Librería
Español

¡Nunca seré tuya!

63.0K · Completado
Flagranti Amore
32
Capítulos
4.0K
Leídos
9.0
Calificaciones

Sinopsis

¡Nunca seré tuya! Más que una afirmación, es una novela que encierra un mundo conflictivo en el que los personajes van a tener que enfrentar sus miedos más profundos. Cuatro personajes que enfrentan la traición, la ambición, el amor, la venganza, la ira y la desesperación que los envuelve como en una telaraña confrontándolos. Carlos, cínico, vividor, ventajoso y dispuesto a todo con tal de conseguir lo que quiere. Teresa, hermosa, inteligente, sensual, distinguida, una mujer que sabe amar y cree en la fidelidad. Roberto, un afamado cirujano que vive para su profesión, aunque el amor lo atrapa y lo envuelve. Adela, bella, sensual, inteligente, divertida, sabe lo que quiere y se enfrenta a sus inseguridades. Los cuatro tienen un pasado que cargan y que los ha ido formando en la vida, tienen miedos que salen a relucir cuando menos se lo esperan y sus inseguridades los llevan a actuar por impulso. Roberto, nunca imaginó que en su exitosa carrera iba a tener que decidir si salvarle la vida al violador de su esposa, como el buen médico que es, o dejarlo morir para que pague por su infame acción. Teresa, llevada por la desesperación, tiene que tomar una decisión y escoge el camino fácil, quitarse la vida, sin importarle nada, y decidida deja una nota de despedida explicando los motivos. Una historia de cuatro personajes que nos muestra que el amor existe y que no se le puede obligar a que se manifieste, mucho menos con la persona que no es la adecuada.

RománticoUna noche de pasiónAventuraSeductorChica BuenaAmor-OdioProhibido18+Venganza

Capítulo I

—¡No puedo más…! ¡Siento que los ojos se me cierran solos! —dijo de pronto Teresa Carrillo, suspendiendo los pasos del baile que llevaba— llévame a una silla, por favor… me siento muy mal, Carlos.

—Claro que sí, Teresa, lo que tú quieras —respondió él con una sonrisa falsa y burlona— vamos, recargate en mi hombro para que no te vayas a caer al caminar, parece que te “pegó” el licor —le dijo al tiempo que la abrazaba por la cintura y ella ponía su brazo por los hombros de él.

Carlos Peniche, se dio cuenta de que, Teresa, estaba a punto de perder el conocimiento, justo lo que estaba esperando, y estaba decidido a no perder esa oportunidad que tanto había estado esperando, así que comenzó a caminar con ella por la amplia sala de aquella residencia en la que se encontraban.

A cada paso que daban, Carlos, notaba que ella iba perdiendo fuerzas, arrastraba los pies y su cuerpo se desvanecía, por lo que tenía que hacer uso de todas sus fuerzas para sujetarla bien por la cadera e impedir que cayera al suelo.

—Creo que bebí más de la cuenta… no me explico cómo pudo pasarme… —comentó Teresa, mientras caminaban por la espaciosa sala, en donde se desarrollaba aquella fiesta a la que había sido invitada— nunca me había sentido así, tan mareada y confundida, por mucho que tomara.

—Suele suceder, uno nunca puede estar seguro de cómo nos va a afectar el licor. En verdad que luces muy ebria —dijo Carlos, sin soltar su estrecha cintura para ayudarla a caminar por la sala, la llevaba casi a arrastras.

—Sí, siento que mis piernas se doblan, no creo que pueda aguantar mu-cho de pie, todo me da vueltas y mis ojos no responden bien… la cabeza me da vueltas y las fuerzas me están fallando… ¡Cielos, no sé lo que me pasa! Creo que esto no es normal… algo me pusieron en…

Carlos le respondió interrumpiendo sus palabras, sólo que ella ya no lo escuchó. Sus ojos se cerraron y su cuerpo se desmadejó sin fuerzas, sólo el brazo de Carlos que la sujetaba por la cintura, le impidió caer al piso.

Fue entonces, cuando Peniche, no se esperó a más y con habilidad, la cargó en sus brazos para conducirla a una de las recámaras de la planta alta de aquella casa. Teresa iba desmadejada, completamente inconsciente.

La mayor parte de los asistentes a la fiesta se habían dado cuenta del estado de ella y se reían con burla por verla tan borracha, Carlos, consciente de todo lo que sucedía a su alrededor, seguía aquella farsa y se mostró más borracho de lo que estaba.

