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Capítulo 2.2

El foso estaba delimitado por paredes de piedra lisa de hasta siete metros de altura, imposibles de escalar, diseñadas para que los combatientes no tuvieran escapatoria. Solo podía distinguir dos orificios resguardados por rastrillos de hierro pesado por donde deducía que entraban y salían los participantes.

Rodeando el pozo las gradas se elevaban, creando un efecto de embudo que amplificaba cada rugido y cada golpe. Filas interminables de bancos de piedra desgastada se extendían hacia el cielo. Por lo que podía observar, no había distinciones de rangos ni clase aquí; solo miles de lobos que se unían a disfrutar de un show tan macabro, alimentándose de la violencia que ocurría en el centro de ese infierno.

El balcón al que me habían arrastrado, era el trono de mando del heredero Carmesí. Dominaba la vista desde el punto más alto del lado norte. Un espacio decorado con pieles de bestias caídas y estandartes que ondeaban con las corrientes de viento. En el centro del mismo, un trono de hierro y hueso permitía a Mako observar no solo la pelea, sino también la lealtad de su clan.

Los dos deltas de complexión maciza y rostros impasibles que me habían arrastrado hasta ahí, me obligaron a ponerme de pie frente a la barandilla de piedra, justo al lado de su Alfa.

—Sabes, Valkiria, mis apostadores están aburridos —dijo, sin mirarme—. Se han cansado de ver a lobos destrozarse. Quieren algo... exótico. Hoy, tú serás el premio principal. El que gane la gran final, se queda contigo. Una esclava de linaje puro para que hagan con ella lo que quieran por el tiempo que yo decida.

No respondí. No reaccioné. Solo erguí mi espalda con una rabia contenida que quemaba más que cualquier humillación.

No hubo discursos ni advertencias. Un solo golpe de tambor que retumbó en las paredes del coliseo, y en ese instante, el mundo se redujo al centro de la arena. Dos concursantes entraron en el foso. El primero era un hombre extremadamente ancho, lleno de músculos, cabello rubio oscuro y sonrisa engreída. Vestía un pantalón corto y ambos brazos estaban adornados con un equipo protector de cuero con segmentos metálicos pintados de oro. Alzo sus brazos hacia la multitud, siendo recibido por escandalosos vítores.

En cambio, cuando el segundo hombre hizo su aparición, la multitud guardo un silencio sepulcral. Este, vestía solo un taparrabos oscuro, sujeto por un cinturón resistente. Su torso bien definido, con un abdomen marcado de músculos, brillaba como si le hubieran vertido un bote de aceite encima. Sus piernas tonificadas estaban a la vista para ser admiradas. Tenía el cabello azabache pegado a su frente empapada de sudor. Su cuerpo era una obra de arte tallada por los mismos dioses, pero desde mi posición podía percatarme de las incontables marcas de batalla que se reflejaban en trigueña piel. Incluso podría jurar que algunas eran cicatrices frescas y muy mal cuidadas.

Su rostro era imposible de ver, estaba cubierto por una máscara cruel que, hacia función de bozal, como si fuera un perro agresivo al cual tuvieran que contener. No sé si era para torturarlo o prevención por lo peligroso que podía llegar a ser.

No podía distinguir los rasgos de su rostro, pero sus ojos… JODER… Sus ojos no eran amarillos ni azules como otros lobos. Sus iris eran de un violeta eléctrico casi blanco, rodeados por una esclerótica que por momentos parecía volverse dos galaxias atrapadas en un abismo negro. Eran profundos, de esos que te harían sumergirte en ellos y perderte para siempre. Cuanto más lo miraba, más hipnotizada y perdida me sentía.

Era imponente, con un aura fuerte y extraña. Su sola presencia provocaba que escalofríos de terror te erizaran la piel.

Mako se inclinó hacia mí, bajando la voz y sacándome del magnetismo que me había abstraído con la presencia de ese esclavo.

—Te voy a entregar a mi mejor juguete. Él no ha tenido una hembra cerca en años, y su mente está tan rota como el resto de su cuerpo. Veremos si tu "sangre divina" puede salvarte de las garras de El-Kan.

El presentador comenzó la introducción de la pelea, pero fue interrumpido por su alfa.

—Queridos espectadores —exclamó hacia la multitud—. Esta batalla será diferente. Hoy, nuestros esclavos no solo lucharán por su supervivencia; también tendrán una motivación especial —la multitud rugió de emoción, dándome asco todo este proceso—. ¡El ganador de esta batalla reclamará como su premio a la bastarda Thorne, de la Luna Sombría!

—Ma… Mako… —susurré—.

El ignoro mi presencia, indicando que dieran comienzo a la pelea.

