado su dignidad, su juventud y casi su vida. Y ahora, el gran y todopoderoso CEO estaba de rodillas (metafóricamente, por ahora), rogándole a la misma mujer que despreció para que salvara su preciado legado.

-Bastien -dijo ella, recostándose en su silla de cuero y cruzando las piernas, el satén verde resbalando suavemente-. ¿Cuánto tardaríamos en movilizar a mi equipo principal de diseño?

Bastien la miró, sus ojos brillando con una mezcla de precaución y profunda admiración. Él sabía lo que le habían hecho a esta mujer. Había visto las cicatrices en su cuerpo y las heridas en su alma cuando llegó a París rota y sola.

-Si damos la orden hoy, el jet privado puede estar preparado en cuarenta y ocho horas. Puedo instalar una base de operaciones temporal en el centro de la ciudad en tres días. Pero Clara... si cruzamos esta puerta, no habrá vuelta atrás. Es entrar en la boca del lobo. Su madre sigue controlando a gran parte de la alta sociedad, y él sigue siendo un tiburón de los negocios.

-Bastien, querido amigo -respondió ella, poniéndose en pie. Caminó hacia el ventanal, mirando la ciudad que había conquistado. Su reflejo en el cristal era el de una reina de hielo lista para la guerra-. Ya no soy una oveja entrando en la boca del lobo. Soy el maldito león. Y tengo mucha hambre.

Se giró hacia su abogado, sus ojos destellando con una luz oscura y vengativa.

-Redacta un correo para la junta directiva de Empresas Montenegro. Diles que C. Laurent está intrigada por su desesperación. Diles que acepto la reunión preliminar. Pero pon mis condiciones.

-Dicta -dijo Bastien, con los dedos listos sobre la pantalla de su tableta.

-Quiero que la reunión sea en su terreno. En la sala de juntas principal del edificio Montenegro. Quiero que estén presentes los mayores accionistas. Y quiero que quede estrictamente claro que no me reuniré con intermediarios. Si Alexander Montenegro quiere a C. Laurent para salvar su imperio de pacotilla, tendrá que sentarse frente a mí y pedírmelo él mismo.

Bastien asintió, tecleando rápidamente.

-Enviado. Van a temblar de anticipación.

-Que tiemblen todo lo que quieran -murmuró ella, mirando de reojo el contrato sobre la mesa de obsidiana-. Porque cuando descubran quién soy, el temblor se va a convertir en terror. Prepara mi equipaje, Bastien. Es hora de volver a casa.

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