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Capítulo 5

Adrián Ferrer se quedó paralizada. Su pecho se agitaba, sus ojos brillaban por las lágrimas.

—Te gusto o no —continuó con la voz quebrándose—, he dejado a mi familia y me he mudado a tu casa. ¿Tienes idea de lo que siente una chica cuando se ve obligada a dejar atrás todo lo que conoce: su hogar, su gente, su madre? ¿Sabes lo aterrador que es despertar en una casa que no es la tuya? ¿Que toda tu vida cambie de la noche a la mañana?

A Adrián Ferrer se le revolvió el estómago dolorosamente. Negó con la cabeza, con el cuerpo temblando.

Por no mencionar que me arrojan a los brazos de un hombre que me odia y me trata como si fuera una broma.

Se le cortó la respiración, un sollozo apenas contenido.

—Y entonces —soltó una risa temblorosa, que no denotaba ninguna diversión—, como si eso no fuera suficiente, como si mi mundo no se hubiera hecho añicos ya, ¿tú —un imbécil insensible y arrogante— pensaste que sería divertido gastarme una broma así? Pensé que ibas a agredirme, idiota.

Sus ojos brillaban con dolor, con furia, con algo destrozado sin remedio.

—Eres más desagradable de lo que pensaba.

Adrián Ferrer sintió que se le cerraba la garganta, sintió que algo se rompía dentro de él.

Sus palabras, afiladas e implacables, le atravesaron el pecho, pero no era el típico aguijón de la ira de Valentina Rivas. Era más profundo, más frío, más pesado.

—Imagínate que le ocurriera lo mismo a tu hermana, Renata Ferrer, en su noche de bodas.

El aire que contenía sin darse cuenta abandonó su cuerpo en una exhalación lenta y dolorosa.

Renata Ferrer.

Su hermanita. Se le heló la sangre.

Imagínala, sola en una habitación que no sentía como suya, rodeada de extraños, con el corazón latiéndole con fuerza al darse cuenta de que pertenecía a un hombre que no había elegido.

Imagínala atrapada, impotente ante un marido cruel que creía divertido burlarse de ella, poner a prueba sus límites, recordarle que no tenía adónde ir.

Imagínenla temblando, tratando de contener las lágrimas, tratando de mantener su orgullo intacto, mientras su esposo permanecía allí, sonriendo con sorna, divertido por su miedo.

Imagínala suplicando, quebrándose, derrumbándose.

Sintió un violento nudo en el estómago.

Si algún hombre —cualquier hombre— le hubiera hablado a Renata Ferrer de la misma manera que le había hablado a Valentina Rivas, si le hubiera dado órdenes con la misma arrogancia, si hubiera jugado con sus emociones con tanta despreocupación...

Lo habría matado.

Sin vacilación. Sin piedad.

Y sin embargo, ahí estaba. Ese hombre.

El monstruo de la historia de otra persona.

—Imagínate a mi hermano tratándola como tú me has tratado a mí.

De repente, la habitación me pareció demasiado pequeña, asfixiante.

—Si mi madre sabe esto, ¿cómo podrá marcharse a México en paz?

La voz de Valentina Rivas se quebraba, cada palabra cargada de un dolor que no podía borrar de su mente.

Su madre. La mujer que lo había dejado todo por sus hijos, que había sacrificado sus sueños, que había trabajado sin descanso solo para asegurarse de que sus hijos nunca sintieran el peso de sus dificultades.

Ella había confiado en él.

Confiaba en que él cuidaría de su hija.

Que al menos la respetara.

¿Y qué había hecho?

La había humillado.

Él la había hecho sentir pequeña, indefensa, atrapada.

Había convertido su noche de bodas en algo que la atormentaría para siempre.

—Adrián Ferrer, sabía que en este matrimonio nunca habría amor. Ni siquiera esperaba respeto.

¿Pero esto? Esto es pura humillación.

Cada palabra me golpeó como un puñetazo en el estómago.

—Demostrándome cómo puedes controlarme, solo porque eres un hombre, eres físicamente fuerte y no tengo a dónde más ir debido a mi situación.

Apretó los puños.

Él no era ese hombre.

Él nunca quiso ser ese hombre.

Y sin embargo... acababa de demostrar que estaba equivocado.

—No tengo palabras para describir esto.

Y por primera vez en su vida, él tampoco.

Ella lo apartó con fuerza, su fortaleza alimentada únicamente por el desamor.

Antes de que él pudiera decir una palabra más, ella se dio la vuelta, corrió al baño y cerró la puerta de golpe tras de sí.

Y lo único que pudo hacer fue quedarse allí de pie, mirando fijamente la puerta que los separaba, sintiendo, por primera vez en su vida, que había hecho algo verdaderamente imperdonable.

***

Valentina Rivas se quedó mirando su reflejo.

Rímel corrido. No de una forma sexy y dramática, sino más bien como un fantasma de película de terror. La peor pesadilla de una novia.

Con un suspiro de irritación, se arrancó las joyas —brazaletes de oro, collares pesados, pendientes— que cayeron con un fuerte estrépito sobre el mostrador del baño.

