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Capítulo 2. Empatía

Camila la estaba pasando mal y él no podía hacer absolutamente nada para que su hija esté mejor.

Su esposa se estaba muriendo y no había dinero que pudiera comprar su vida.

La vieron los mejores especialistas del mundo, incluso vinieron médicos de Suiza y hasta de Cuba, pero todos le decían lo mismo, todos coincidían en el diagnóstico.

Catherine estaba consciente de lo que tenía y del tiempo que le quedaba.

Él estaba dedicado completamente a ella, repartía su tiempo entre el trabajo y su familia.

Ya ni se iba por ahí, el poco tiempo que tenía de sobra, se lo dedicaba a su esposa y a su hija.

La gran heredera lo sabía y se lo agradecía con toda su alma.

Cuando se Fue el padre de su alumna, Mora se dirigió hacia la dirección del colegio.

Le tenía que informar a la directora.

Apenas entró a la dirección, le contó con sus lágrimas corriendo por las mejillas, lo que sucedía en esa familia.

Tuvo que tomar un vaso de agua para tranquilizarse, porque no podía volver al aula en esas condiciones.

La directora le dijo que luego del horario de clases hablarían con más tranquilidad, para ver cómo podrían contener a la niña.

Se quedó pensando que la joven docente era demasiado sensible, por un lado estaba bien porque tenía mucha empatía con sus alumnos, pero por otro lado no podía desmoronarse así, tenía que ser más fuerte, para poder contener a sus alumnos.

Aunque sabía que eso, muchas veces, venía con la experiencia que daban los años.

Mora volvió al aula y encontró a Camila llorando desconsolada, la preceptora le había llamado la atención, porque un niño la molestó porque ella estaba llorando y la pequeña le pegó a su compañerito.

La docente sentó sobre su falda a la niña y la abrazó fuerte.

Sally, la preceptora, no encontró lógica cuando vio los ojos llenos de lágrimas de Mora, quién tuvo que hacer un esfuerzo para contener su propio llanto.

Cuando la calmó, habló con la clase, para que no se burlen entre ellos, y dijo, de pasada, que no había que usar la violencia física cuando a uno lo cargaban, que con avisarle a la maestra era suficiente.

Sin embargo el resto de la clase, Camila no se alejó de ella.

A la salida a la niña la retiró, como siempre su niñera, que venía a buscarla con un chofer.

En ese momento la docente se dio cuenta del poder adquisitivo que tenía la niña y su padre le recordó a su propio prometido, siempre se manejaba con chofer y guarda espalda.

El colegio tenía una cuota mensual alta, debía ser la más alta de la ciudad, las personas que mandaban a sus hijos a ese establecimiento eran poderosas y ricas, nunca lo había pensado así, sin embargo el tormento que estaba viviendo esa niña, no había dinero que lo podía solucionar.

Se dirigió a la dirección, lo hizo con la preceptora.

Mora volvió a decir todo lo que le comentó el padre de Camila, lo hizo con más detalles.

Sally comprendió la situación y tuvo la empatía suficiente para saber que tenía que contener y consolar a la niña, pero al tener más años como docente, manejaba un poco mejor la dolorosa situación.

Al llegar a su casa, Mora lo comentó con su familia, ella vivía con sus padres y su hermana dos años menor que ella.

Apenas pudo comer y no dejaba de llorar, pensando en su alumna.

—Calmate Mora, sos la persona que tenés que contener a la niña, a su madre no la conocés o si lo hacés, la viste una o dos veces.

—Tenés razón, pero sin saber porqué, es mi alumna preferida, de verdad, siempre le tuve un cariño especial, lo que me transmite esa criatura es único.

—Hija, no sé qué decirte.

Le dice su madre, haciéndose eco del sufrimiento de la alumna de su hija.

Parecía que los problemas solo le salpicaba a la clase baja y sin embargo la tragedia y la muerte era igual para todo el mundo.

Eso es irónico.

A Mora le hizo bien compartir con su familia sus sentimientos, porque sabía que con su novio no podría hacerlo, él ni siquiera estaba de acuerdo con que ella trabaje, claro que sí sería abogada, como él, la cuestión hubiese sido distinta.

Según él, su trabajo no era respetado, ella había perdido cuatro años estudiando algo que solo era para los mediocres, para él, ella era algo así como una sirvienta para hijos de gente que depositaban a los niños en el colegio, para sacarlos de encima.