Llegó hasta la parte alta de la casa, le habló a Teresa, con suavidad, sólo que, ella se había perdido por completo, estaba inconsciente y no reaccionaba, ni siquiera podía darse cuenta de lo que acontecía, mucho menos que la llevaban en vilo.

Con la seguridad que siempre había demostrado, Carlos, entró con ella, en sus brazos, a una recámara, ce¬rró tras de sí la puerta y a ninguno de los invitados les extraño aquello, era demasiado común, por lo general en las reuniones que organizaban, no faltaban las parejitas que buscaban el cobijo de la intimidad.

Los motivos eran diversos, algunos sólo para platicar alejados de oídos indiscretos, otros para dar rienda suelta a la pasión que los invadía y que anhelaba salir con toda libertad, en busca de una satisfacción plena y clara.

Al ingresar a la recámara y cerrar la puerta, Carlos, caminó unos pasos llevándola en brazos hasta el mullido lecho y ahí la deposito con verdadero cuidado, lo hizo con tal suavidad que tal parecía que podría romperla en pedazos.

Por algunos segundos, la contempló, se veía tan hermosa y tan sensual, que se le hacía difícil de creer que alguna vez había sido su novia, y más aún, que ella estaba enamorada de él hasta la perdición.

Sí, Teresa, lo había amado como a nadie más en su vida y eso, lo halagaba y lo hacía sentirse todo un triunfador, sabía que pretendientes no le faltaban a la hermosa mujer y al ser el afortunado, el elegido por ella, lo llenaba de orgullo y satisfacción.

Esa preciosa mujer, de 23 años de edad, 1.65 de estatura, 60 kilos de peso, con un cuerpo diseñado a la perfección, de medidas y volumen de formas perfectas, de piel de morena clara, con esa larga melena castaña que caía sobre sus hombros.

Con esos ojos grandes, expresivos, negros, profundos, de mirar analítico, de nariz respingada, boca de tamaño regular con labios carnosos y una sonrisa fácil, cautivadora y amable siempre en su rostro.

Esa mujer que destilaba sensualidad por todos los poros de su piel, que irradiaba pasión en cada gesto y cada movimiento que hacía, esa mujer que cualquier hombre que la conocía la deseaba al instante, ella, lo había amado hasta el delirio.

Y ahora la tenía ahí, frente a él, con su magnífica y esplendorosa belleza, con toda su sensualidad desbordada, con ese cuerpo casi perfecto que tantas pasiones despertaba a su paso, estaba ahí, inconsciente, frágil, vulnerable a sus deseos

Sin prisa alguna, se acercó a los pies de ella y la despojó de sus zapatos, junto ambos pies, aún protegidos por las medias y con una devoción que le brotaba desde lo más profundo de su ser, besó aquellos delicados pies.

La escuchó gemir y la sintió estremecerse en las palmas de sus manos, incluso, ella intentó levantarse, tal vez para impedir que él siguiera adelante, sólo que no tuvo fuerzas para hacerlo y volvió a quedar desfallecida en la cama.

Carlos, se incorporó y volvió a verla, ella tenía los ojos cerrados y estaba desvanecida por completo, inerte, sin fuerzas ni voluntad que le permitieran evitar lo que vendría a continuación y que nadie podría impedirlo.

Con calma y la habilidad de un experto, comenzó a despojarla de sus ropas, primero le quitó el blazer, Teresa, en su estado semi inconsciente, trató de impedirlo, aunque no pudo hacerlo, por lo que él no se detuvo y siguió con su labor.

La despojó de su blusa, dejando la parte superior de su cuerpo, cubierta solo por el delicado y coqueto sostén de encajes, que era ideal para contener aquellos hermosos y redondos senos, que luchaban por liberarse de la opresión a que los sometían.

Después, comenzó a despojarla de su falda, de nuevo, ella intentó detenerlo, algo dentro de su ser la motivaba a luchar, aunque sus fuerzas no fueron suficientes para detener a aquel hombre excitado y lujurioso.

La falda, fue a caer al lado de la cama, junto con el resto de la ropa de ella, por unos segundos, Carlos, parado junto a la piesera de la cama, la admiró, sólo vestía con el brasier, las delicadas pantaletas, tipo tanga, que la hacían lucir más sensual, le había dejado el liguero y las medias, por lo que su aspecto, no sólo era hermoso, sino que resultaba excitante, erótico, invitador.

Al verla así, tan sensual y tan hermosa, no pudo menos que recordar aquellos momentos en que se conocieran y que la historia de amor entre ellos comenzara.