Le temblaban los dedos al sacar el alfiler de la blusa, aflojándolo un poco, y exhaló con frustración.

¿Qué te has hecho a ti misma, Valentina Rivas?

Siempre supiste que era un desastre andante envuelto en arrogancia, un mocoso rico, mimado y egocéntrico con la profundidad emocional de una cuchara de acero.

Sin embargo, te casaste con él.

Tu culpa.

¿Qué esperabas? ¿Un milagro? ¿Algún amante tierno y oculto bajo su apariencia de cretino? Idiota.

En algún lugar, en lo más profundo de tu ser, en la parte más ilusa de ti, pensaste que las cosas podrían cambiar.

Te equivocaste.

Los hombres como él no cambian.

Cada vez van peor.

Se quitó los pendientes de un tirón y estuvo a punto de arrancarse el vestido de novia cuando la realidad la golpeó de lleno. Mierda. No tenía otra ropa.

En medio del caos de la boda, sus maletas se habían quedado atrás. Su hermano le prometió que las traería más tarde. Pero ahora, más tarde significaba mañana.

Lo que significaba... que tenía que dormir con aquel maldito vestido nupcial de veinte kilos.

Fantástico.

Un profundo suspiro escapó de sus labios, y sus hombros se desplomaron. Su blusa le apretaba tanto que casi le cortaba la circulación. El vestido le daba la sensación de arrastrar una tienda de campaña. Y para colmo, fuera de esa puerta se encontraba un mono sin cola de casi dos metros cuyo pasatiempo favorito era hacerla sentir miserable.

Ya se arrepentía de cada decisión cuando oyó que llamaban a la puerta. Oyó un golpe. A Valentina Rivas le tembló un ojo. Mierda. Era él. Porque, claro, no la dejaría en paz.

Ya podía imaginarse su rostro engreído, su próxima"broma"planeada. Otra vez no. Sus ojos recorrieron el baño, buscando un arma, una advertencia, cualquier cosa.

¿Toallas? Inútiles.

¿Champú? Quizás lo dejaría ciego por unos minutos, si tuviera buena puntería.

¿Velas? Quizás pudiera quemarlo un poco, pero no era el arma perfecta.

Entonces su mirada se posó en algo. Su navaja de afeitar. Perfecta. La agarró, sujetándola con fuerza, sus dedos curvándose a su alrededor como un soldado preparándose para la guerra. Respiró hondo y se dirigió a la puerta.

En el instante en que ella lo abrió, él extendió la mano. El instinto se apoderó de ella. Antes de que pudiera reaccionar, antes incluso de pensar, le dio un tajo. Un corte limpio y certero en su antebrazo.

—¡AY! ¿QUÉ DEMONIOS...? - Adrián Ferrer retrocedió tambaleándose, con los ojos muy abiertos, agarrándose con la mano libre el corte sangrante.

Algo se le cayó de las manos. Ella bajó la mirada. Un pijama. Se le cortó la respiración. Adrián Ferrer ya se había puesto el suyo, se había dado cuenta de que ninguna de sus cosas estaba allí y…

Él le había traído la ropa....Y ella lo había apuñalado. La habitación quedó en silencio. Los ojos de Valentina Rivas se posaron brevemente en su herida. Luego volvieron a su rostro estúpidamente tranquilo.

Adrián Ferrer suspiró dramáticamente, mirando la herida mientras más sangre se acumulaba. —Bueno, esperaba una primera noche desastrosa, ¿pero intento de asesinato? Eso sí que es nuevo.

Valentina Rivas se quedó paralizada, con la navaja aún en la mano. —Yo… yo pensé que estabas…

Levantó una mano. —Déjame adivinar. ¿Te estás colando para reclamar mis"derechos de marido"? ¿Así que te volviste completamente loco?

Se cruzó de brazos. - Reflejo.

Adrián Ferrer suspiró, agachándose para recoger el pijama. Lo extendió con voz más suave.

—Aquí. Antes de que esa tienda nupcial te aplaste.

Valentina Rivas vaciló. Dijo: —He notado que tus cosas aún no han llegado. Y este vestido es nuevo.

Tomó el vestido porque no tenía otra opción. Adrián Ferrer exhaló temblorosamente, pasándose una mano por la cara. —Puedes relajarte, Juana de Arco —murmuró, su voz ya no burlona, ya no cortante, solo baja, casi arrepentida—. Puede que sea arrogante, pero jamás te obligaría. Ni ahora, ni nunca.

Valentina Rivas no reaccionó. Permaneció allí, silenciosa, impasible, aferrándose a la ropa que él le había traído como a un salvavidas. Y ese silencio le quemaba. Adrián Ferrer tragó saliva con dificultad, obligándose a mirarla a los ojos.

—Lo siento, Valentina Rivas. De verdad lo siento. Nunca debí haberte presionado así. Pensé que te estaba irritando, como siempre, pero yo... —Se pasó una mano por el pelo, con la voz ligeramente quebrada—. Pensé que te asustaría un poco para que no me molestaras cuando compartiéramos habitación. Pero me pasé de la raya. Y en el momento en que vi tus lágrimas...

Valentina no lo sabía, pero después de aquello ya no volvería a sentirse a salvo.
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