Pese a que el colegio en donde ella trabajaba era uno de los más prestigiosos de la ciudad.

Sacudió la cabeza, no era el momento de pensar en Amadeo, su novio.

Él no era un hombre empático, era clasista, dominante y soberbio, sin embargo estaba enamorado de ella casi hasta la obsesión.

Se Fue a duchar, tratando de relajarse y estudiando las distintas posibilidades de cómo ayudar a camila.

Cuando ya en su cama, cerró los ojos, sintió un estremecimiento al recordar la mirada fría y extraña de Piero.

Era usual las miradas soberbias de los padres de sus alumnos, creyéndose muy por arriba de una simple maestra de grado, en eso Mora le tenía que dar la razón a Amadeo, sin embargo no le gustaba reconocerlo, porque ella amaba la docencia.

Estaba tentada a tomar un curso en una escuela estatal, de un barrio de bajos recursos, donde sin duda los padres respetarían más a los docentes de sus hijos, pero charlando con compañeras del profesorado, estas le dijeron que muchas veces los padres eran tan ignorantes que amenazaban a los docentes si estos no aprobaban a sus hijos, aunque los niños no respondan al aprendizaje y otra vez escuchaba en su cabeza la voz de Amadeo, diciéndole que era joven y tenía tiempo de estudiar otra carrera, que sea más importante.

A Mora le angustiaba mucho la manera de pensar de su novio, pero creía que con paciencia y amor, iba a lograr que él comprenda que a ella le gustaba ser docente, que le encantaba el contacto con los niños.

Aunque tenía que confesarse que también ella tenía dudas, a pesar de amar la docencia y que varias veces había revisado distintas carreras universitarias, para ver si alguna le podría interesar, a ella le encantaban los números y la licenciatura en economía le atraía bastante.

Esa carrera también le serviría para impartir clases en colegios secundarios.

No estaría mal estudiar, se propuso hablarlo con su familia, eran muy unidos y se consultaban todo.

En su hermana ella tenía a su compinche y se adoraban con el alma.

Mora era dos años mayor que Sofía, su hermana, físicamente eran parecidas, tenían la misma altura, ambas medían 1,65, eran delgadas, solo que Mora tenía el cabello de un rubio claro y lacio y Sofi, como solían llamarla, lo tenía con rulos y color castaño, aunque ella solía cambiarse el color, a veces lo llevaba violeta, llamando la atención de muchas personas.

Sofi estudiaba ciencias de la comunicación, es decir periodismo, lo hacía en la universidad pública y estaba fascinada con esa carrera.

Apoyaba a su hermana cuando decía que ser docente era un trabajo para pocas personas, porque era para formar a los adultos del mañana, sabía que siendo licenciada en economía o algo por el estilo, le iba a permitir vivir más holgadamente.

Aunque su futuro cuñado era millonario, entonces su hermana tendría que trabajar cómoda en lo que ella quisiera.

A Sofía no le terminaba de convencer como su cuñado trataba a su hermana, no es que la maltrataba, pero era un hombre dominante y no se lo podía contradecir, porque siempre surgía en él ese gesto despectivo que hacía sentir mal al otro.

Solo esperaba que su hermana fuera feliz, aunque ella dudaba que lo pudiera ser con Amadeo.

Cuándo Sofía intentó hablar con su hermana sobre el carácter de Amadeo, ella solo le dijo que era normal su carácter ya que las personas ricas solían pensar y ser así, pero que se quedara tranquila que él la adoraba y a ella siempre la trataba bien.

Eso era normal, nunca le había levantado la voz, que ella supiera, pero a Sofía había cosas que le molestaban y no podía explicarlas con claridad.

Mora era la dulzura y la bondad personificada y Sofi pensaba que su hermana se merecía a un príncipe azul, pero que este no tenía que ver con el dinero o la clase social, aunque para la mayoría de las personas, el dinero, la clase social y la estampa ya definían al príncipe azul y eso sí lo tenía que aceptar, su cuñado cumplía con esas tres premisas, porque atractivo también era, aunque no era el tipo de hombre que a ella le gustase.

A Sofía le gustaban los hombres más informales, más desfachatados, ella tenía 20 años y otra perspectiva de la vida.

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