«Por alguna malvada ironía, el encuentro entre ellos había ocurrido en una fiesta en el mismo lugar en el que ahora se encontraban, en la casa de su fiel amiga Adela Machuca, quién fue la que lo invitó para que asistiera ya que esa noche les presentaría al misterioso novio del que estaba enamorada por completo

» Ella había mantenido en secreto su romance, ya que no quería criticas ni nada que perturbara aquella relación tan romántica que estaba viviendo, incluso, ni el nombre de aquel personaje, misterioso, había querido decir a nadie.

» Carlos y Adela, habían sido amigos desde su época de estudiantes en la Preparatoria, incluso llegaron a vivir un romance intenso y pasional, durante el primer año de la carrera de sociología que ambos habían decidido cursar, con la idea de formar un buen equipo estudiantil y profesional.

» Lo que comenzara como una sincera y clara amistad desde que se conocieran en el primer año de Preparatoria, al paso del tiempo, cuatro años después, su cercanía y la convivencia que tenían los llevó a iniciar un “noviazgo” que los acercó más y los hizo conocerse mejor y más a fondo.

» Cursaban el cuarto semestre de la carrera, a sus 20 años, con su 1.60 de estatura, su piel blanca, cabello castaño claro, ojos grandes y coquetos, mirada profunda y con rasgos de ternura, nariz afilada, boca de tamaño regular, de labios carnosos, que eran una abierta invitación al beso, al que muy pocos habían podido recibir.

» Con una figura que había despertado la admiración de propios y extraños, incluso de sus compañeras de estudios que la incitaban a que participara para ser reina de la Universidad, de medidas perfectas y con las curvas en los sitios indicados, atraía las miradas de todo aquel que se cruzaba por su camino, aunque para ella no eran de importancia, sólo había tenido un par de novios antes que Carlos.

» Y con ninguno había llegado más allá de los besos y las caricias furtivas, y no porqué ella no lo deseara, simplemente que no se decidía a dar el siguiente paso, algo que consideraba importante para su persona.

» Tal vez por eso era que había terminado con ese par de novios, no la habían motivado lo suficiente como para seguir una relación al lado de ellos.

» Con Peniche, las cosas fueron algo diferentes, se tenían confianza, hablaban con franqueza y no tenían que fingir el uno ante la otra, por lo que su relación funcionaba a las mil maravillas.

» Además, él era un tipo muy atractivo, moreno claro, de 1.76 de estatura, 70 kilos de peso, con un cuerpo atlético que destacaba de manera notable y que además le permitía lucir cualquier tipo de ropa que se pusiera.

» De ojos pequeños, de mirada inquieta, profundos, oscuros, cejas pobladas, nariz achatada por un golpe que recibiera en un pleito, boca sensual, sobre todo, esa forma tan natural que tenía para tratar a las personas y hacerlas sentirse bien.

» Por todo eso, no dudó en aceptarlo cuando le propuso que fueran novios, ella se sentía atraída por él y Peniche, la deseaba, si bien la estimaba mucho como amiga, como mujer le resultaba atractiva en extremo.

» Desde que la conociera, Carlos, sólo tenía un pensamiento, tenerla a plenitud en la intimidad, así que haría todo lo que fuera necesario para conseguirlo.

» Incluso estaba decidido a jugar el papel de “noviecito enamorado” si eso lo llevaba a que ella se le entregara tal y como él lo estaba deseando.

» Fue por eso que, hasta que después de casi mes y medio de novios amorosos y de manita sudada, un viernes, Carlos, la invitó al departamento en el que estaba viviendo con dos amigos del barrio donde vivía, para estar a solas y de esa manera conversar y tener un acercamiento más íntimo.

» Adela, era virgen y no por alguna razón en especial, lo cierto era que no había encontrado a la persona ideal para dejar de serlo, así que cuando Carlos, la invitó al departamento, sabía a la perfección lo que él deseaba y aceptó.

» Mucho había oído hablar, a sus compañeras de facultad, de lo pasional que era Peniche y de las hazañas pasionales que se contaban alrededor de él, incluso se decía que en la Preparatoria había tenido una sórdida aventura con una maestra.

» Fue todo eso y la gran confianza que tenía en él, como amigos, lo que la hicieron decidirse a entregársele con plenitud, sin esperar nada a cambio, sin promesas de amor eterno y mucho menos de matrimonio.

» Por primera vez en su vida había tomado una decisión de la que estaba segura que no se arrepentiría y que la haría sentirse muy bien con ella misma.