¿Era verdad? ¿No estaba tratando de intimidarme y doblegarme las veces que lo había mencionado anteriormente? ¿Realmente me usaría como un trofeo en su vil juego? Mi sangre se me heló en las venas. Mi cuerpo se congeló. No solo me estaba ofreciendo como un premio de consuelo en su retorcido pasatiempo, me estaba poniendo en bandeja de plata para ser usada, ultrajada por un desconocido cualquiera.

La mirada oscura e intensa de El-Kan se encontró con la mía por medio segundo; haciendo que una electricidad extraña me pusiera la piel de gallina.

El estruendo de una trompeta resonó en el espacio dando comienzo al duelo. No había colmillos, ni hocicos alargados, pero los ojos de El-Kan… sus ojos ya no pertenecían a la humanidad; eran dos orbes que devoraban la luz.

El primer choque no fue un golpe, fue una explosión bruta. El rubio arremetió con el hombro, un impacto que habría destrozado el pecho de un mortal, pero El-Kan no retrocedió ni un paso, sus pies se hundieron en la arena como raíces de hierro. El sonido de impacto fue seco, como dos rocas colisionando en un desfiladero.

La pelea era una danza de frenesí contenido. Puños que se esquivaban, otros que impactaban con satisfacción. Sus músculos se retorcían bajo la piel, hinchándose hasta el límite, conteniendo la transformación que amenazaba con romper los huesos y hacer brotar el pelaje.

Se movían a una velocidad que el ojo humano apenas podría procesar; eran borrones de fuerzas, gruñidos sordos que vibraban en los pulmones de los espectadores.

El-Kan derribó a su contrincante, cayendo sobre él con la rodilla en el pecho; pero este con un movimiento que canalizó su fuerza sobrenatural, lanzó al pelinegro por los aires.

El-Kan aterrizó de pie, sus manos arañando la arena, dejando surcos profundos como si sus dedos fueran de acero. Se miraron fijamente. Sus pechos subiendo y bajando violentamente; el sudor brillando sobre sus hombros, y el olor a ozono y sangre vieja llenando el ambiente.

La arena estaba empapada en sudor, polvo y la promesa de sangre. El rubio, en su impotencia, con el rostro desfigurado por la rabia, había perdido el control. Sus músculos se hincharon de golpe, la piel se estiro hasta desgarrarse en algunas partes, revelando un pelaje grueso y gris con motas amarillentas. Sus facciones humanas se distorsionaron en un hocico salvaje, los ojos ámbar se volvieron esmeraldas puras y sus manos se convirtieron en zarpas, largas y afiladas. Le había dado la bienvenida a su lobo; pero su contrincante no se inmutó, se mantuvo en su forma humana.

La bestia se lanzó. No había estrategia, solo instinto depredador. Observé con horror como se atacaban con una ferocidad implacable. Como las heridas chorreaban sangre. Como El-Kan esquivaba con precisión a su rival y seguía luchando por mantenerse en pie.

De repente, el lobo le dio un zarpazo al pelinegro que desgarró la piel de su hombre, y que casi le alcanza el cuello. El-Kan rugió de dolor, haciéndome cerrar los ojos con fuerzas y llevarme la mano derecha al pecho. Fue como si hubiera sido capaz de sentir su dolor.

Con un grito gutural que le desgarró la garganta, El-Kan apretó sus manos alrededor de las patas de su adversario en pleno movimiento. El licántropo, atrapado en su propio impulso, quedó desequilibrado. Con una rapidez cegadora, El pelinegro giro sobre su propio eje, usando la fuerza del ataque del rubio contra él.

Un instante, apenas un parpadeo.

Las manos de El-Kan, aunque conservaban la forma humana, estaban tensas. Sus nudillos blancos como la cal, se cerraron alrededor del cuello del lobo con una ferocidad inaudita. No había garras, pero la fuerza era inhumana. El pelaje áspero de deslizó entre sus dedos. Los ojos esmeraldas de la criatura se abrieron de par en par, reflejando el pánico y la sorpresa.

Se escuchó el crujido seco, un sonido que heló la sangre de la multitud.

La forma animal del rubio se convulsionó, sus garras golpeando el aire inútilmente. El rugido se convirtió en un jadeo, luego en un silbido que se desvaneció rápidamente. Las patas se aflojaron, y el imponente cuerpo lobuno se desplomó en la arena, inerte.

El-Kan se quedó allí, sus manos apretando el cuello del lobo caído. Mis propios ojos, bañados en lágrimas no derramadas, se encontraron con los del licántropo, ahora velados por la muerte.

La multitud estalló en vítores de celebración, a pesar de haber sido testigos de una tragedia más profunda que cualquier victoria.

Él había ganado. Había matado. Y lo había hecho como un hombre, convirtiéndose en el ganador.

Y yo… yo era su trofeo. Su medalla al vencedor.

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