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Capítulo 1

CAPÍTULO 1: EL VEREDICTO

LEYLA

El aire en la capital de Arandhia se siente pesado. Y no es solo por el frío invierno que comienza a morder las murallas de piedra, sino por el peso del odio que emana de la plaza central del reino.

Con cuidado de no ser vista, me oculto tras las pesadas cortinas de terciopelo del balcón real para observar la marea humana que ruge abajo. La multitud está agitada, portando varias antorchas encendidas que, al moverse, parecen un mar de fuego. El grito que proclaman es uno solo: rítmico, constante y aterrador.

—¡Justicia! ¡Queremos justicia real! ¡No es justo que simplemente se entregue la sangre de los pobres! ¡Que la princesa pague el tributo de este año! —gritaba la multitud al unísono. Por el estruendo, no podía saber a quién pertenecía exactamente cada voz, o si era algún conocido, alguien que me vio crecer.

Aprieto los puños, clavando las uñas en las palmas de mis manos hasta sentir el dolor que me ancla de vuelta a la realidad. A mis dieciocho años, era la viva imagen de la elegancia: tengo el cabello azabache, que cae en suaves ondas perfectas sobre mis hombros. Mi piel canela contrasta con la seda blanca de mi vestido, y mis ojos verdes, estoy segura, reflejan la angustia que siento en este momento. Sabía que tarde o temprano esto podía suceder; para la mayoría de las mujeres, cumplir dieciocho años es una maldición de la cual no podrías escapar, aunque quisieras.

—No pueden seguir ocultándose, Majestad —la voz del canciller Ferrick resuena en la habitación, fría y desprovista de compasión—. El pueblo ha soportado cien años de entregas. Cien años viendo cómo sus hijas son llevadas a los bosques de los elfos, a las cuevas de los orcos o a las montañas de los lobos para no volver jamás. Ahora saben que la princesa ha cumplido la mayoría de edad. Si no la entrega, el pueblo buscará quemar el castillo con nosotros dentro.

Me giro con los ojos muy abiertos para mirar a mi padre. El rey Aldric parecía haber envejecido diez años en una sola noche. Está hundido en su trono con la corona de oro de lado y los ojos inyectados en sangre. A su lado, mi hermana menor Lyra, que apenas tiene dieciséis años, tiembla como una hoja, sollozando silenciosamente. Sabía que mi padre había retrasado la idea de tenernos lo más que había podido, pero mi madre había insistido en tener sus propios hijos antes de que fuera demasiado mayor y, como consecuencia, aquí estamos nosotras y aquí está él, sufriendo.

—¡Son mis hijas! —grita el rey, aunque su voz carece de la fuerza de antaño—. Los elfos pidieron una humana fértil para intentar salvar su estirpe marchita. Cualquiera servirá. ¡No puedo enviar a Leyla a ese destino! Dicen que los elfos son bellos, pero son fríos como el hielo. Las mujeres que van allí se convierten en muñecas de porcelana, vaciadas de voluntad.

—Padre… —exclamo dando un paso adelante, indignada y molesta. Lo que acaba de decir sonaba tan egoísta y cruel de su parte... Sé que lo decía porque nos ama, pero aun así sonaba muy cruel viniendo de él. Normalmente, él no es así, o al menos no con nosotras. Pero mi padre me ignora.

—Se equivoca, Majestad. El rey de los elfos está exigiendo que esta vez se envíe sangre real.

—¡Maldición! ¡Enviaremos a la hija del duque de Vane! —sugiere mi padre Aldric, desesperadamente—. Diremos que es de sangre real por vía materna.

—El pueblo no es tonto, Majestad —lo interrumpe Ferrick con un suspiro de cansancio—. Todos aquí han visto crecer a la princesa Leyla. Saben quién es y cómo luce. Y los elfos... ellos huelen la mentira y detectan el miedo. Si les enviamos a una que no posee sangre real, su sangre real, y lo descubren, la "Paz Silenciosa" se terminará. Los elfos lanzarán sus flechas encantadas, los orcos marcharán desde las montañas de hierro hacia nosotros y, lo que es peor de todo, los hombres lobo romperán los tratos y entrarán en nuestro territorio para cazar. Seremos borrados del mapa en una semana. ¿Es eso lo que quiere Su Majestad?

Un estallido de vidrios rotos abajo me hace sobresaltarme. El ruido es seguido de los gritos de personas alborotadas. Me vuelvo a asomar con cuidado al balcón; han derribado una de las estatuas de la plaza. La revolución, de hecho, se encontraba ya en la puerta. Miro una vez más hacia adentro: allí está Lyra, mi pequeña hermana. Es la alegría, una niña que aún sueña con romances y jardines soleados. Si la monarquía llega a caer esta noche, Lyra será la primera en sufrir a manos de la gente enfurecida. O lo que sería peor aún: si yo no voy este año, dentro de dos será Lyra la que cumplirá los dieciocho y sentirá la misma presión que yo siento ahora mismo.

Mi corazón da un vuelco. Respiro profundo mientras una extraña calma y una resolución gélida se apoderan de mí.

—Yo iré —dije con calma. Mi voz ni siquiera era alta, pero fue suficiente para cortar el caos que hay en la habitación como un cuchillo. El rey Aldric, mi padre, se queda petrificado con los ojos muy abiertos. Lyra deja de llorar para mirarme con horror.

—¿Qué has dicho? —susurra Aldric. Como si no me hubiera escuchado.

—Iré —repito, esta vez con más seguridad, mientras camino hacia el centro de la sala con la cabeza en alto. No me dejaría amedrentar ni convencer de lo contrario—. No permitiré que este reino sea destruido por nuestra cobardía. He sido criada y educada para servir a mi pueblo, y si se requiere que sea entregada al rey de los elfos, así será. Prefiero ser un sacrificio voluntario, salir con dignidad y con la cabeza en alto, que ser una prisionera arrastrada por el lodo como una vulgar cobarde. Y eso no va a suceder.

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