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Capítulo 2

- Señorita Veronica… - balbuceó, agitándose - … Sólo lo estaba mirando, juro que no lo llevaba puesto. - añadió aterrorizada y colorada, mientras agarraba el vestido y se lo entregaba, esbozando incluso una sonrisa.

- ¡ Debería! Te quedaría mejor a ti que a mí. - La insté a cambiar aunque ella dudaba. - Y llámame Veronica o Peps. -Le levanté la cremallera hasta la espalda mientras sostenía su hermoso cabello ondulado en mi mano. Los agarré y los dejé caer sobre sus hombros mientras sonreía en el espejo. Ella era una muchacha muy hermosa, de piel aceitunada, ojos verdes y cabello castaño claro. - ¿ Cómo te llamas? - Habría estado bien si nos hubiéramos hecho amigos, ya que también extrañaba a Freya y había estado sufriendo un poco de soledad en los últimos meses, a pesar de que había trabajado en una pequeña librería familiar y siempre estaba en contacto con gente. Sí, porque a pesar de la irresistible oferta del señor Paul de entrar a la Universidad de Columbia, como por supuesto me recomendó, yo había desistido prefiriendo competir en el examen de ingreso junto con todos los demás para el año escolar que comenzaría en octubre, prefiriendo así trabajar para ganar algo de dinero para los libros.

- Dios. Soy Deva Casadei. - exclamó mirándome a través del espejo, mientras me daba cuenta de que aunque hablaba bien inglés, había perdido casi por completo el acento, algo que también noté en su madre. Lástima, porque hubiera sido lo único que me hubiera recordado a Carlos .

Carlos ?

-Te lo daré. -

Sus ojos se abrieron con incredulidad antes de volver a mirar su elegante figura, tocando la fina tela color menta. - ¿ En realidad? - Apenas contuvo una sonrisa mientras asentía hasta que nos dimos la vuelta y alguien llamó a la puerta y entró.

- Deva, tienes que bajar.... - exclamó la muchacha y luego tragó saliva - ....¿Qué estás haciendo? -La miró con dureza, casi como si quisiera regañarla. - ¡ Señorita Veronica, por favor perdóneme! - murmuró mientras me sentía incómodo.

-Llámame Peps. - Le respondí extendiéndole mi mano y ella me la estrechó. - Eres Lena, ¿no? -

Él asintió, mirando una vez más a su hermana pequeña que se escondía detrás de mí.

- No estoy acostumbrado a todo esto. Soy una chica que creció en Detroit con mi abuela, en un apartamento de setenta metros cuadrados. Todo esto es demasiado incluso para mí. - Les informé queriendo que se sintieran cómodos en mi presencia. Lena era hermosa como su hermana menor, excepto que su cabello era más corto y estaba atado en un moño bajo en la nuca.

-Está bien, Peps. - Ella me dio una sonrisa tímida, diciéndole algo a su hermana en italiano. - Es necesario preparar la masa para la focaccia de aceitunas. -

- ¿ Qué? - pregunté volviéndome loco mientras la niña se alejaba, dejándome allí con su hermana pequeña que descubrí tenía mi misma edad. -¿Puedes enseñarme? -

- ¡ Cierto! -Se desvistió rápidamente, agradeciéndome una vez más por el regalo, hasta que la seguí a la cocina. Rústico y enorme, tal como lo imaginaba. Repleto de verduras frescas recién recogidas de los campos cercanos, flores y mucha fruta. Mucho, fragante y orgánico.

- ¡ Guau! - La observé mientras se ataba el pelo, se lavaba bien las manos y se ponía un delantal.

- ¡ Esta es mi especialidad! - Ella sonrió, agarrando hábilmente todos los diversos ingredientes mientras la observaba atentamente. -Mi abuela me lo enseñó y creo que ni siquiera mi madre sabe hacerlo tan bien. Crujiente por fuera y suave por dentro. - Sonrió orgullosa para sí misma mientras recordaba a la mujer a la que había llamado abuela durante años, pero que en realidad no era más que una extraña que me había criado en nombre de los demás. Casi parecía como si hubiera nacido a los dieciocho años; sin pasado, sin memoria digna de ser recordada. Sin haber conocido a mi verdadero padre ni haber pasado momentos memorables con mi madre.

Esa noche cenamos en el jardín entre el aroma de las flores enroscadas en las vigas del porche, la espléndida puesta de sol y ese paisaje que cortaba la respiración en su belleza. Tan encantador que parecía pintado y nunca me cansaba de mirarlo. Mientras disfrutaban de una buena taza de café expreso italiano, algo de fruta y una tarta de cerezas, Owen y Chloe charlaron de esto y aquello hasta que mencionaron algunas novedades sobre su boda mientras yo me preguntaba si Carlos aceptaría o no la invitación de su madre para asistir a la ceremonia. También me informaron que en unos días se unirían a la tripulación su sobrino y su novia, así como probablemente su hijo Nathan, a quien ya había tenido oportunidad de conocer en varias ocasiones. Un chico muy inteligente, aunque hombre de pocas palabras.

Lena y Deva se apresuraron a limpiar la mesa, rechazando cortésmente mi ayuda, así que, cansada, aunque con una Chloe ligeramente opuesta, llegué a la que sería mi habitación. El anexo, donde el señor Antonio y el resto del servicio lo tenían todo cuidadosamente guardado, convirtiéndolo en un sueño entre libros, lienzos, pinceles y colores. Corrí al baño y llené la bañera, para luego sumergirme en ella y quitarme todo el peso de ese largo día de encima.

Estaba segura de que ese lugar mágico finalmente traería algo de serenidad a mi vida, dándome una oportunidad única de desconectar por un rato, comenzar a conocerme y comenzar de nuevo.

Así lo pensaba, o al menos estaba casi seguro de ello...

hasta que apareció Carlos Styles, la única persona capaz de sacudirlo todo...

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